Elitismo para todos

Aforismos súbitos

Aquel hombre se marchita como funcionario ilegítimo a pesar del brillo del cargo, de la sinecura, de la hermosa oficina; ¿habrá quien florezca en un lugar al cual no pertenece?

Jamás el esfuerzo desoye la fortuna", se dice en La Celestina de Fernando de Rojas. Entonces nuestro esfuerzo no ha sido ni será suficiente para evitar el desastre. O quizá el desastre mismo es un premio que nos entrega la fortuna.

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Aquel hombre se marchita como funcionario ilegítimo a pesar del brillo del cargo, de la sinecura, de la hermosa oficina. ¿Habrá quien florezca en un lugar al cual no pertenece?

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Leo la más reciente novela de un escritor afamado. La misma historia que lleva años contando, cada vez peor escrita, con los clichés de siempre, los mismos estereotipos. Es un individuo triunfante que no necesita conocer los imperativos de la moral literaria: nadie escribe lo que no vive desde las entrañas, nadie expresa lo que no siente de verdad. Tal es la función del dolor: hacer a la conciencia. Este hombre no es consciente. El éxito es su enajenación.

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La zona templada del espíritu surge cuando se acepta aquello que la santa Catalina de Siena creyó haber escuchado de Dios: "Yo soy el que es, y tú la que no eres". El yo, hipótesis inútil, se niega a considerar dicha negación, que siempre parte de un relámpago intuitivo: la identidad es una convención social necesaria pero no determinante, el verdadero nombre de la gente es nadie y su destino es ir a ninguna parte. Quien soporte esta revelación podrá saberlo: la persona es un postulado práctico, nada más. Por ello debe distinguirse entre el "yo empírico", que ha de dominarse, y el "sí mismo", que ha de buscarse en el interior de cada quien.

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Un místico islámico, Yunaid, afirmó que "ser sufí es desasirse de toda preocupación, y la peor de todas es la del yo". Por eso la sabiduría logra disolver el autoconcepto, ese dren de la energía emocional. Uno siempre es otro para los otros, así que da lo mismo toda evidencia, toda apariencia, toda afirmación. Saberlo es un descanso ontológico propio de héroes y dioses, superior.

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Todo lugar común fue realidad alguna vez. El abuso actual del término zen aplicado a cualquier cosa, desde espacios hasta productos, comportamientos, personas o indumentarias, proviene de una vinculación orgánica entre Oriente y Occidente, negada por el racionalismo pero determinante como las corrientes profundas del océano. Un autor enumera axiomas que le parecen actitudes zen. El exhorto a la unidad de Husserl: "Hazte como cada ser." La propuesta para "seguir la realidad en todas sus sinuosidades" de Bergson. La observación formulada por D. H. Lawrence: "Pocos viven donde están". La paradoja de Spinoza: "Cuanto más sabemos de cosas particulares, más sabemos de Dios". O la certeza de Sartre: "El destino del hombre está en sí mismo". ¿Y qué es el zen? Hacer como el pez, que nada sin pensar en el agua, o como el pájaro, que vuela en el viento sin discurrir sobre él.

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Ahora la gente envejece sin hacerse mayor. La tercera edad se comporta como si fuera la primera: el pavor de terminar.

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Así como la filosofía occidental solo es una serie de notas a pie de página sobre Platón y Aristóteles, la literatura moderna es una gravitación alrededor de Shakespeare, su astro rey. Macbeth en la oficina, Hamlet en el negocio, Ofelia en la casa u Otelo en la red: variaciones alrededor de quien anticipó el tiempo de la modernidad o tal vez lo construyó. De ahí que en ella haya tanta y tan intensa angustia de las influencias: el predecesor es insuperable y la lucha contra él, según diría el crítico, representa una agonística, un esfuerzo terminal.

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La edad avanza y deben replantearse las prioridades, como alcanzar la invisibilidad. Silencio, discreción, cautela. Quien se guarda observa, quien se exhibe no ve.

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"Háblame de Dios", le pidió san Francisco a un almendro. En respuesta éste floreció.

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"Dame, Señor, piedad para mí mismo, y que mi obra te responda", propuso Francisco Cervantes, aquel legendario poeta del gótico Hotel Cosmos. Era una plegaria "amigable", como hoy se suele decir. Un posmoderno la deconstruyó: "Date, Señor, piedad para ti mismo, y que tu obra me responda". Muchos opinaron que así quedó mejor.

fmsolana@yahoo.com.mx