Elitismo para todos

Ajedrez a las siete

Como jugar partidas de ajedrez solamente a las siete, o decir, como Juan José Arreola, que en el momento de la apertura, peón cuatro rey, todo el espacio del universo se contrae hasta medir ocho casillas por ocho.

Nunca jugué ajedrez con Luis Ignacio Helguera, a pesar de que varias veces nos prometimos hacerlo. Sin duda me habría vencido inmisericordemente. Lo sé al leer su espléndido libro breve de divulgación El ajedrez (CNCA, 2001) donde cuenta la fascinante y legendaria historia de este juego ciencia regalo de los dioses.

Luis Ignacio, como otros ajedrecistas, aprendió a jugarlo desde niño con su padre. Luego, informa al final del breviario, lo estudió formalmente con un maestro “modesto y riguroso”, Enrique Palos Báez. Él mismo lo enseñó después, participó en cuanto torneo pudo y fue, según su definición, un mal amante y a la vez un fiel enamorado del ajedrez, al que definía como “la manera más civilizada de hacerle la vida imposible al prójimo”, una forma superior de la amistad.

El origen del ajedrez es nebuloso. Helguera menciona la leyenda fundacional del sabio Sisa, inventor del ajedrez para enseñarle al joven y soberbio rey la necesidad que tiene de sus súbditos. El encanto que el juego produce en el monarca lo lleva a otro acto de soberbia: concede a Sisa la recompensa que éste quiera. El sabio brahmán pide trigo en proporción numérica: un grano por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, y así sucesivamente hasta llegar a la casilla sesenta y cuatro. Al hacer cálculos de la petición concedida los tesoreros le informan al rey que no hay suficiente trigo en el reino para cumplirla.

La lección del sabio Sisa al rey es doble, según consigna Helguera: a través del valor y la acción de las piezas, ámbito de lo humano, y en la dimensión del tablero, símbolo del mundo. Existe entonces la sospecha que tal origen épico e impreciso apunta a la naturaleza profundamente compleja del ajedrez, un juego donde el azar no interviene. Su condición de objeto de conocimiento lleno de símbolos contiene una carga psíquica y emotiva grande. El vínculo entre el aprendizaje del ajedrez y la infancia temprana —aprenderlo entonces es la única manera orgánica de comprenderlo y jugarlo— resulta una constante entre aquellos que sufren el influjo irreversible de la posesión ajedrecística.

Existen variantes: el norteamericano genio excéntrico de Bobby Fischer, campeón mundial frente al soviético Spassky en 1972 durante una transmisión televisiva de interés mundial y parte de la guerra fría, recibió a los seis años las primeras lecciones de ajedrez provenientes de su hermana de doce. Su cultura consistía en la lectura de libros de ajedrez y la revista Mad. Otros, como el ruso de origen aristocrático Alexander Alekhine, encontrado muerto en un modesto cuarto de hotel portugués con el abrigo puesto y delante de un tablero lleno de piezas (tablero y piezas eternos, los llama Helguera).

Alekhine fue descrito como “el sádico del ajedrez” debido a un estilo de juego altamente agresivo: el autor de este canto divulgativo al misterioso arte de la batalla entre dos así lo explica: activación veloz de todas las piezas, movimiento estratégico y táctico, conceptualización posicional, tenacidad psicológica. Y el despiadado desenlace: la victoria sobre el contrario. En 1935 Alekhine declaró a la aduana polaca: “Soy Alekhine, campeón mundial de ajedrez. Tengo un gato que se llama Ajedrez. No necesito pasaporte”.

Helguera menciona las tendencias nazis del gran ajedrecista, el alcoholismo y la megalomanía que lo llevaron a perder su corona ante un rival muy inferior. Su voluntad para sobreponerse, dejar el alcohol y derrotar un año después a Max Euwe, voluntad la cual, heroísmo amargo, le otorgó morir con la corona puesta aun en condición miserable. Siempre se cumple el viejo dicho cervantino: todas las piezas, sin importar lo que hayan sido en el juego, van a parar a la bolsa.

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. /  ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?”, escribe Borges en el poema Ajedrez. Tal es otra lección del sabio Sisa al inventar la pasión que acompañó a Luis Ignacio Helguera hasta su último día, cuyo estilo de juego es para quien esto escribe un enigma, como lo fueron la causa de su muerte y sus extrañas circunstancias.

Como jugar partidas de ajedrez solamente a las siete, o decir, como Juan José Arreola, que en el momento de la apertura, peón cuatro rey, todo el espacio del universo se contrae hasta medir ocho casillas por ocho. O pensar como Faulkner que es insensato creer que el ajedrez es simplemente un juego.

fmsolana@yahoo.com.mx