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Casi nueve semanas escribiendo un libro

Desde la última semana de enero he estado escribiendo un libro. Es una las pocas ocasiones en que me he dedicado de tiempo completo a la escritura. He pasado los días aislado de mis amigos y mi familia, sentado frente a la computadora, habitando el mundo del libro que imagino. Empezó como una necesidad que era difícil de explicar, hasta que fue volviéndose un hábito.

Despierto en la mañana y antes que nada, pienso en el libro y las páginas que voy a escribir a lo largo del día. Lo mismo sucede por la noche antes de dormir, y casi siempre los sueños son sobre otros temas, como si mi mente contemplara una película para descansar o seguir imaginando, como quien se entrena, para el día siguiente.

El libro así se fue convirtiendo en mi única realidad, y no hay espacio en la cabeza para temas o quehaceres nuevos. Lo más emocionante ha sido la libertad con que empleo cada uno de los minutos, que termino dándoselos al libro porque “tiene que ser así”.

Pocos libros de otros autoresme han acompañado en esta travesía, y leo y los releo; me sirven de modelo y me hacen amar la verdad literaria. En el fondo de mí, asimismo, repaso las novelas que antes leí; desde lo lejos pero muy cerca vuelvo a sentir la alegría y el asombro que me causó habitarlas o dejarme habitar por ellas. Queda muy poco tiempo para otras cosas —ya lo dije—: pasear con el perro al atardecer, ir al supermercado cuando el refrigerador es un terreno baldío, ver o hablar con las personas ciertas.

Lo más bello, paradójicamente, ha sido experimentar las trasformaciones del mundo que me rodea. Empecé a escribir en el invierno de enero, justo ese día que anunciaron una gran helada en el país. Esa semana y los días de febrero sentí el frío en una casa de campo que unos amigos muy generosos me prestaron. Al ir hacia allá al desierto, contemplé tolvaneras y atardeceres que me hacían creer que en la realidad también se sueña.

Por las noches el silencio era profundo, las estrellas brillaban como en Navidad y los gallos competían por anunciar la madrugada. Luego en mi propia casa, ya en marzo, contemplé desde mi silla y la ventana a la gente que se dirigía al trabajo; escuché el zumbido de los autos en los días de lluvia y luego la calmade los días de asueto.

Los más hermosos han sido los días de Semana Santa; el calor apenas dice que está presente, mientas los árboles florecen y la luna —que fue llenándose poco a poco— alumbra desde lo alto.

Estas semanas pasarán como un sueño, mientras el manuscrito espera llenarse como la misma luna, para luego pasar al proceso de corrección y reescritura. Pero esa es ya otro momento, al cual llegaré como un cirujano a un quirófano o un oficinista a un nuevo trabajo.


Twitter@fernofabio