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Nuestro reino es el de todos los nombres

En la novela Todos los nombres (1997) de José Saramago, Don José, el protagonista de la historia, trabaja en el registro civil. Aunque su existencia es anodina y escondidiza, Don José tiene una gran ventaja frente a aquellos que lo rodean.

Tiene bajo su poder las amplias galerías de archivos donde están inscritos los nombres de los vivos y los muertos; es decir, tiene ante él todos los nombres.

Este relato de Saramago nos recuerda la propuesta de Arthur Schopenhauer cuando dice que todo problema es fundamentalmente moral. En otras palabras, está vinculado con los seres humanos, con su sufrimiento; por consecuencia ética, con el sufrimiento de todos los seres vivientes.

Vivimos en el mundo de los nombres, que es lo mismo a decir el mundo de lo humano. Es el mundo que hemos creado y en el cual encontramos sentido. Todos los días camino por el Bosque Venustiano Carranza y, aunque no concuerdo con las ideas de aquel prócer de Cuatro Ciénegas, sé que las acciones del hombre mortal impulsaron la resonancia del nombre a lo largo del tiempo.

Nuestro espacio –edifi cios, plazas, calles, colonias, ciudades, estados– está poblado por la presencia de mujeres y hombres cuyo trabajo se ha vuelto, para nosotros, perenne. Sólo es reservado para algunos cuantos alcanzar distancias que se miden en segundos luz, y lugares que se encuentran literalmente en el espacio.

Como ejemplo encontramos el telescopio Hubble, llamado así por Edwin Hubble, el primer astrónomo en revelarnos que vivimos en un universo estructurado en galaxias.

Y está asimismo la misión espacial Galileoque, constando de un orbitador y una sonda, penetró Júpiter y luego estudió las lunas de este planeta.

El trabajo de una comunidad ha hecho posible una realidad poética para el astrónomo italiano, cuyos ojos y manos llegan a los cuerpos astrales que descubrió desde su laboratorio, a casi cuatrocientos años de distancia. No olvidemos aquellos seres humanos a quienes se les ha arrebatado el nombre.

No sólo han sido víctimas de injusticias sociales y corporales, sino que también se les ha negado la posibilidad de la memoria. Se les nombra con un número, si acaso el poder accede a nombrarlos.

Es por eso que el documentalista Patricio Guzmán vio en las estrellas del desierto nocturno de Atacama una cifra de todos los desaparecidos en Chile. Todos ellos siguen, por el destello de que quien los nombra, aquí con nosotros.

"De la rosa sólo nos queda el nombre", así murmura la famosa novela de Umberto Eco, basado en sabiduría latina. Pero sólo nos quedará el nombre mientras nuestro mundo siga en pie y sea coherente nuestra memoria colectiva, porque nuestro reino es el de todos los nombres, y nombres seremos en el mar de todos nosotros