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El poder de la banalidad

Holden Cauldfield es uno de los adolescentes terribles de la literatura. Terrible es un decir. El chico de 16 años queda como un modelo de conducta al lado del aún más joven Alex, de la novela favorita La naranja mecánica de Anthony Burguess.

No obstante, el protagonista de la novela The Catcher in the Rye (1951) del escritor estadounidense J. D. Salinger (El cazador oculto o El guardián entre el centeno) me parecen todavía muy reveladoras.

Holden es expulsado de la escuela antes de la navidad y decide vagar por New York City antes de que sus padres se enteren. Holden camina libre, valiente y solitario por las calles, noches, hoteles y bares de la metrópoli.Un pasaje me parece de especial interés.

En el capítulo 24, Holden visita a Mr. Antolini, un antiguo maestro. Los dos conversan y parece que Holden escucha —por fin— palabras sabias de un adulto. Mr. Antolini dice: “te darás cuenta que no eres la primera persona que ha estado confundida y atemorizada e incluso asqueada por la conducta humana.

Muchos, muchos hombres han estado atormentados moral y espiritualmente como lo estás tú en este momento.

Felizmente, algunos de ellos han dejado un registro de sus dificultades. Aprenderás de ellos, si quieres”. Aquí parece que Holden encuentra —después de tanto vagabundear y cuestionarse— un poco de sentido. Sospecho que lo mismo le ocurre al lector. ¿Pero qué pasa esa noche? Holden se queda dormido en el sofá de la sala y el adulto se va a su recámara con su esposa.

Pero el chico despierta más tarde y descubre que el hombre lo contempla. ¿Sentía deseo por el menor? Holden se asusta y sale corriendo del departamento.Podríamos preguntarnos, ¿por qué encontramos —en ese universo literario— una interpretación en apariencia válida sobre el sentir atribulado de Holden para luego descalificarla? Una respuesta sería que la novela hace un ataque a la capa moral y didáctica que cubre a los hechos y es parte del credo de las personas.

Encontramos, además, otra respuesta que se relaciona con el aprecio del poder instantáneo de la experimentación, que va más allá de las conclusiones establecidas sobre la experiencia. Holden dice al final de la obra: “¿Cómo sabes lo que vas a hacer cuando todavía no ha llegado el momento de hacerlo? La respuesta es que no sabes. Es una pregunta muy tonta”.

De manera que podríamos preguntarnos, a la par de Holden, ¿van a tomar sentido nuestras andanzas en la ciudad, en la palabra, en el internet? ¿Alcanzaremos trascendencia o acaso serán, alguna vez, útiles? Vaya que también son preguntas inútiles, y si tratamos de responderlas nos perderemos de la aventura y de eso que precisamente es nuestro privilegio, la banalidad.  


Twitter@fernofabio