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No se hace tarde: en el tiempo de Benjamin Button

En la estación de trenes de Nueva Orleans, en el filme El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008), un reloj camina a la inversa. Su constructor, luego de perder un hijo en la guerra, da al mundo este mecanismo que simboliza el deseo de recuperar lo perdido. Benjamin nace la misma noche en que termina la guerra, y nace viejo, enfermo, rechazado por su padre, quien lo lleva a una casa de ancianos. Allí lo cría una mujer de origen africano. Nadie lo sabe, pero Benjamin irá hacia atrás en el tiempo.

Lo curioso de este caso es, para utilizar el título del filme (basado en un cuento de F. Scott Fitzgerald), que el personaje no corresponde a la fuerza de la melancolía o la nostalgia. En vez de encontrar un sujeto que refleje el sentido del reloj de la estación de trenes (asimismo símbolos del tiempo), hallamos a un Benjamin ávido por vivir y conocer, que viaja del ocaso al esplendor. No es difícil adivinar que estratégicamente eligieron a Brad Pitt para interpretar el personaje.

Dos impulsos opuestos recorren la película. Por un lado, está el anhelo de recobrar lo que ya no está; y por otro, ir hacia delante sin reparar en el pasado. Quizá el dolor del relojero se alivia en el carácter del protagonista, y el público experimenta –con Benjamin– la posibilidad imaginaria de vivir sin miedo a envejecer y estar exento de la gravedad pretérita. Benjamin Button representaría así una variación del mito griego del tiempo. La madre de Benjamin muere en el parto, y es Thomas Button, el padre, quien intenta destruir al hijo tal como el devorador Cronos. Mas Benjamin sobrevive a su destino y, en sí, al tiempo.

Relatos como Benjamin Button y el mito de Cronos no sólo definen el aspecto objetivo del tiempo, sino también nuestra experiencia del mismo. Los relatos codifican dos elementos que deberían ser excluyentes: lo externo a la imaginación –el tiempo, aquello que existe por sí– se forma con la misma sustancia de lo imaginado.Ya lo dice el filósofo Paul Ricoeur: toda narrativa es cifra de nuestra experiencia en el tiempo. El tiempo se vuelve, al asirlo, una historia.

Aquí encontramos una hermosa paradoja. Nuestras vidas corporales están gobernadas por ciclos; luchamos contra la entropía y vivimos montados en la flecha del tiempo, que no puede ir hacia atrás, solo hacia el futuro. Pero ¿quién puede convencer a Fernando del Paso, Carmen Dell’Orefice o Roger Waters de lo contrario? ¿Quién pararía este río de vida y pensamientos que fluye contrario a la edad física, como en Benjamin Button, si es que así lo experimenta nuestro ser? Al fin y al cabo, si somos tiempo, somos narrativa también, y creamos nuestra vida en el libro –o la película– de la mente.


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