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No entres sin furia en esa noche: creación y enfermedad

Leer Músicos y medicina. Historias clínicas de grandes compositores de Adolfo Martínez Palomo (El colegio de México; UNAM, 2015) es convivir con la genialidad creativa en su más profunda verdad humana: la enfermedad adquirida o heredada.

En el libro recorremos la vida de doce artistas de la música clásica europea, desde Bach hasta Chaikovski, y conocemos el lado moridor de estos encumbrados en el bronce y el mármol. Es una experiencia humanizante reconciliar la dulzura de las sonatas de Mozart con su personalidad escatológica y lenguaje oral incomprensible.

O entender que el mismo Schubert que compuso “El canto del cisne” recibió tratamientos de mercurio al contraer sífilis, como resultado de un comportamiento colérico, adictivo y, según sus amigos, moralmente degradado.

O comprender a un no muy apuesto y antisocial Beethoven, bajo, con dedos cortos y regordetos, marcado por la viruela, en su viaje hacia el silencio que lo llevó a manotear el piano en una actuación pública. O creer que la brillantez del “Quinteto para cuerda y piano en mi bemol mayor” surgió de un Schumann esquizofrénico que terminó sus días en un sanatorio mental y muerto por inanición. 

Pero estas verdades, aunque profundas, son parciales. Tal como afirma Michael Foucault, la medicina es un saber que construye identidades con ciertos fines, los cuales debemos analizar. El médico Martínez Palomo realiza ese examen, y concluimos que estos personajes no sólo sufrieron la definición del poder, sino la imprecisión y el error médicos.

Quizá no estamos muy alejados de este contexto todavía, pues en nuestra sociedad la salud se entiende como una mercancía dentro de un sistema que–aunque “científico”–no da garantía de la efectividad de ciertos tratamientos, y a veces sólo aspiramos a apelar al buen carácter moral de un médico franco.

Este es el punto que nos conecta con los genios musicales, el entender la enfermedad como una cotidianidad que es, tarde o temprano, ineludible; y que puede ser, asimismo, indescifrable. Y quizá lo más importante sería advertir que este torcimiento de las expectativas de vida, ese sufrimiento psíquico y corporal, puede ser aún el espacio de una lucidez creativa, cualquiera que sea nuestra creación.

Referentes cercanos tenemos, en la pintura, a Frida Kahlo; en la literatura, a Jorge Luis Borges; y en la ciencia, a Stephen Hawking; y en la familia, a los padres o hermanos, o quizá a nosotros mismos.

Ante la oscuridad de esa moldeabilidad obligatoria que es la enfermedad, cito los versos de Dylan Thomas:“No entres dócilmente en esa noche…enfurécete, enfurécete, ante la agonía de la luz”.

El fervor de la creación enciende así con “fieras lágrimas”. 



Twitter@fernofabio