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Un curso sobre cine

Hace diez semanas empezó el trimestre. El tema de una de mis clases fue cine latinoamericano. Las siete películas del curso expusieron situaciones relativas con la raza, la clase social, el género, la explotación y la presencia nociva de una élite local y/o extranjera que contaba con la ayuda o bendición de los Estados Unidos. En pocas palabras, las siete cintas plantearon un contenido político, y eran muy diferentes a las que habían visto mis estudiantes, chicas y chicos del estado de California y uno que otro fuereño.

Al principio del curso, cada idea que analizábamos tenía una conexión con la realidad. Eran los primeros días de Donald Trump y se confirmaba que las promesas de campaña eran parte del guion gubernamental. Muchos, entre los que se encontraba la mayoría de mis estudiantes —si no es que la mayoría—, se hallaban preocupados por el destino propio y del país. Podría asegurar que estaban sorprendidos de vivir en una realidad incierta cuyo desenlace podía ser el colapso mundial.

El mundo en efecto había cambiado y el programa de clase, que antes parecía ser un relato de otro lado, describía de pronto nuestra cotidianidad. Por ejemplo, el tirano de Glauber Rocha en Terra em transe (1967) o el fascismo en La historia oficial (1985) de Luis Puenzo señalaban a un referente nacional. Los estudiantes no sólo descubrieron que la disfuncionalidad democrática y la opresión política era un mal del mundo, sino también de su mundo.      

Debo decir que más de un tercio de los 32 estudiantes eran de origen latino y solo uno se identificaba como afroamericano. En ocasiones, los estudiantes de origen hispano vienen a descubrir el drama político de sus padres en la escuela; otros lo conocen desde niños por experiencia propia. Para ellos, la clase fue una explicación de su historia de vida y el reconocimiento de que los 33 —me incluyo— nos encontrábamos en el mismo barco.

El cursó terminó la semana pasada y uno de los estudiantes más entusiastas, que locamente se titulará en física teórica y filosofía, me comentó que la premura de resistir al gobierno ya ha pasado; es decir, que, de una angustia por lo que pudiera suceder, habíamos pasado a una normalidad. Las acciones del gobierno ya son normales, me dijo. El mundo cambió y, lamentablemente, es peor, concluyó. Es muy probable que así sea. Pero me digo —ahora— que en ese mundo caminarán esos chicos con ideas nuevas y otros miles como ellos que, en su momento, podrán —podremos— dar la vuelta a la política. El optimismo de profesor universitario me hace escribir esta pequeña crónica, la cual ofrezco aquí como una defensa de la educación y como el rastro de un instante de 33.



Twitter@fernofabio