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Sonata de un jueves por la tarde

El pasado miércoles por la noche, mientras escuchaba las sonatas para violonchelo de Vivaldi, imaginé una serie de textos que reprodujeran el pathos de las piezas musicales. Imaginé cuentos o breves crónicas que tocaran un aspecto bello de la vida cotidiana, una emoción, un racimo de detalles, una dimensión dulce y tersa del pentagrama de la experiencia pequeña, pues eso me hacían sentir las sonatas que interpretaban Bozena Slawinska y Luisa Durón.

Pensé que en esos relatos debía existir un personaje que fuera capaz de escuchar o hacer vibrar las cuerdas de esa sonata literaria.

Tal personaje daría atención a elementos finos de la realidad, vería el mundo social y natural desde la sensibilidad de un soneto (o una sonata, claro), y correspondería con una generosidad justa, con un entusiasmo sutil y, a medida de lo posible, con talento de artista. 

Me dije, mañana —cuando salga a la calle— prestaré atención a los aspectos que se me manifiesten. Recordé que durante el día, mientras caminaba por el centro de la ciudad de Xalapa, Veracruz, me había topado con al menos cinco personas que me pidieron dinero. Como muchos, me dedico a las letras para luchar por el drama humano de la supervivencia.

Pero estoy consciente que las palabras no son un pan, y al andar por allí es necesario compartir los pesos. He decidido, sin embargo, retribuir el esfuerzo; es decir, el artificio histriónico, las frases ingeniosas, las actitudes pícaras; esa iba a ser, entonces, la música que escucharía de las personas. 

Salí de casa al día siguiente como si fuera el secretario que tomaría nota de aquello que el personaje de mis cuentos o crónicas iba a experimentar. A las dos de la tarde el centro laberíntico y de calles angostas de Xalapa estaba lleno de coches.

Sobre las breves aceras caminábamos decenas de personas sin una prisa excesiva y nos cuidábamos los flancos y las espaldas al cruzar la calle. Vi una manifestación popular frente a Palacio de Gobierno. Caminé un poco más por el parque Juárez, y nada. Ninguna de las voces esperadas. Horas después, regresé al mismo punto.

Llovía un poco y me puse a escuchar a un acordeonista que tocaba bajo un arco del edificio público. Pero luego caminé por las calles húmedas y enmohecidas como un fantasma.

¿Pues a dónde se fueron todos?Fue cuando recordé el haikú de Kito, “El ruiseñor unos días no viene, otros dos veces.” La sonata de las voces había sido ayer, y hoy había otra música.

Pero la realidad iba a volver a empezar al otro día y se repetiría por años, décadas, porque este país no se compone y la supervivencia seguirá con necesidad pero también con ingenio y a veces como un haikú, un soneto o una sonata de Vivaldi. 


Twitter@fernofabio