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Hoy los minutos son lingotes de oro

Se me ocurre hacer de hoy un día diferente. Reunir poesía, música, novelas, cine, citas descabelladas y fuera de contexto, fotografías, bailes que sólo yo conozco; la única condición es que me gusten. No, la condición es que me vuelvan loco. Hoy no aceptaré nada que no contenga para mí ese misterio, que casi siempre es el mismo: quemarme con el fuego de la vida sin saber por qué o para qué; quemarme solamente.

Es imposible mantenerlo, vivir siempre como hoy. Tengo amigos que lo intentan. Son en realidad pocos. Quizá debería ir por aquellos radicales. Quizá debería dejarme enseñar por los que pueden hacerlo todos los días, sin tregua ni piedad. La legión de hombres y mujeres que han leído a Bukowski y se han descubierto en sus páginas. No soy uno de ellos, aunque debería ir a buscarlos, yo que evito ir con el cabello trastornado, justo después de despertar, a la tienda de la esquina.

Hoy me declaro defensor del manifiesto surrealista, y digo que toda la madera es cobre, y el cobre es oro. Salgo a la calle a pedir una moneda a los pepenadores, aguinaldo a los que trabajan en los cruceros. Regreso a casa a buscar el juego de damas inglesas, porque es el único día que puedo gastarlas fichas en las tiendas. Me compraré un traje de astronauta para el calor y el frío, con una maleta acondicionada para mi perro. Me han dicho que las escafandras ya no las fabrican, o que se acabaron en la venta de mañana.

El otro día, en un retén antes de llegar a Cuatrociénegas, Coahuila, hablé con varios miembros de las fuerzas especiales del estado. Se interesaban en mi vida tanto como yo en la suya. Quizá habíamos ido a la misma escuela o su equivalente, pero ahora nos separaban un arma automática en el pecho y una máscara sobre el rostro que emulaba la muerte. Conversamos por unos minutos y fuimos muy amables. Fue allí quizá que gasté una de mis monedas de la muerte y crucé el Estigio sin darme cuenta. Cada vez estoy más cerca de no regresar jamás. Ya se me hace tarde para ser un místico mendigo de la vida.

Rasparé el fondo de las azucareras, escribiré cartas con caligrafía gótica y buscaré a un grafitero para que corrija mi ortografía; contestaré las llamadas de mi madre con paciencia y responderé algunos emails de amigos que ya murieron. En vez de deshojar margaritas, me miraré los dientes y contaré las ballenas blancas que todavía me esperan. Saldremos al atardecer a señalar camionetas viejas o animales libres que habitan la ciudad, tal como yo lo intento.

Es 29 de febrero, durante los últimos años el calendario fue quedándose con el cambio cada vez que compró en el Oxxo. Hoy los minutos son lingotes de oro, y me propongo gastarlos a como dé lugar.


columna30-30.blogspot.mx/ Twitter@fernofabio