Entre Paréntesis

Gobernar

Cuesta trabajo entender por qué hay quien piensa, son muchos, que el gobierno mexicano tiene que escoger entre la militancia chavista y la militancia antichavista. Porque precisamente no le corresponde ni lo uno ni lo otro —porque nos importa lo que sucede en Venezuela.

Entre los momentos brillantes, hay varios, de la política exterior mexicana del siglo pasado está la iniciativa del Grupo de Contadora. Seguramente en la Secretaría de Relaciones Exteriores queda alguien que lo recuerde. La situación de México era bastante más precaria de lo que es hoy, y el conflicto centroamericano, en la vorágine final de la Guerra Fría, resultaba intratable. Pero era necesario intentar, conseguir, la pacificación por motivos humanitarios, por motivos estratégicos, económicos, de prestigio, y para abrir un margen de maniobra frente al gobierno de Ronald Reagan.

México desde luego no era entonces amigo del gobierno de Guatemala, mucho menos del gobierno de El Salvador, y no era indiferente con respecto al conflicto entre el gobierno sandinista y la Contra, en Nicaragua. Pero nadie pensó en hacer a un lado el principio de no intervención. Y precisamente por eso la iniciativa pudo ser eficaz.

Los principios tradicionales de la política exterior mexicana no eran decorativos. No eran palabrería. Formaban parte de una política de prestigio, que permitió a México tener un lugar singular en los foros multilaterales, y defender el interés nacional. Los principios: no intervención, respeto a la autodeterminación, solución pacífica de controversias, no obligaban a la pasividad tampoco. Definían el marco para orientar las iniciativas, y contribuían a darles solidez.

El sistema internacional ha cambiado, es otro. Pero siempre es otro. No es más difícil lidiar con Donald Trump de lo que fue lidiar con Eisenhower, Kennedy, Nixon o Ronald Reagan. La crisis de Venezuela no es más complicada de lo que fueron la guerra civil española, la revolución cubana, el golpe de Pinochet o la crisis centroamericana de los años ochenta. Y es posible hoy, como entonces, una política exterior con dignidad, imaginación y sentido práctico. Nadie dice que sea fácil: se llama gobernar.