Entre Paréntesis

De te fabula narratur

En el debate de la segunda vuelta de la elección presidencial francesa, la semana pasada, hubo uno de esos raros momentos que demuestran que la discusión política puede ser significativa.

La mayor parte del tiempo fue un desperdicio, una interminable diatriba de Marine Le Pen: iracunda, incoherente, reiterativa, a base de injurias, burlas y fanfarronadas. Y un espectáculo de risotadas sarcásticas, bufidos y manoteos, como calcado de las exhibiciones de Donald Trump —gestos y lenguaje para dar autenticidad a su representación del pueblo indignado. Fascismo.

Pero en un momento sacó del arsenal de los insultos uno mayor: traición. Acusó a Emmanuel Macron de denigrar a Francia y alentar el terrorismo islámico, de provocar la radicalización de los jóvenes musulmanes, por haber dicho públicamente, en Argelia, que la colonización francesa había sido un acto de barbarie, un crimen contra la humanidad. Y mucho más, y peor, había admitido que Francia había participado en la persecución de los judíos franceses durante la Segunda Guerra Mundial —en particular, en la siniestra redada del Velódromo de Invierno, en que más de 10 mil judíos fueron arrestados, y deportados a los campos de exterminio en unos pocos días, en 1942.

Según la declaración del presidente Hollande, a la que se refería Le Pen: “La verdad es que la policía francesa se encargó de arrestar a miles de niños y de familias. Y la gendarmería los llevó hasta los campos de internamiento. La verdad es que fue un crimen cometido por Francia, en Francia”. La indignación teatral de Le Pen deja ver uno de los aspectos más vergonzosos del nacionalismo (el que lo hace el último refugio de los canallas, según la expresión de Samuel Johnson).

El candidato Macron no se alteró en lo más mínimo. Sereno, cortante, con perfecto aplomo, se limitó a decir que la historia era así. Y que los franceses tenían que ser capaces de mirarla de frente. Fue una lección de civismo muy sencilla, absolutamente clara, admirable, la afirmación de que es posible hacer política con dignidad. Y tratar a los ciudadanos como adultos. Exigir que cada quien asuma sus responsabilidades —y poner el ejemplo.

No deja de ser alentador que haya asumido el riesgo.