Entre Paréntesis

Exhibición

La decisión de Estados Unidos de trasladar su embajada de Israel a Jerusalén no sirve a ningún propósito práctico. No es parte de una estrategia ni se va a ganar nada. Es una decisión que se adopta solo para anunciar que se ha adoptado. Porque había sido una promesa de campaña que parecía particularmente barata y fácil de cumplir. A la vez, el anuncio servía para enviar a la comunidad internacional el mensaje de que Estados Unidos va a actuar de manera unilateral, sin consideración alguna: es lo único que el presidente Trump tiene que comunicar a la comunidad internacional. Es decir, era fundamentalmente una exhibición de poder.

Al gesto de Estados Unidos correspondió uno de la Autoridad Nacional Palestina, otro de la Liga Árabe, y una resolución de condena de la Asamblea General de Naciones Unidas. Rutina. Pero el presidente Trump decidió ejercer su poder y amenazó con retirar la ayuda estadunidense a los países que votaran a favor de la resolución. La embajadora de Estados Unidos ante la ONU advirtió que tomaría nota de cada uno de los votos. Y eso sí es algo extraño, porque cualquiera sabe que los votos en la Asamblea General son para eso, para que se tome nota: no sirven para otra cosa —nadie piensa esconderse o votar disimuladamente.

El desplante del gobierno estadunidense, con el añadido de las amenazas del presidente Trump, produjo el resultado que se podía haber previsto. Turquía, un aliado incómodo, al que no le va a regatear la ayuda, se dio el gusto de decirle que no se puede comprar con dólares la voluntad de un pueblo. Votaron a favor de la resolución 128 países. El envite era tan grotesco que los que necesitan desesperadamente ayuda, como Haití, o los aliados más obsecuentes e incombustibles, como México o Polonia, no pudieron hacer otra cosa que abstenerse.

Estados Unidos quedó a la cabeza de una coalición de ocho países: Israel, Nauru, Palaos, Micronesia, Honduras, Togo, Islas Marshall y Guatemala (el presidente Trump estaba contento: “¡Que voten contra nosotros! ¡Vamos a ahorrarnos mucho dinero!”). Cuando la superpotencia global puede perder la vergüenza hasta ese extremo, el mundo resulta impredecible. No es una buena noticia para México.