Entre Paréntesis

El negocio

La semana pasada el ex gobernador César Duarte denunció ante la Fepade al gobernador de Chihuahua, Javier Corral, por la colocación de una serie de anuncios injuriosos, y por el desvío de recursos públicos para financiar la Marcha por la Dignidad —funcionarios, vehículos oficiales, viáticos. En sí misma la noticia era atractiva por inusual.

Pero además parecería aprovechable para todos. Los enemigos de Corral podrían haberse llamado a escándalo, podrían haber denunciado la hipocresía del gobernador. Y los amigos de Corral tendrían que haber salido a negarlo todo, rotundamente. Y no, ni los unos ni los otros. La noticia quedó en eso, fue recibida con un cuidadoso silencio por parte de la clase política. Porque todos saben que es así, y todos hacen lo mismo.

Protestar cuesta dinero. Incluso en las manifestaciones más improvisadas, que se nutren solo de espontáneos, hay que montar un templete, contratar un servicio de sonido —y alguien paga. Y desde luego, todo lo que vaya más allá de una marcha de vecinos en sábado cuesta caro: hay que pagar por el transporte, la comida, las carpas, las mantas, y con frecuencia también el sueldo de algunos profesionales de la protesta. La mayoría de las veces no se sabe quién paga, pero suele ser dinero público.

Eso no desacredita las protestas, salvo para quienes necesiten que en ellas no haya más que la pura indignación, desinteresada. Pero dice que las protestas son parte de un sistema político en que la agitación también puede ser un modo de vida.

Algo parecido sucede con la venta de credenciales para el registro de los candidatos independientes. Todos los políticos saben que hay un mercado de firmas, y un mercado de asambleas para cubrir los requisitos de registro de los partidos, hay intermediarios que viven de eso, y que hacen un trabajo político absolutamente real. El señor Ferriz de Con denuncia la compra de credenciales, y exige que se castigue. Pero equivoca los tiros: el problema no es que las firmas fuesen vendidas (y no militantes), sino que fuesen falsas. Eso tiene la representación, los motivos son insondables, y así debe ser. No sería más agradable una sociedad hecha de creyentes insobornables —lo malo es que tenemos que fingir que creemos que sí.