Entre Paréntesis

Amnistía

Yo tampoco puedo saber lo que pensaba López Obrador cuando habló de una amnistía. Y me extraña un poco la prisa que se han dado todos en rechazarla. Porque de buenas a primeras, parece una buena idea —aunque expresada con alguna torpeza.

Se ha dicho hasta la saciedad en estos días que el Presidente no tiene facultades para otorgar una amnistía. Pero sin duda puede proponerla al Congreso. Ahora bien, solo es posible amnistiar a quienes han sido juzgados, sentenciados, y están cumpliendo una condena, es decir, que la amnistía supone una actuación previa del sistema de procuración de justicia. Una actuación eficaz, y un castigo. Otra cosa, dejar de perseguir a alguien, u optar por no castigarlo, es sencillamente impunidad —y de eso hay bastante. O bien, perdón: pero ese es un terreno del todo distinto.

La amnistía, con todas las de la ley, tiene mucho sentido, diría incluso que es urgente para las decenas de miles de personas que hay en nuestras cárceles, condenadas tan solo por delitos contra la salud: cultivo, posesión, transporte, venta. Son delitos problemáticos, discutibles, discutidos, no violentos, que tienen saturadas las cárceles (o sea, que la amnistía tendría el primer efecto de desahogar el sistema penitenciario, y no es poco).

Ahora bien, una amnistía de esa naturaleza requeriría, casi necesariamente, la legalización de la mariguana, para no volver a llenar las cárceles de la misma manera, y anular los efectos prácticos de la medida. La justificación obvia no es médica ni moral, sino práctica: en Estados Unidos ya es legal. Dicho de otro modo, plantearse en serio una amnistía en esos términos significaría abrir una discusión para cambiar radicalmente la política de seguridad —y la relación con Estados Unidos.

Otra cosa es la violencia. Para la mirada federal es muy claro que hay buenos y malos, y que es necesario castigar a los malos. En muchos lugares del país, en la cuenca del Balsas, en la Tierra Caliente, en La Montaña de Guerrero, en las mismas familias hay víctimas y victimarios, y acaso tendría sentido plantearse el perdón. O algo más complicado, pero más serio: la reconciliación (no con los “capos” del narco, porque no es eso). Eso requiere imaginación, responsabilidad, altura de miras, intuición histórica —y no sé si haya.