Columna Invitada

Literatura y periodismo

Acaso por no venir de la Academia, siempre abordé mi oficio periodístico como una forma de literatura. Como me formé leyendo libros siempre consideré que la palabra era la materia prima de ambas construcciones verbales. Ya en la práctica de la nota diaria me quedó claro que en las escuelas de comunicación y en las redacciones de los diarios se empeñan en despojar a los periodistas de un elemento esencial para entender el mundo: la imaginación. Con la coartada de la objetividad,  les ponen al estudiante y al periodista bisoño las orejeras que usan las mulas para no ver más que una parte del camino. De ahí que en mis talleres de periodismo lo primero que hacemos es leer poesía.

Ahora sé que entré al periodismo en un momento de quiebre para la prensa en México. Como estoy ante periodistas quería obviar la historia del golpe del presidente Luis Echeverría al periódico Excélsior, pero la experiencia me indica que la historia de su profesión no es prioritaria para los nuevos profesionistas. Sucedió, entonces, que aquel nefasto mandatario sacó a su amigo Julio Scherer de la dirección del periódico más influyente de México porque se publicaban ahí críticas razonadas al poder público. Nada que ver con las diatribas que hoy aparecen en los medios porque en 1976 el presidente de la República era intocable. La salida de don Julio y sus colaboradores de aquel diario propició la aparición de la revista Proceso y el diario unomásuno, dos publicaciones que abrieron las puertas para un nuevo periodismo en México, porque por primera vez en la era moderna del país ambas publicaciones tenían que sostenerse con el apoyo de los lectores, no con las dadivas del gobierno.

En México tenemos una larga y honrosa tradición de publicaciones culturales, pero el diarismo cultural se inició realmente con la revista y el periódico mencionados. Ya el Excélsior dirigido por Scherer publicaba notas, entrevistas, reportajes y crítica cultural algunos días de la semana, pero aún lo hacía en las páginas de sociales, como sigue sucediendo en varios periódicos de provincia. El diario unomásuno salió a la calle el 14 de noviembre de 1977 con  tres notables novedades respecto a la prensa tradicional: el cabezal del periódico que rompía con todo lo establecido en la materia. Su formato tabloide, impensable hasta entonces para la prensa seria. Una sección cultural fija, cuyo primer jefe de redacción fue mi estimado Rodolfo Rojas Zea, un notable periodista de la cultura que tenía grabado con fuego la pirámide invertida del periodismo tradicional, que tiene en su segundo segmente las famosas preguntas: ¿qué?, ¿quién?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué?

Cuando llegué al unomásuno ya había leído Las enseñanzas de don Juan, de Carlos Castañeda, donde el indio yaqui Juan Matus enseña que la mejor manera de aprender una nueva tarea es teniendo a un tirano como maestro. Rojas Zea era una buena persona pero si no escribías tu nota con las reglas establecidas te la hacía repetir. Como buena parte de los reporteros de aquella sección cultural no veníamos del periodismo sino de diversas disciplinas artísticas, sufríamos en demasía por aquella limitación, hasta que comprendimos que lo mejor era jugar con las posibilidades literarias que ofrecían aquellas interrogaciones, porque la técnica se vuelve otra cosa si se aplica imaginativamente. La rutina es la madre del tedio, tanto en la escritura como en sexo. Para escribir y coger placenteramente hay que huir de la rutina como de la peste. Por eso insisto en que la falta de imaginación es el peor lastre del periodismo.

Las grandes novelas rusas, francesas, inglesas del siglo XIX aparecieron primero en los periódicos de la época en forma seriada. Son famosas las fotografías en sepia de las colas de lectores en los muelles de Nueva York esperando las entregas de  Charles Dickens. En nuestro país, prácticamente todos los grandes escritores practicaron el periodismo sin preguntarse cuál era la diferencia entre periodismo y literatura. La más obvia, sin duda, es que el periodismo trata de la realidad y la fabulación de lo imaginario. Pero ayer mismo nuestro joven moderador, Martín Rangel, escribió en la versión hidalguense de Milenio Diario, que escribimos porque la realidad no es suficiente. Si lo fuera, bastaría leer nuestros periódicos para entender que pasa en México. Por el contrario, mientras más leemos, vemos y escuchamos las noticias sobre nuestra realidad, más sentimos que esa realidad se nos escapa porque siempre hay algo que falta en el simple testimonio de los hechos. Por eso nuestro hoy celebrado escritor, Agustín Ramos, se ha puesto a escribir la verdadera historia de Pedro Romero de Terreros y de Carlos Slim, partiendo de la realidad pero imaginando el resto, es decir, aquello que no aparece en los diarios.

En Hidalgo y otras partes de la República, los diarios más vendidos son aquellos que están mal escritos, no sólo con faltas de ortografía, con saltos de líneas y un soberano desprecio por el verbo, el sujeto y el complemento. Eso no importa porque el 95 por ciento de los jóvenes no leen los periódicos. Lo suyo es el Facebook, el tuiteo, el whatsapeo, en donde la escritura corresponde al desorden mental de la adolescencia, a su falta de vocabulario y la cortedad de sus ideas. Ojo, estoy haciendo una descripción, no una crítica, porque prefiero mil veces ese desmembramiento del idioma al insoportable lenguaje de los políticos y los locutores. En el tasajeo gramatical que hacen los chavos hay una corriente eléctrica que los conecta con algunas de las viejas vanguardias literarias, como e estridentismo, el surrealismo y la escritura automática. Claro que ellos lo ignoran y eso si es de lamentarse.

En fin, el tema es amplio y yo debo de concluir diciendo que el buen periodismo siempre tendrá un componente literario, así como la buena literatura siempre tendrá algo de periodismo en su afán de hacer verosímil lo imaginario. En todo caso, en donde literatura y periodismo se hermanan es en la admiración, el respeto, el amor por la palabra, ese don que nos separa de la naturaleza porque al poder nombrarla, al decir, con Borges, que en el nombre de la rosa está la esencia de la rosa, y que todo el Nilo cabe en la palabra Nilo, estamos haciendo lo que ningún otro ser sobre la tierra puede hacerlo: estamos haciendo poesía.

*Texto leído en elColoquio Literatura y Periodismo, realizado el jueves 18 de septiembre en el Centro de las Artes de Hidalgo.