Columna Invitada

Agustín Ramos, la sal de la tierra

Agustín Ramos es un escritor hidalguense no sólo porque nació en Tulancingo en 1952 sino en virtud de que buena parte de su literatura nace de su amor filial a la tierra natal y a su historia. Mejor dicho: del  asombro por los actos humanos que están en los orígenes de los pueblos que conforman hoy el Estado de Hidalgo.

La Historia es un cementerio inerte sin las vidas que la hacen posible. En la Hemeroteca, la historia de Pedro Romero de Terreros es un montón de legajos administrativos sobre la gloria personal y el infierno colectivo que provocó el auge de la minería en Real del Monte en el siglo XVIII. En la novela de Agustín Ramos, Tú eres Pedro, publicada en 1996, esos papeles de notaría se convierten en una trama apasionante del abuso del poder y sus consecuencias. Metido de lleno en el siglo XVIII, el novelista dio a luz de imprenta en el año 2000 La visita (un sueño de la razón), en donde recrea la decadencia del virreinato y la dignidad de los últimos aborígenes en resistirse al dominio español. En ambos libros, la maestría de Ramos en el uso del idioma castellano y mestizo deja la sensación de estar leyendo a un narrador con toda la barba, aunque él es más bien lampiño.

En La sal de la tierra, su más reciente publicación, editada por la Universidad Veracruzana en el 2013, Agustín refrenda su amor a la literatura y su adhesión a la historia matria con cuatro relatos, tres de ellos clavados en el pasado lejano y el cuarto, que es el primero del libro, en el pasado inmediato: nada más y nada menos que la fundación de la cementera Cruz Azul, en 1931. Como desde su primera novela, Al cielo por asalto, de 1979, el narrador se ha puesto al lado de los rebeldes, los desgarrados, los humildes de la tierra, en Harina de otro costal cuenta el suceso desde el punto de vista de los obreros, partiendo del testimonio directo de algunos de ellos y de algunas investigaciones sobre el tema. Estamos, pues, ante un testimonio, ante una narración oral que Agustín convierte en literatura para crear atmósferas, personajes, tensión dramática y simpatía por los obreros. Creo que fue Cristopher Domínguez Michel el crítico que comentó que el escritor hidalguense era un digno heredero de José Revueltas.

En El duende de las minas, Verdad buena y De oficio soy escribiente, Ramos regresa al siglo XVIII para darle vuelo a la imaginación y a la pluma, con una prosa ornamental que me recuerda a la del mejor García Márquez por la imaginería sustentada en la descripción, en el detalle, en la verosimilitud de lo fantástico, aunque en ningún momento Ramos hace una imitación del escritor colombiano. Por el contrario, su mérito está en bordar con la misma aguja un tejido muy distinto, porque no hay realismo mágico sino realismo histórico en los textos  del escritor tulancingueño.

Sólo un novelista que se ha metido a investigar la historia real de los sucesos que cuenta, puede recrearlos como ficción mediante el don de la palabra y esa rítmica, musical concatenación de la escritura que llamamos prosa. Aunque en el caso de Agustín no hablo sólo de un estilo literario sino de la voluntad de creación alimentada por el coraje de estar vivo, padeciendo las injusticias de la Historia, el triunfo de los sátrapas, la explotación del ser común: la bondad hecha pedazos por la avaricia, por el deseo de poder. Como bien ha escrito Ignacio Trejo Fuentes, otro escritor hidalguense, en la Revista de la Universidad (Autónoma de México): Agustín Ramos ha construido un universo propio en el cosmos de la literatura mexicana del presente, dándole a su lectura de la historia política, social y cultural de México, añado yo, la vitalidad de la gente de carne y hueso, de manera que aún los villanos de la historia real y ficticia de sus novelas no son condenados de antemano por su creador, que tiene la gallardía de darles el beneficio de la duda, no como depredadores sino como seres humanos. En otras palabras: yo diría que Agustín es, como narrador, un hombre desgarrado por la Historia de su pueblo, al que no puede rescatar de la adversidad más que en la intrincada, opulenta, magnífica forma literaria que tiene para contarnos su derrota.

Como corolario, me alegra saber que Agustín Ramos ha recibido en estos días el Premio al Mérito Artístico del Estado de Hidalgo que otorga el Gobierno, a través del CECAH. Luego de 35 años de escritura, se puede afirmar que ni Efrén Rebolledo, ni Ricardo Garibay, ni Margarita Michelena y demás figuras literarias nacidas en nuestro estado, se han ocupado tanto y tan bien de la historia con mayúscula y con minúscula de nuestro territorio. Agustín Ramos no es sólo un magnífico imaginador de historias nacido en el estado de Hidalgo; es también su historiador, su cronista y el mejor fabulador de nuestra patria chica.

 

*Periodista de la cultura y dramaturgo, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.