Sonido & Visión

Los soviéticos como villanos

A partir de los años sesenta del siglo pasado, los soviéticos fueron los villanos favoritos en varias producciones hollywoodenses e inglesas durante buena parte de la guerra fría, sobre todo los que tenían que ver con el gobierno y en particular con la KGB. Claro que para el contraste está la clásica comedia Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (Kubrick, 1964), cargada de sátira y exhibiendo con humor negro la estolidez de ambos bandos en una soterrada batalla sin sentido.  Los soviéticos se convertían así en los sustitutos de los nazis, los malos preferidos en las películas de la posguerra. Ya en los ochenta, cómo no recordar las obviedades de Rambo luchando al lado de los talibanes y a Rocky enfrentando a Ivan Drago, un deshumanizado boxeador producto de un sistema súper planificado. Vinieron después malosos de todos colores, según los enemigos geopolíticos del momento (latinos, alemanes orientales, árabes, chinos, coreanos), incluyendo a los propios connacionales, sin que los ahora exsoviéticos dejaran de aparecer, aunque retratados como grupos mafiosos operando más allá de sus fronteras.

Después de la caída del muro de Berlín, los hemos visto en películas como Goldeneye (Campbell, 1995), Snatch: Cerdos y diamantes (Ritchie, 2000), La prueba del crimen (Kramer, 2006), Sin límites (Burger, 2011), El código del miedo (Yakin, 2011), Duro de matar: un buen día para morir (Moore, 2013) y en las notables Promesas (Cronenberg, 2007), Los dueños de la noche (Gray, 2007) y El caballero oscuro (Nolan, 2008), por mencionar algunos ejemplos representativos; además, regresando a la tensión de los ochenta, ahí está la estupenda serie televisiva Los infiltrados (The Americans, 2013- ), ya comentada en este espacio.

El regreso de las mafias rusas y derivadas

Algunos ejemplos recientes de cintas en las que aparecen grupos delincuenciales exsoviéticos, operando más o menos a sus anchas en territorio estadounidense, hasta que se topan, en la mayoría de los casos, con algún personaje en intento de retiro, lidiando con su doloroso pasado pero todavía dispuesto, si hace falta, a entrarle de lleno a los catorrazos: lujo de violencia como estrategia de contrataque.

Amores perros

1. Dirigida por el belga Michaël R. Roskam (Bullhead, 2011) con base en el relato corto Rescate animal que mutó a novela del gran autor Dennis Lehane, quien ya entrados en gastos se encargó del guion, La entrega (The Drop, 2014), gira alrededor de un metafórico cachorro abandonado y maltratado, posteriormente rescatado por un solitario y tímido barman, al mismo tiempo salvado por el perro y por una mujer que lo ayuda para que asuma la responsabilidad del cuidado de su mascota.

Con una puesta en escena de tensión contenida y tonalidades apagadas, como la propia historia que relata, vamos siendo testigos de cómo el protagonista se va envolviendo, aún contra su voluntad, en una espiral de violencia provocada por los vínculos establecidos con la mafia chechena local, el detective al acecho, el desquiciado dueño del perro en cuestión y el primo con el que regenta el bar, utilizado como centro para el traslado de dinero.

Precisa adaptación de su referente literario y un perceptivo trabajo de casting, con la grata presencia de Tom Hardy, expresando una interesante mezcla de firmeza e inocencia; Noomi Rapace como la mujer en atento estado de angustia y desconfianza y el gran James Gandolfini (q.e.p.d.), encarnando a un hombre en proceso de pérdida de poder, rumiando sus rencores cargados de impotencia en un contexto cambiante, donde hasta los templos religiosos terminan por cerrar.

2. En Otro día para matar (John Wick, EU, 2014) el director Chad Stahelski aprovecha su experiencia como stunt y como especialista en secuencias de acción para presentar una historia cargada de violencia coreografiada, incorporando las habilidades de Keanu Reeves, quien interpreta al personaje del título, un infalible matón retirado que pierde a su esposa y se queda solo en compañía de un perro, último regalo de su amada. Pero el hijo desobediente del jefe de una mafia y ex empleador de John Wick, tiene la ocurrencia de atacarlo y matar al can solo porque quería su coche, objeto también muy preciado por el meditabundo protagonista.

Desde luego, el monstruo ha despertado y empezará una lucha a muerte en la que terminarán involucrados diversos sujetos del mundo criminal, persiguiéndose unos a otros con toda la ferocidad que el caso amerita, ya sea por dinero, venganza o complicidad. El armado argumental gana con el soporte actoral de Michael Nyqvist, el cabecilla ruso; Willem Defoe, de probada ambigüedad dándole el toque de distinción al film; Alfie Allen, asumiendo el rol del insufrible junior y Adrianne Palicki, cual incansable cazadora de recompensas. Fluida, intensa, entretenida y predecible.

Del retiro imposible al ajuste de cuentas

3. Retomando la famosa serie televisiva, aunque inyectándole una agresividad a flor de piel, y con la intensa dirección de Antoine Fuqua, haciendo otra vez mancuerna con Denzel Washington como en Día de entrenamiento (2001), El justiciero (The Equalizer, EU, 2014) revisa la violencia en cuanto a estado vital de la cual es difícil escapar, como le sucede al personaje central, un hombre de pasado misterioso que trata de mantenerse en la sombre, leyendo los libros pendientes, hasta que se cruza una joven atrapada en las garras de unos mafiosos rusos: historia convencional, armada con brío y sin escatimar secuencias sanguinolentas.

4. Finalmente, Furia implacable (Rage-Tokarev, 2014) es un film completamente genérico dirigido por el sevillano Paco Cabezas (Aparecidos, 2007) con un Nicolas Cage en su cada vez más constante postura sobreactuada, interpretando a un hombre que tiene que volver al ruedo de la criminalidad, tras haberse instalado como un empresario de la construcción, para vengar la muerte de su hija adolescente a manos de unos mafiosos rusos. El pasado persecutorio no permite la vivencia de un presente limpio.

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