Sonido & Visión

Un radioactivo monstruo oriental

Los monstruos clásicos de la historia del cine, o sea, los de grandes dimensiones producto de alguna mutación genética o provenientes de otro mundo, con gran capacidad para generar rugidos tan intimidantes como ensordecedores y un potencial envidiable para destruir maquetas (reales o virtuales), han representado tanto nuestros profundos temores como las esperanzas de salvación, destacando lo peor y mejor de la especie humana: su posibilidad para convertirse en símbolos sigue siendo un buen motivo para traerlos a la pantalla.

Desde el cine serie B hasta la sofisticación de los últimos años en términos de armado y estructura visual, estos gigantes parecen permanecer ocultos durante largos periodos para reaparecer cuando menos los esperamos. Como suele suceder con las lógicas de la puesta al día de los géneros fílmicos, el que nos ocupa ha tenido sus presencias y ausencias: por lo visto, están de vuelta para ocupar los primeros planos en el reino del mainstream con toques de cinta independiente, como se advierte en Cloverfield: Monstruo (Reeves, 2008), Gigantes del pacífico (Del Toro, 2013) y Monstruos, zona infectada (Edwards, 2010). Incluso el cine de animación se ha sumado a la tendencia con Monsters Inc. en sus dos entregas (2001 / 2013) y Monstruos vs. Aliens (2009).

No parecía una buena idea en términos fílmicos revivir al clásico monstruo japonés, alegoría de la devastación y riesgos de la energía nuclear mal empleada, y a quien conocimos en la antibélica Gojira (Honda, 1954), sobre todo después de la fallida versión de 1998. No obstante, la ambivalencia del personaje en cuanto al rol que desempeña frente a la humanidad, su constitución que parece mezcla de varias especies de dinosaurios y la sólida tradición que lo ha mantenido vivo, sobre todo en Japón, donde se han realizado cerca de treinta películas, y ahora que los mercados cinematográficos asiáticos han adquirido particular relevancia, parecieron razones suficientes para despertar al gigante de su letargo e invitarlo a rugir cual macho alfa.

El reto era recuperar la esencia de Godzilla y al mismo tiempo brindarle un cierto aire de actualidad, manteniendo esa permanente tensión entre la fidelidad a la tradición y la capacidad de renovación de acuerdo con los tiempos que corren. Después de algunas cintas durante los 60 y la primera mitad de los 70, el propio Ishirô Honda junto, con Luigi Cozzi y Terry O. Morse, propuso una versión en 1977 basada en la integración de imágenes de otras criaturas de la época y en una redición de su clásico cincuentero y de Godzilla, rey de los monstruos (1956), también del director japonés en complicidad con el propio Morse.

En la conmemoración de los treinta años, se presentó El retorno de Godzilla (Hashimoto y Kizer, 1984), con el gigantón en plan gandul y ha regresado desde su guarida en cintas como Godzilla vs. Super-Mechagodzilla (Okawara, 1993), proponiendo un duelo contra una especie de némesis creada por los humanos, así como Godzillavs. el calamar gigante (Okawara, 1999), en la que se enfrentó a Orga en un lance para salvar a Tokio. Los estudios Toho seguían reviviendo una y otra vez a su monstruo favorito.

En el cambio de siglo nuestro personaje no ha podido descansar mucho: retomando la idea del enemigo artificial, ahí está Gojiratai Mekagojira (Tezuka, 2002), cinta que subió al ring a un nuevo Godzilla con un robot reconstruido con los huesos del original, seguida de Godzilla: Tokio S.O.S. (Tezuka, 2003), con la presencia amenazante de la memorable Mothra, quien ya se había dado un quien vive con el enorme dinosaurio en la cinta de 1964, y Godzilla: Final Wars (Kitamura, 2004) celebrando el cincuentenario de su aparición en las pantallas.

El regreso al origen

El argumento de Godzilla (EU-Japón, 2014) abre, tras unos créditos acompañados de secuencias de apariencia documental y noticiosa, en dos direcciones con sendas indagaciones científicas: tanto en campo como en laboratorio, brindándole al filme un inicio sólido y más abarcativo del relato, anunciando que no solamente veremos las peleas espectaculares entre monstruos-humanos y humanos-monstruos, sino que se irán desplegando una serie de acontecimientos con adecuada concatenación y que le brinden otras aristas a la historia.

No falta en esta introducción el componente dramático y el golpe de angustia tan necesario para convencer a los escépticos que suponían innecesaria otra película de este monstruo (como quien esto escribe). Aunque se pudieron evitar ciertos clichés como el del científico afectado al que nadie le cree y que todos sabemos que tiene la razón, la historia y el desarrollo de la mayoría de los personajes consigue destacar frente a la lograda y dosificada pirotecnia visual, con todo y los mensajes ecologistas de asumirnos como una especie más, y los relacionados con el vínculo entre padre e hijo.

En efecto, se plantea en un momento crucial que la naturaleza se encargue… aunque cabe apuntar que se hace necesaria una pequeña y vital intervención del héroe, disputando el protagonismo con quien le puso nombre al film. El guion combina con suficiencia el drama humano intimista con la catástrofe generalizada, aunque desperdicia la oportunidad de proponer un desenlace más a tono con los sucesos familiares que persiguen al soldado. Eso sí, los cabos soltados van imbricándose con la suficiente oportunidad para darle unicidad al relato.

El casting sorprende por su solidez y por la capacidad actoral de los involucrados para insertarse en una película de estas características: Juliette Binoche consistente en su brevedad; Bryan Cranston como en versión Breaking“Mad”; Ken Watanabe y Sally Hawkins como un par de creíbles investigadores; David Strathairn como un pausado líder del comando a cargo y Elizabeth Olsen como la esposa del protagonista, quizá el personaje menos trabajado aunque interpretado con soltura por Aaron Taylor-Johnson, conocido por sus papeles en Kick-Ass y la reciente versión de Anna Karenina.

En las escenas de pelea hay reminiscencias a King Kong (el otro primigenio monstruo de la historia del cine que por cierto conoció al enorme mutante japonés en la película del propio Honda dirigida en 1962), sobre todo en las batallas contra los kaijus conocidos como mutos, bestias parásitas entre pterodáctilos e insectos de diseño aterrador tipo mantis religiosa (campamochas, les llamó Ernesto Diezmartínez en su crítica), ya en menesteres de reproducción y totalmente fuera del control humano, como sucedía en Sobrenatural (The Mist, 2007) dirigida por Frank Darabont y cargada de mala leche. Ahora le tocó a San Francisco ser el ring de la destructiva pelea a múltiples caídas.

El director Gareth Edwards, como demostró en su anterior film, tiene sensibilidad para tratar con monstruos y con las emociones humanas, además de saberse apoyar en un score que pisa fuerte como el de Alexander Desplat. Godzilla no aparece de inmediato, siguiendo el ejemplo de Alien (Scott, 1979) y varias de las tomas están pasadas por un humo intrigante, como si se tratara de una especie de acto de magia en el que de alguna manera creemos, gracias al elusivo juego de cámaras y a la notable construcción de escenarios: incluso hay cierto aliento poético en ese lanzamiento en paracaídas con fondo musical de Ligeti, envuelto en texturas rojas que acompañan a la última esperanza de un género que se niega a quedarse sumergido en el mar o atrapado en alguna otra dimensión interestelar.

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