Sonido & Visión

Perdedores triunfantes

Personajes de la vida real o de ficción que transitan entre alcanzar sus sueños y poner los pies en una tierra llena de obstáculos, empezando por ellos mismos. Rozan el alcance de sus expectativas, quizá no a través de las mejores estrategias, en tanto el curso de los acontecimientos va ubicándolos y, en cierto sentido, orientándolos en cuanto al planteamiento de sus pretensiones, tampoco demasiado precisas.

Rompiendo el hielo (o la pierna)

A partir de una ingeniosa estructura de falso documental, aderezada con la ruptura de la cuarta pared y una narrativa directa, el realizador Craig Gillespie (Noche de miedo, 2011; Un golpe de talento, 2014; Horas contadas, 2016) entrega Yo, Tonya (EU, 2017), recuperando la tragicómica historia de una patinadora en los noventa de formas bruscas con notables habilidades para deslizarse y hacer suertes en la pista (Triple Axel incluido), que se vio envuelta en una agresión a su competidora, si bien en el filme se plantea que el responsable al final del día fue el locuaz amigo del violento marido (Sebastian Stan), contratando a un par de tipos para que la lastimaran y no pudiera asistir a los juegos olímpicos y, en su lugar, asistiera la susodicha.

Producida y estelarizada por Margot Robbie, asumiendo su papel más complejo a la fecha y del que salió muy bien librada, gracias también al contrapunto de la divertida actuación de Allison Janney como la madre arpía, la cinta traza al personaje con dejos de drama y humor desde una niñez marcada por el abandono del padre y una sobre exigencia de la madre chantajista y violenta, hasta una adultez ya como boxeadora y mamá, pasando por la juventud marcada por un matrimonio lleno de agresiones y una intermitente carrera deportiva. Una mujer del pueblo que coqueteó con las élites deportivas, entrando a un mundo que le era ajeno salvo por lo importante: patinar, aunque sea a ritmo de rock.

Lo demás del universo de Tonya Harding no correspondía a la gracilidad esperada por jueces y público en el ambiente del patinaje artístico: origen socio-familiar, forma de vestirse con propia confección; maquillaje rallando en lo grotesco; sonrisas fingidas que llamaban más bien a la tristeza y, sobre todo, responder a un estereotipo que se esperaba distinguido y elegante. Nada de eso y nunca asumirse como víctima, ni de la madre explotadora, ni del marido golpeador, ni de la organización del patinaje que siempre la vio con recelo y por debajo del hombro. Una historia de la vida real que encuentra en la pantalla un referente construido desde la apertura de puntos de vista.

La mejor-peor película

Dirigida e interpretada por James Franco, The Disaster Artist: Obra maestra (EU, 2017) sigue las peripecias de Tommy Wiseau, extraño sujeto adinerado que suponía saber actuar y realizar películas, para desarrollar el proyecto fílmico conocido como The Room (2003), en compañía de Greg Sestero, otro aspirante a la actuación, que provocó dentro de su estructura supuestamente dramática una buena corriente de humor involuntario en su estreno y se volvió, de tan mala, en una película de culto, alcanzando entre ciertos círculos el estatus de la peor cinta de la historia, cual contraparte de El ciudadano Kane (Welles, 1941).

La puntual recreación que consigue la dirección de Franco (acaso un poco identificado con el ego del personaje representado) y el elenco que lo acompaña, nos sumerge en la tensión que genera la necedad del proceso creativo como una forma de mantenerse ajeno a la idea de vivir con el fracaso: el problema no es el propio talento, sino la incomprensión de un mundo que no está listo para un artista de esta magnitud. Y es que la historia del arte está llena de estos casos, pero también de quienes en efecto carecían de esos atributos necesarios para la creación trascendente, esa que va más allá de aduladores, cuates y críticos de ocasión.

Un oso en Londres

Un oso que es Chaplin y personaje tanto de los cuentos ingleses que mezclan animales con humanos, como acaso de alguna película perdida de Wes Anderson. Dirigida y escrita por Paul King junto con Simon Farnaby y basada en el personaje creado por Michael Bond, Paddington 2 (RU-EU-Francia, 2017) es una delicia de película que muestra cómo una secuela asentada en el complejo género del cine familiar puede ser inteligente, divertida, cautivadora y de lucidora producción tanto para abuelos, papás, hijos y hasta tíos que se sumen al plan.

Con música fluctuante de Dario Marianelli y actuaciones siempre bienvenidas de Sally Hawkins, Hugh Bonneville, Hugh Grant, Jim Bradbent, Brenden Gleeson, Julie Walters y varios notables más, seguimos las aventuras de este plantígrado tratando de adaptarse a la sociedad británica –ahora en pleno Brexit aislacionaista–, mientras descubre un libro que se vuelve el objeto de la codicia y detona toda una serie de entretenidas peripecias que van de la cárcel a la selva y de ahí al barrio donde se dirimen diferencias entre la aceptación de los diferentes o la resistencia frente al cambio inminente de un mundo global.

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