Sonido & Visión

Los discos del 2016 (II)

Continuamos el recorrido por los discos del 2016

Mujeres: la fuerza de la pasión

Angel Olsen entregó My Woman, álbum salpicado de poética para el cambio y la confirmación afectiva: quizá el disco femenino del año. Por ahí estuvieron la noruega Jenny Hval con el recóndito Blood Bitch, cargado de hemoglobina en todas sus formas; la danesa Agnes Obel con Citizen of Glass, entre arreglos espectrales que se manifiestan sin restricciones; las estadunidenses Julianna Barwick con el explorador Will, cual viaje por terrenos de riesgo contenido, y Marissa Nadler con Strangers, sostenido por cuerdas que se develan en intensidades varias para acompañar a los desconocidos que desfilan en las canciones de un oscurecido trasfondo folk.

Ya con la experiencia incorporada para los largos trayectos, Lucinda Williams siguió recorriendo las rutas del country en The Ghosts of Highway 20, buscando espíritus deambuladores por la pradera americana. PJ Harvey vuelve a ser más directa, en letras y estructura instrumental, con el orgánico The Hope Six Demolition Project. Una de las reuniones más afortunadas del año fue la de Case/Lang/Viers en plena una suma de talentos en los terrenos del country y del folk y cuyo fruto, nombrado Case/Lang/Viers resultó ser de los más apetecibles del año.

Bajo el nombre de Weyes Blood, Natalie Mering compuso su opus 2 Front Row Seatto Earth, folk con relleno psicodélico en clave de poesía. TEEN es un cuarteto femenino de Brooklyn que gusta de la alquimia, como se advierte en Love Yes, su cuarto disco en el que combinan con destreza pociones de pop experimental, R&B y otra parte de synthrock. Desde Suecia, Sarah Assbring, mejor conocida como El perro del mar, mantuvo sensibilidad a tope sin perder versatilidad con KoKoro.

Springtime Carnivore grabó su segunda obra, siguiendo la línea de su pop aprehensible bajo el nombre de Midnight Room; por su parte Ingrid Michaelson propuso It Doesn’t Have to Make Sense, su séptima obra en la que apuesta por el instinto entre vocalizaciones prístinas.Eleanor Friedberger lanzó French Kiss con un sabor retro identificado por su particular voz, al tiempo que la galesa Cate Le Bon hacía lo propio con el versátil Crab Day, etéreo, juguetón y afianzado por partes iguales, y Regina Spektor, la cantautora de origen moscovita, proponía Remember Us to Life, buscando a partir del piano la orquestación teatral.

El ambicioso pop de Tanya Tagaq quedó impreso agradecidamente en Retribution y Virginia Wing presentó Forward Constant Motion, explorando las posibilidades del sonido tecno para expandir estructuras pop, mientras que Roísín Murphy propuso Take Her Up To Monto, con la sofisticación del caso.Bat for Lashes, proyecto de la cantante Natasha Khan, plantea en clave electropop una historia sobre el amor y la pérdida en The Bride, al tiempo que Savages conservaron energía rebelde en Adore Life y Kaitlin Aurelia Smith aprovechó su destreza en los sintetizadores para obsequiar el reluciente Ears.

Nacida en Japón y asentada en Brooklyn, la cantautora Mitsky concibió el personalísimo Puberty 2, mientras que Frankie Cosmos confeccionó como artesanía su segunda obra en baja fidelidad, titulada elocuentemente The Next Thing. Estuvieron presentes también Jessy Lanza y su synthpop para expresar, como el título del disco, un Oh No de grata sorpresa y optimismo, y Emma Pollock, quien formaba parte de The Delgados, se aventuró en solitario y ahora compuso su tercer disco con título acorde: In Search of Harperfield es enigmático en su delicadeza y hermoso en sus explosiones.

Jenn Wasner, la mitad de Wye Oak, presentó If You See Me, Say Yes bajo el nombre de Flock of Dimes, explorando un sonido más onírico e inasible: un año muy prolífico para la de Baltimore considerando que también integró con su dueto el álbum Tween, dando cabida a algunas piezas sueltas de los años anteriores. Britta Phillips (Utrababyfat, Luna, Dean & Britta) juega en solitario con Luckor Magic, encontrando ambas tanto en los covers con acento distintivo como en las canciones de propia autoría.

También fue el año para las hermanas Knowles: Beyoncé con Lemonade, testimonio de relaciones complicadas, infidelidad de por medio, y Solange, después de ocho años, con su invitación sin dobleces en formato funk, soul, pop y R&B vía Seat at the Table. La otra diva del mainstream, Rihanna, no se quedó atrás gracias al notable Anti, desplegado a partir de arreglos más naturales y dejando que la vocal despliegue su potencial. Corinne Bailey Rae sentenció por dónde y cómo se deben mandar los mensajes en The Heart Speaks in Whispers, y si es en formato de soul con arreglos ligeramente funk, mejor.

Kate Tempest propuso Let Them Eat Chaos, poesía en clave hipopera y con influjos jazzísticos, mientras que Esperanza Spalding entregó el notable Emily’s D+Evolution también atravesado por la síncopa, que bien podría complementarse con AIM, el quinto disco de M. I. A. en el que suena convencida, integrando otra vez los sonidos de Sri Lanka con un Londres urbano hasta la médula. Y si de productivas mezclas se trata, ahí está el 99¢, toda una fiesta envuelta en celofán cortesía de Santigold.

Negritudes

Frank Ocean volvió a poner el listón muy alto en la deconstrucción del R&B con Blonde; Michael Kiwanuka entregó corazón, voz y alma en el aireado Love & Hate; Maxwell siguió muy reluciente en black SUMMERS’ nighty enclavado en un R&B de vanguardia, Blood Orange nos obsequió Freetown Sound. También Anderson. Paak y su soul innovador con tintes raperos alcanzaron cuotas elevadas en Malibu, producido con detalle extremo. Detrás de la máscara de megalomanía, Kanye West continúa entregando buenos discos, como Life of Pablo, en el que articula una intención de llevar el hip-hop a otras encrucijadas con el sonido del maintream.

El dueto Run the Jewels, formado por El-P y Killer Mike, mostró que terceras partes pueden ser buenas y entregó, sin dar tregua como acostumbra, una sorpresa navideña titulada simplemente Run the Jewels 3. Danny Brown siguió buscando el tono vanguardista con el complejo y fascinante Atrocity Exhibition, mientras que Common respondió al difícil momento político de su país –y del mundo- con Black America Again. En este sentido, YG hizo crítica en Still Brazy con todo y un declarado antitrumpismo, por desgracia no bien escuchado.

Skepta realizó su mejor obra al momento con Konnichiwa, salpicando grime y rimas punzocortantes, en tanto Young Thug, cual diseño alternativo de moda, confeccionó JEFFERY, con algunos acentos dub y reggae, ampliando el arco estilístico tanto sonoro como de vestuario. Aesop Rock produjo The Impossible Kid soltando abstracciones a diestra y siniestra sin dejar descansar el beat y el canadiense Drake presentó el ecléctico Views, ya en su reconocido papel mediático.

Chance The Rapper sacó la paleta para escaparse del maniqueo blanco y negro con Coloring Book, un clásico instantáneo del género. Después de su obra consagratoria del año pasado, Kendrick Lamar no se quedó disfrutando las mieles y desprendió untitledunmastered, breve y confirmatorio. Un afrojazz roquerón fue el que nos entregó Melt Yourself Down con el admonitorio Last Eveningson Earth.

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