Sonido & Visión

La familia, como círculo sin cerrar

El tema de la pérdida de un hijo, tan contrario a los procesos naturales de vida y por ende tan desestructurante, ha sido objeto de diversas películas que pusieron el énfasis en distintas situaciones presentes en esta tragedia: el proceso de la enfermedad, la atención médica y los tratamientos elegidos, las causas del fallecimiento y la forma de enfrentar la desgracia por parte del vástago y los padres, así como por las personas afectivamente involucradas.

Lars Von Trier proponía en Anticristo (2009) un viaje lleno de dolor en el que el mal se va apoderando de la pareja en desgracia y cargada de culpa por la muerte de su pequeño, justo en una especie de contaminado y boscoso jardín del edén. En contraste, la directora Valérie Donzelli propuso en Declaración de guerra (2011), con tintes autobiográficos, la dedicación de una joven pareja para salvar a su bebé del tumor cerebral detectado.

Si seguimos el enfoque sistémico para entender la conformación familiar, sabemos que el cambio de uno de sus miembros afecta y modifica al resto, trastocando todo el funcionamiento del sistema y las formas de relación entre las partes: el enclave familiar puede adaptarse a la nueva situación y continuar, o bien romperse en definitiva dada su imposibilidad para asumir las nuevas condiciones, usualmente llenas de dolor y desasosiego. La primera película en la cartelera de nuestra ciudad, una grata sorpresa, y las otras dos disponibles en video.

El círculo roto

Didier es un músico de bluegrass admirador de Bill Monroe (Johan Heldenbergh, quien coescribió la obra en la que se basa el filme) y Elise una creativa y luminosa tatuadora (Veerle Baetens): se conocen, se enamoran y empiezan a vivir juntos en un ambiente rural, cercano a una pequeña ciudad en la región de Flandes; ella se suma al conjunto de cuerdas como vocalista y ahora parecen compartirlo todo. El asunto parece idílico incluso después del inesperado arribo de una simpática hija, al principio creando desazón en él pero al final llenando la casa de vida, como suele suceder con los niños. El círculo parece perfecto.

Pero ante la enfermedad de la pequeña Maybelle (notable Nell Catrysse), el círculo empieza a mostrar sus fisuras. El doloroso proceso del tratamiento del cáncer y el mantenimiento de un espíritu esperanzador por parte de la familia se presentan con sensibilidad y con el suficiente realismo para involucrar al espectador en el duro trance que viven los padres y la niña, apoyados siempre por los músicos con quienes no solo comparten el escenario, sino también las vicisitudes de la cotidianidad.

Todo empieza a volverse triste: las canciones antes celebratorias, las animadas conversaciones, los encuentros sexuales, los momentos en la cocina… se acentúan las diferencias ideológicas y religiosas, salen a la luz los rencores, se buscan culpabilidades en la pareja y en quien se ponga enfrente: ahí está el veto de George Bush a la investigación con células madre y la arenga evolucionista a medio concierto, soltando los dardos contra la idea del dios vengativo, sádico y violento. Estados Unidos es objeto de odio y admiración al mismo tiempo: vibrante cultura popular y gobierno retrógrado de los primeros años del siglo XXI.

Dirigida y adaptada con punzante estilo visual a la pantalla por Felix van Groening en (Steve &Sky, 2004; La vitalidad de los afectos, 2009), El círculo roto (The Broken Circle Breakdown, Países Bajos-Bélgica, 2012) se estructura a partir del uso de la prolepsis (plantear primero el futuro, rompiendo la secuencia temporal), en una lógica de circularidad dramática donde las consecuencias y las causas se convierten en parte de un mismo ciclo. La dislocación entre imagen y sonido y los desplazamientos de la cámara acompañados de las contagiantes canciones, consiguen crear un interesante contraste con el drama que inunda buena parte de la historia.

Mejor ahora llamarse Alabama, como para reinventar la dura realidad, o proteger a las aves de su incapacidad para aprender a evitar chocar contra el cristal, aunque sea con soluciones temporales; voltear a ver las estrellas para ubicar al pájaro muerto y encender una vela en el altar de sincretismo religioso. Los tatuajes pueden cambiarse o taparse, pero hay dolores que se quedan insertos para siempre en la piel.

El círculo por cerrar

Adaptada de la novela Abaire de David Lindsay (Pulitzer en drama) y dirigida por John Cameron Mitchell en cambio radical de registro después de Shortbus (2006), Al otro lado del corazón (Rabbit Hole, EU, 2010) sigue a un matrimonio que pierde a su hijo de cuatro años, el proceso de duelo y los intentos de cura, cada uno por su cuenta y separándose paulatinamente: ella se encuentra con el adolescente que provocó el adolescente fatal y él recurre a la evasión vía el pasado o el encuentro con otras personas.

Aaron Ekharty Nicole Kidman, también productora, encuentran buen soporte actoral en Dianne Wiest Miles Teller, Tammy Blanchard, Giancarlo Esposito y Sandra Oh, quienes le brindan emotividad al relato. Después de la distancia, queda el encuadre silencioso que anuncia un pequeño resquicio de esperanza para salir de un hoyo que se ha convertido en guarida y obstáculo a la vez.

Por su parte, No pudo decir adiós (The Greatest, EU, 09) de Shana Feste coloca a un matrimonio maduro (Susan Sarandon y Pierce Brosnan) en la situación de aceptar la presencia de la solitaria novia (Carey Mulligan) de su hijo recién fallecido, mientras que el hermano lucha con sus propios demonios y la consecuente desatención (Johnny Simmons). El filme despliega una primera parte de solidez dramática que flaquea hacia el desenlace, no obstante consigue presentar una radiografía cercana de una familia en pleno proceso de recomposición.

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