Sonido & Visión

Las estrellas miran hacia arriba

Los hombres en algún momento son dueños de su destino:

La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas,

Sino en nosotros mismos, que somos subalternos

(William Shakespeare,

La tragedia de Julio César, 1599 aprox.)

 

Los prejuicios pueden acercarte o alejarte de la oportunidad de conocer, comprender y disfrutar de los fenómenos que nos circundan. En el caso de una película, ahora que se cuenta con tanta información entre opiniones de a pie, críticas fílmicas, páginas con todo tipo de puntajes y campañas publicitarias, resulta relativamente fácil dejarse llevar por este mar de comentarios o bien por los propios supuestos concebidos a lo largo de la vida: que si es de tal director, debe ser buena; si sale X actor seguro es pésima; si es hollywoodense va ser lo mismo de siempre; si es europea voy a ver pura pretensión pseudointelectual; si es asiática va a estar aburridísima o va a ser una deslumbrante obra maestra, aunque no le entienda nada.

El asunto viene a cuento porque puse a prueba mis propios prejuicios: una película basada en un libro súper ventas no puede ser buena; si el tema está dirigido a un público treinta años menor que yo, a mí no me interesa, porque se supone que soy un adulto ya pasé por ésas; si es sobre un romance juvenil con fuerte carga lacrimógena, enfermedad terminal de por medio, entonces debe ser una historia manipuladora que solo te quiere arrancar lágrimas, aunque sean de cocodrilo; si la protagonista está de moda por participar en alguna trilogía futurista de carácter distópico, debe ser todo muy prefabricado; si aparece un par de actores de renombre, entonces solo es para darle imagen de solidez al casting; si el soundtrack se integra por canciones de un pop sensible, seguro las van a usar para darle emoción a algunas secuencias que por sí mismas no la tienen. Y así.

En el caso de Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, EU, 2014) la mayor parte de estas ideas preconcebidas acabaron siendo equivocadas. No es ninguna obra maestra pero se trata de una película genuinamente emotiva, que sabe combinar rasgos de humor, romance y drama en dosis adecuadas para construir una relación humana cercana y realista, de tal manera que te va importando lo que les sucede a estos dos jóvenes con los días contados y al amigo en proceso de quedarse ciego (Nat Wolff), sin sentir lástima por ninguno de ellos: padecen algún tipo de cáncer que los afecta de diferente forma, tanto física como anímicamente.

Con algunos apuntes en off por parte de la protagonista, que nos advierte desde el inicio que no todo es felicidad y que solo tener una hija con cáncer es peor que padecerlo, el guion escrito por la dupla Neustadter / Webber (Aquí y ahora, 2013; 500 días sin ella, 2009) sigue muy de cerca a su par literario escrito por John Green y publicado en el 2012, modificando pequeños detalles pero conservando la esencia que tanto encandiló a jóvenes de todo el mundo, en particular por la facilidad para la identificación con la pareja, más allá de su condición de salud.

Diversas cintas han retomado la situación de los enfermos terminales y la forma en la que viven sus últimos días en cuanto a sus relaciones románticas, pero la virtud de esta cintadirigida por Josh Boone (Un lugar para el amor, 2012), consiste en trascender este contexto dramático y conectar afectivamente con jóvenes que no se encuentran en esa difícil circunstancia, pero que sí experimentan los sinsabores de las relaciones románticas en sus etapas iniciales.

Las interpretaciones de Shailene Woodley y Ansel Elgortson convincentes y en todo momento consiguen transmitir la sensación de que en realidad se están enamorando (química, le llaman): ella, inteligentemente pesimista, y él, efusivamente contagiante, con tiempo para el humor negro y para apoyarse mutuamente en los momentos difíciles, cada vez más frecuentes. Pero el tono propuesto tiende más al optimismo y a rescatar el efímero disfrute de la vida, inlcuyendo los pequeños placeres que ayudan a sobrellevar las grandes tribulaciones e incluso a darles cierto sentido.

La posibilidad de conocer al admirado escritor (Willem Defoe, en perfecto plan antipáticamente desquiciado cargado de dolor, escuchando rap sueco) en una Ámsterdam muy bien retratada para promocional turístico, se convierte en uno de esos motivos que tanto se necesitan en la vida para seguir adelante, a pesar de las evidentes adversidades: si el objetivo alcanzado decepciona, se descubre que lo importante estuvo en el proceso, como le sucedió a Ana Frank. Un cigarro se convierte en un arma que tú controlas y una palabra compartida se transforma en símbolo de un vínculo amoroso que aunque se crea para siempre, está sujeto a los avatares de las emociones trastocadas.

El contexto social es más o menos idílico y acaso poco realista: clases acomodadas viviendo en un suburbio de una ciudad funcional; padres al pendiente de los jóvenes (Laura Dern con creíble y permanente rictus de angustia), buscando lo mejor para ellos e incluso planeando el futuro ya sin la hija; alternativas médicas a la mano (no hay problema con las dificultades del obamacare) y de soporte psicológico o religioso al alcance de la mano, con grupos de ayuda que se reúnen sobre el corazón de Jesús bordado en un tapete.

La inferioridad ante las estrellas queda compensada gracias a la posibilidad de llegar a ellas con una historia de amor para ser compartida.

 

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