Sonido & Visión

Lo esencial es invisible para los ojos


Porque solamente se puede ver bien con el corazón, que además tiene razones que la razón desconoce, como bien señaló Pascal. Parece ser que uno de los problemas de convertirse en adulto es abandonar gradualmente la posibilidad de mirar más allá de lo inmediato y dejarse atrapar por rutinas sin sentido, difícilmente identificables cuando nos encontramos dentro de ellas: el espejismo es que son necesarias para alcanzar la felicidad, confundida con la sed de poder, fama o posesión de cosas únicamente para contarlas una y otra vez.

Con el sello característico de los clásicos de la literatura, la fuerza y enigma de El principito (1943), novela breve escrita por Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 1900 – Isla de Riou, 1944), también periodista y piloto desaparecido en el contexto de la II Guerra Mundial, sigue nutriéndose y su vigencia se acrecienta conforme transcurre el tiempo, en particular por el tratamiento que despliega sobre una temática eterna: el significado de la niñez y su relación con la configuración de la adultez, desde una perspectiva humanista.

El aliento poético y metafórico de su propuesta, centrada en revalorar los valores de la infancia como la inocencia sensible y la disposición para crear lazos afectivos, continúa provocándonos reflexiones acerca del sentido y el significado de las acciones que definen nuestra cotidianidad y, como en Momo de Michael Ende, el uso que le damos al tiempo, en cuanto a su cualidad para hacernos transcurrir y trascender como personas en formación, acaso para alcanzar las estrellas y aspirar a sonreír desde allá arriba.

Ideal para producir adaptaciones para diversos medios como el teatro y la televisión –ahí está la serie animada de 1978 y una obra que tuvo cuatro representaciones hace muchos años- la historia de este pequeño viajero con la capacidad de búsqueda y admiración intactas fue llevada a la gran pantalla por Stanley Donen en clave musical bajo el título de El pequeño príncipe (1974), mientras que WillVinton realizó un corto animado producido en 1979, donde se advierte un antecedente estético para El principito (Francia, 2015), filme dirigido por Mark Osborne (Kung Fu Panda, 2008) con guion interpretativo de IrenaBrignull (Boxtrolls, 2014)y Bob Persichetti, especialista en el departamento de la animación.

TE HACES RESPONSABLE DE AQUELLO QUE HAS CULTIVADO

El argumento propone un triple relato, acompañado de una música discreta que pro momentos se dinamiza: primero sobre una madre obsesiva con la eficiencia (Rachel McAdams) cuya vida transcurre entre el trabajo y el control sobre su hija (Mackenzie Foy), en un mundo que valora la homogeneización por sobre todas las cosas, más bien de aspecto grisáceo, cuadrado y aparentemente ordenado cual vehículo para la felicidad, donde el ingreso a la institución escolar de prestigio, vía respuestas prefabricadas, se convierte en finalidad más que en medio.

Cuando la niña entra en contacto con un idealista anciano que vive en la casa de junto, todavía con el avión en el jardín (Jeff Bridges/André Dussollier), empezará a conocer la historia de un pequeño príncipe en pleno proceso heurístico (RileyOsborne) que traba amistad con un piloto perdido en el desierto, justo donde se encuentra a sí mismo. Un cordero dibujado adentro de una caja será el detonador del vínculo entre el aventurero extraviado y el pequeño niño que vive en el asteroide B-612, acompañado por una flor (Marion Cotillard), tres volcanes cual deberes y unos latosos baobabs, árboles que crecen como los problemas si no los cortamos de raíz, despacio pero firmes.

Éste es el segundo relato centrado en la obra literaria de referencia y en donde se echan de menos algunos personajes como el bebedor que busca el olvido de su propia condición; el farolero, encendiendo y apagando por consigna sin espacio para la reflexión; el guardagujas, viendo cómo van y vienen personas para no-estar; el geógrafoescritor con el espíritu explorador inerme y el vendedor de la simbólica píldora contra la sed, hecha para ahorrar el tiempo que implica buscar y tomar agua.

Un tercer relato busca integrar los dos previos, a través de un viaje de la protagonista a un mundo en el que se presentan los personajes en un futuro próximo, habitando una ciudad mecanizada en la que no existen los niños y el sentido de la vida está puesta en trabajar sin preguntarse, justamente, para qué se desarrollan las labores más allá de permanecer en el puesto. Aquí nos encontramos con el rey elevadorista siguiendo órdenes (Bud Cort); el vanidoso policía (Ricky Gervais) más interesado en el aplauso que en la seguridad; el empresario cual dueño de todo (Albert Brooks/VincentLindon) y un joven que solo busca no descuidar su labor (Paul Rudd).

Estas tres vertientes se distinguen también por el estilo de animación que fluye gracias a la ingeniosa edición: mientras que la historia de la niña y su madre recurre a imágenes convencionales dentro de los estándares de los filmes actuales del género, la narración del pequeño príncipe retoma los clásicos dibujos de su par literario y les confiere una elusiva textura que pareciera de papel y madera, como hecho a mano; la integración de ambos combina la estética de la primera con las formas de la segunda, como trasladando a los personajes a un mundo "real". La intensidad de los colores resulta también contrastante, como el interior de la casa del viejo y de la niña.

DOMESTÍCAME PARA CREAR LAZOS

En un sentido contrario del concepto de domesticación que plantean las posturas de la pedagogía crítica, para el contexto de la relación que el Principito establece con el zorro (James Franco/VincentCassel), la poderosa y enigmática serpiente (Benicio del Toro)y con la distintiva flor, significa la posibilidad de construir afectos y de hacerse responsable por el otro, dedicándole el tiempo necesario: la saturación de ocupaciones, a veces sin sentido ni rumbo, cancela la oportunidad para establecer vínculos más sólidos, profundos y de largo alcance, más allá de las coyunturas que se imponen ante determinadas situaciones.

La pequeña niña va experimentando esta relación con el viejo piloto y, de alguna manera, intenta hacérsela ver a su propia madre, inmersa en visualizar un futuro sin cimentar un presente infantil, que sirva de base para la conformación de un adulto integrado asumiendo responsabilidades y consecuencias de sus actos, aunque capaz de seguir siendo niño en cuanto a mantener la actitud lúdica y a conservar la permanente disposición para admirarse del mundo y continuar transformándose: no dejar de aprender nunca.

Quizá cuando nos encontremos ante un paisaje árido y en completa soledad, sin demasiada esperanza para salir de ahí, puede aparecerse un pequeño niño de rubio cabello desmarañado y con una capa fuera de contexto, sostenido por una espada y calzando unas botas desproporcionadas: vale la pena ir practicando el trazo de un cordero o al menos de una caja, sobre todo si cuando dibujamos una boa digiriendo un elefante, todos creían que se trataba de un sombrero. Podemos transparentar nuestras imágenes para poder comunicarnos con el único habitante de un asteroide lejano.

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