Sonido & Visión

Clausura 2017: la final

El título ganado por el Guadalajara tiene diversos significados. Algunos de ellos: el futbol vuelve a demostrarnos que no hay rival infalible y que la posibilidad de sorpresa sigue siendo un ingrediente esencial del juego (se comentaba equivocadamente que los Tigres parecían de otra liga y algunas exageraciones más); los jugadores mexicanos que cuentan con un técnico que trabaja en su conjunción y autoestima, saben entregarse y rendir frutos; cuando una directiva errática por fin se convence que hay que darle tiempo a un proyecto, los resultados van a llegar tarde o temprano, ya sea en forma de títulos, buen juego, producción de jugadores o todo a la vez; la combinación de elementos experimentados y jóvenes talentosos suele motivar a los primeros y fortalecer a los segundos, potenciando en ambos casos sus capacidades.

Manejar la frustración

Te presentas como víctima propiciatoria a pesar de haber hecho un mejor torneo. En la liguilla no has logrado superar a tus rivales en el marcador global y te enfrentas al favorito, campeón vigente. Saltas al campo en calidad de visitante y contra todo presagio, empiezas a dominar territorio ajeno. Pasan los minutos y te muestras cada vez más asentado, neutralizando a un rival que se nota extraviado, invadido por ese exceso de confianza que termina por voltearse en su contra, impidiendo una pronta reacción aun cuando toma conciencia de su indolencia.

Consigues reflejar en el marcador la superioridad mostrada y no se ve la manera de cómo puedas perder la ventaja, sobre todo porque durante buena parte del segundo medio sigues con el control de las acciones, es decir, no fructificaron las indicaciones del técnico de enfrente dictadas en el entretiempo. Y tú no bajas la guardia ni te sientes ganador; al contrario, mantienes una idea de juego que sabes ha rendido buenos dividendos. Pero hacia el final te empiezas a descomponer un poco y el cuadro local muestra una ligera reacción.

Antes de que te des cuenta, su mejor jugador ya anotó los dos goles necesarios para empatar el partido: un resultado que hubieras firmado al principio pero que, dado el desarrollo de las acciones, termina sabiéndote casi a derrota. Cómo interpretas que fuiste mejor el 90% del tiempo y no lograste ganar; de qué manera manejar la frustración cuando el esfuerzo brindado no se corresponde con el resultado final. Y en contraparte, cómo no caer en el error de que lograste empatar por el compromiso y la insistencia a lo largo del partido, sino por dos hábiles estocadas.

Con gol cargado de simbolismo por su conflictivo pasado con los Tigres, Pulido puso en ventaja a su equipo al ‘23 y Pizarro remató veinte minutos después, aprovechando sendos rebotes del usualmente eficaz arquero, para cerrar un primer tiempo de antología por parte de la visita, ante la incredulidad de propios y extraños: un claro dominio de las Chivas justo cuando menos se esperaba y más se necesitaba, brindando sus mejores 45 minutos en mucho tiempo, precisamente en un momento crucial.

En cuanto a los cambios mandados por los técnicos durante la segunda parte, quedó claro que la entrada de Damm funcionó mucho mejor que la de Ponce. Las costuras se empezaban a hacer más evidentes hacia los diez minutos finales y Gignac se encargó de emparejar el marcador con dos tantos en la agonía del tiempo para dejar la decisión definitiva en la vuelta. Un empate potencialmente engañoso para ambos equipos y que dejaba mucho material para el análisis y la reflexión de cara al momento definitorio.

Aprender la lección

El juego de vuelta empezó con unos Tigres más conectados en el juego pero sin demasiada profundidad; las Chivas, en tanto, trataban de tener la pelota y controlar tiempos y movimientos, tal como lo hicieron en el encuentro anterior. No sucedía mucho cuando un servicio de 25 metros cayó al pie de Pulido y de éste a las redes, sin mediar control alguno: un gol digno del contexto en el que fue anotado. Lejos de reaccionar como se esperaría, los visitantes no dieron muestra de clara recuperación, justo como en el partido previo, sino que siguieron como si estuvieran en un partido cualquiera.

Algunos ajustes para la segunda parte y otra vez una cierta tibieza por parte los neoleoneses, de los que se esperaría una mayor intensidad: algún mano a mano frente al portero y no mucho más. En tanto, las Chivas trataban de mostrar que habían aprendido de la experiencia reciente y no se confiaban, sobre todo cuando cayó el segundo tanto en un desvío a tiro de Vázquez, quien resultó ser un jugador gravitacional en la media cancha. La situación se repetía y el fantasma para uno y la esperanza para el otro se apareció con el gol de Sosa cerca del final del juego.

Sin merecerlo, una vez más los Tigres estaban cerca de empatar y mandar la definición a la prórroga. Una falta dentro del área a favor de los visitantes que no marcó el árbitro fue la última oportunidad para continuar con esta extraña sensación de déjà vu. Pero no. El Guadalajara aprendió un poco la lección, lo suficiente, como para que no le volviera a caer encima el empate al filo. El equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León no puso atención a la clase magistral y, aunque salió con diferente alineación, mostró una actitud similar a la que vimos en su casa. Una vez se puede reponer pero dos ya es mucho pedir.

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Twitter: @cuecaz

El título ganado por el Guadalajara tiene diversos significados. Algunos de ellos: el futbol vuelve a demostrarnos que no hay rival infalible y que la posibilidad de sorpresa sigue siendo un ingrediente esencial del juego (se comentaba equivocadamente que los Tigres parecían de otra liga y algunas exageraciones más); los jugadores mexicanos que cuentan con un técnico que trabaja en su conjunción y autoestima, saben entregarse y rendir frutos; cuando una directiva errática por fin se convence que hay que darle tiempo a un proyecto, los resultados van a llegar tarde o temprano, ya sea en forma de títulos, buen juego, producción de jugadores o todo a la vez; la combinación de elementos experimentados y jóvenes talentosos suele motivar a los primeros y fortalecer a los segundos, potenciando en ambos casos sus capacidades.
Manejar la frustración
Te presentas como víctima propiciatoria a pesar de haber hecho un mejor torneo. En la liguilla no has logrado superar a tus rivales en el marcador global y te enfrentas al favorito, campeón vigente. Saltas al campo en calidad de visitante y contra todo presagio, empiezas a dominar territorio ajeno. Pasan los minutos y te muestras cada vez más asentado, neutralizando a un rival que se nota extraviado, invadido por ese exceso de confianza que termina por voltearse en su contra, impidiendo una pronta reacción aun cuando toma conciencia de su indolencia.
Consigues reflejar en el marcador la superioridad mostrada y no se ve la manera de cómo puedas perder la ventaja, sobre todo porque durante buena parte del segundo medio sigues con el control de las acciones, es decir, no fructificaron las indicaciones del técnico de enfrente dictadas en el entretiempo. Y tú no bajas la guardia ni te sientes ganador; al contrario, mantienes una idea de juego que sabes ha rendido buenos dividendos. Pero hacia el final te empiezas a descomponer un poco y el cuadro local muestra una ligera reacción.
Antes de que te des cuenta, su mejor jugador ya anotó los dos goles necesarios para empatar el partido: un resultado que hubieras firmado al principio pero que, dado el desarrollo de las acciones, termina sabiéndote casi a derrota. Cómo interpretas que fuiste mejor el 90% del tiempo y no lograste ganar; de qué manera manejar la frustración cuando el esfuerzo brindado no se corresponde con el resultado final. Y en contraparte, cómo no caer en el error de que lograste empatar por el compromiso y la insistencia a lo largo del partido, sino por dos hábiles estocadas.
Con gol cargado de simbolismo por su conflictivo pasado con los Tigres, Pulido puso en ventaja a su equipo al ‘23 y Pizarro remató veinte minutos después, aprovechando sendos rebotes del usualmente eficaz arquero, para cerrar un primer tiempo de antología por parte de la visita, ante la incredulidad de propios y extraños: un claro dominio de las Chivas justo cuando menos se esperaba y más se necesitaba, brindando sus mejores 45 minutos en mucho tiempo, precisamente en un momento crucial.
En cuanto a los cambios mandados por los técnicos durante la segunda parte, quedó claro que la entrada de Damm funcionó mucho mejor que la de Ponce. Las costuras se empezaban a hacer más evidentes hacia los diez minutos finales y Gignac se encargó de emparejar el marcador con dos tantos en la agonía del tiempo para dejar la decisión definitiva en la vuelta. Un empate potencialmente engañoso para ambos equipos y que dejaba mucho material para el análisis y la reflexión de cara al momento definitorio.
Aprender la lección
El juego de vuelta empezó con unos Tigres más conectados en el juego pero sin demasiada profundidad; las Chivas, en tanto, trataban de tener la pelota y controlar tiempos y movimientos, tal como lo hicieron en el encuentro anterior. No sucedía mucho cuando un servicio de 25 metros cayó al pie de Pulido y de éste a las redes, sin mediar control alguno: un gol digno del contexto en el que fue anotado. Lejos de reaccionar como se esperaría, los visitantes no dieron muestra de clara recuperación, justo como en el partido previo, sino que siguieron como si estuvieran en un partido cualquiera.
Algunos ajustes para la segunda parte y otra vez una cierta tibieza por parte los neoleoneses, de los que se esperaría una mayor intensidad: algún mano a mano frente al portero y no mucho más. En tanto, las Chivas trataban de mostrar que habían aprendido de la experiencia reciente y no se confiaban, sobre todo cuando cayó el segundo tanto en un desvío a tiro de Vázquez, quien resultó ser un jugador gravitacional en la media cancha. La situación se repetía y el fantasma para uno y la esperanza para el otro se apareció con el gol de Sosa cerca del final del juego.
Sin merecerlo, una vez más los Tigres estaban cerca de empatar y mandar la definición a la prórroga. Una falta dentro del área a favor de los visitantes que no marcó el árbitro fue la última oportunidad para continuar con esta extraña sensación de déjà vu. Pero no. El Guadalajara aprendió un poco la lección, lo suficiente, como para que no le volviera a caer encima el empate al filo. El equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León no puso atención a la clase magistral y, aunque salió con diferente alineación, mostró una actitud similar a la que vimos en su casa. Una vez se puede reponer pero dos ya es mucho pedir.