Sonido & Visión

Los cincuentones: discos de 1966 (I)

Durante 1966, la música popular continuó expandiendo horizontes y regalando obras esenciales que siguen siendo un referente ineludible para entender y disfrutar el desarrollo de diversos géneros, cada vez más imbricados y produciendo resultados sorprendentes. Empezamos el recorrido-homenaje por los discos que cumplen cincuenta años sin un solo achaque.

Las cumbres

Se trata de tres discos que marcaron para siempre la historia del rock. Aparecen entre los diez mejores álbumes de la historia según las revistas Mojo, Rolling Stones, Uncut, Rockdelux y muchas más. Su trascendencia se palpa en diversas propuestas surgidas apenas ayer y al escucharlos uno entiende el concepto de clásico y, desde luego, el de innovación. Echémosle una oída.

Famosa es la reacción de Mike Love cuando escuchó las canciones en las que Brian Wilson había trabajado: “¿Quién va a escuchar esta basura? ¿Las orejas de un perro?” El título de Pet Sounds estaba dado y guiados por el hermano mayor, The Beach Boys presentaban, ante desconcierto de propios y extraños, su obra maestra que terminó inspirando al Sargento pimienta de The Beatles, después de haber sido influidos, paradójicamente, por el Rubber Soul. De paso, contribuyó a elevar significativamente el nivel de madurez del pop, en tiempos de buenas vibras y cierta autocomplacencia playera.

En colaboración estrecha con Tony Asher, Wilson diseñó complejas estructuras armónicas de alcance sinfónico, sustentadas en instrumentaciones contrastantes y elusivos arreglos vocales que entonaban letras de mayor profundidad, cual emanación de una sensibilidad interior que pedía ser expresada. En efecto, solo Dios sabe cómo se pudo gestar una obra de semejante calibre y trascendencia que dejó mentalmente afectado a su creador, sabedor de que al final había una respuesta acaso en el ladrido conclusivo de la mascota.

Por su parte, The Beatles grabaron Revolver, álbum definitivo en su trayectoria que representó un paso adelante e irreversible desde la portada misma con ese icónico collage en blanco y negro. Destaca la incorporación de ciertas texturas sicodélicas entrelazadas con la genialidad conocida en la creación de canciones atemporales, desde el clasicismo de Eleanor Rigby y Here, There and Everywhere a la experimentación de Tomorrow Never Knows, pasando por una mayor presencia de Harrison en la composición y su influencia de la India. Todas las canciones podrían entrar en cualquier recopilatorio.

Aprovechando al máximo las posibilidades del estudio como laboratorio sonoro, el cuarteto buscaba seguir en movimiento, tanto en la incorporación de nuevos elementos estilísticos para expandir su propuesta, como en el planteamiento de sus letras, ahora abordando temas de una mayor abstracción: el amor ya no es darse la mano, sino adquirir cierto nivel de conciencia. Tanto para la música popular como para ellos mismos, este álbum señaló nuevos caminos a seguir, luminosos algunos de ellos y otros más, saturados de tierra propicia para el conflicto y la ruptura. No podía ser de otra forma.

El premio Nobel de literatura alcanzó una de sus crestas con Blonde on Blonde, plagada de letras poderosas que resaltaban imágenes llenas de metáforas y referencias a la cultura del folk y del blues, además de las consabidas narraciones sobre amores rotos o suspendidos, según el caso. Bob Dylan declaró años después que este álbum doble, primero realizado por un artista del mainstream, fue lo más cerca que ha estado de cristalizar la idea musical que tenía en la cabeza, con una salvaje mezcla de cambios en su estado de ánimo, transitando por la delgada línea del folkrock, el mejor compuesto a la fecha.

Están las canciones que exploran los misterios de la mujer, con todo y sus enigmáticas visiones, y las miradas a una época de convulsas transformaciones en la manera de entender el mundo, las relaciones humanas y el significado de la música popular. Dylan se desmarca del papel que le querían asignar de gurú folk alérgico a la electricidad —o a cualquier cosa que supusiera un cambio— y se enfoca a evolucionar letrística y armónicamente, acaso cerrando un primer capítulo en su largo recorrido, el más brillante de todos que, a la vista de sus obras posteriores, es mucho decir.

El bluesrock llegado de la isla

Cream fue el primer trío grande de la historia del rock y acaso el que inició el concepto de supergrupo: con el inmenso Fresh Cream, destilando compenetración y virtuosismo para la espesura, Bruce, Clapton y Baker iniciaron un camino tan breve como intenso. Mientras tanto, John Mayall & The Blues Breakers, esa especie de instituto de avanzada para formarse en las mágicas artes del bluesrock, alcanzaron su nivel más alto con el clásico Blues Breakers with Eric Clapton, incorporando con respeto a los clásicos estadounidenses del género y añadiendo un toque de espesa energía. “Clapton is God”, rezaba el clásico grafiti londinense.

Ya con la inclusión en pleno de Jeff Beck y por vez primera integrando solo material propio, The Yardbirds presentaron la obra maestra Roger the Engineer, desplegando su blues-rock con tintes expresionistas, psicodélicos y orientalistas. Entretanto y con una pequeña ayuda de Frank Zappa en el primer corte, Animalism se constituyó como uno de los puntos más altos de la trayectoria de The Animals, aquí ya en plena madurez y dominio tanto instrumental como armónico para versionar, partiendo de un estrato blusero que impulsa al disco para derrochar energía suficiente durante toda la noche.

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