Sonido & Visión

De las carreras callejeras a la salvación del mundo

La propuesta inicial era simple: coches, acción y personajes entre esculturales y rudos, navegando por los límites de la ley. Ediciones vertiginosas, música callejera que coquetea con el dance y presencia de raperos, habilidosos stunts, mujeres dando la salida con escasez de ropa y tramas apenas suficientes para abrirle paso a las piruetas de los verdaderos protagonistas: modelos automovilísticos cual objetos fetiche a los que se les debe rendir culto más allá de su funcionalidad, cuidadosamente modificados para alcanzar velocidades de espanto, recorriendo ciudades cosmopolitas como Los Ángeles, Miami, Tokyo, Río de Janeiro y la que siga.

Así se presentó el filme Rápido y furioso (Cohen, 2001), centrado en las carreras callejeras y en dos personajes al principio antagónicos: Brian O´Conner, un policía encubierto que duda acerca de su lugar en el mundo, sobre todo después de conocer a la hermana de su objetivo, y Dominic Toretto, tipo rudo corriendo por los márgenes de la legalidad que no aparece en la segunda parte, +rápido y +furioso (Singleton, 2003). Parecía suficiente para una saga a la que ya no se le veían muchas rutas de escape, pero como buena sobreviviente callejera, se resistía a morir.

Cambiando de protagonistas y con el director taiwanés Justin Lin tomando el volante en las siguientes entregas, se produjo Rápido y furioso: Reto Tokyo (2006), cual desvío en el camino secuenciado aunque entroncando ligeramente con la séptima entrega, para retomarlo con el corto Los bandoleros (Diesel, 2009), especie de puente argumental entre la segunda y cuarta cinta, titulada Rápidos y furiosos (2009), ya con los dos rivales en plena misión conjunta, y con Rápidos y furiosos 5in control (2011), en la que se incorpora el rudísimo agente federal Hobbs, quien continuó en Rápidos y furiosos 6 (2013).

Estas dos últimas entregas volvieron a revivir una franquicia que se quedaba sin gasolina. Los argumentos se fueron mejorando un poco conforme avanzaban las cintas y, sobre todo, la forma de construir las relaciones entre los personajes, independientemente de los villanos de rigor, entre los que predominaron narcotraficantes, además de algún británico enloquecido. Como por arte de magia, el equipo transitó de ser un grupito de rebeldes de banqueta metidos a mercenarios, para convertirse en un sofisticado destacamento de salvación mundial.

Rápidos, furiosos y familiares

Todos en sus marcas, listos y fuera. Ahora el malayo James Wan, especialista del cine de terror, se convierte en el piloto (no automático, al contrario) de Rápidos y furiosos 7 (Fast & Furious 7, Japón-EU, 2015), en la que Roman (Tyrese Gibson) quiere mostrar sus habilidades directivas entre broma y broma; Letty (Michelle Rodriguez) va y viene con los recuerdos; Tej (Ludacris) continúa haciendo malabares informáticos; Sean (Lucas Black) reaparece desde Tokyo y tanto Toretto (Vin Diesel) como Brian O’Conner (Paul Walker), están más unidos que nunca, protegiendo a Mia (Jordana Brewster) y su retoño, al tiempo que lideran este clan vuelto familia.

Con un guion poroso y simple cuyo conflicto central es el control de un software de alcance apocalíptico que todo lo puede ver como si del ojo de Dios se tratara, aderezado por la búsqueda de venganza por parte del maloso (un bienvenido Jason Statham, metiéndose hasta la cocina), después de que nuestros héroes de asfalto dejaran en coma a su hermano, llegamos a la séptima entrega de la serie como si la carrera apenas hubiera empezado. Para abrir y cerrar, ahí está la imponente figura de Hobbs (Dwayne Johnson), un rompeyesos hecho de roca que aparece en el momento justo, ayudado por una intermitente Elena (Elsa Pataky).

Un villano adicional (Djimon Hounsou, en plan de terrorista somalí), como se estila en las recientes películas de cómics, un personaje nuevo con gran influencia (Kurt Russell, brindando con cerveza belga), una astuta hacker (Nathalie Emmanuel, en pleno juego de tronos) y una superproducción que nos lleva a recorrer ciudades al estilo Bond con una abultada carga de efectos especiales, pirotecnias visuales, las persecuciones y explosiones de rigor, tiroteos por todas partes y las infaltables peleas cuerpo a cuerpo de rivalidades definidas, incluyendo el acostumbrado enfrentamiento femenino, con un cierto aroma callejero.

No hay mucha preocupación por resolver las secuencias (¿Cómo salieron de la fiesta del príncipe? ¿Qué pasó con el hombre que los contrató?), ni por el asunto de la continuidad; las leyes de la física quedan suspendidas (lo cual se entiende) y los peleoneros prácticamente no sangran ni les salen moretones (también se entiende por el asunto de la clasificación), a pesar de los imparables golpes que a cualquier mortal lo hubieran dejado inconsciente desde el principio. Si bien se busca la complicidad del espectador, se pudo haber puesto más atención en el flujo de los acontecimientos.

En el filme se inserta una inevitable metanarrativa que fusiona la vida real con la representación en pantalla: el reciente fallecimiento de Paul Walker en un accidente automovilístico, en el que paradójicamente no iba manejando y se dirigía a una celebración de caridad, le confiere a la historia narrada un halo de nostalgia y tristeza, sobre todo cada vez que el personaje corre el riesgo de morir o bien cuando transcurre un funeral. No obstante, el homenaje explícito hacia el final de la cinta resulta ser un cierre inusualmente conmovedor para este tipo de propuestas.

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