Sonido & Visión

El caballo de Turín: aislamiento inexorable

Cuenta la conocida anécdota que en la ciudad de Turín un cochero estaba maltratando a su caballo porque ya no podía seguir avanzando, al grado de provocarle una caída; ante tal espectáculo de violencia, una persona que caminaba por ahí se abalanzó sobre el equino para protegerlo de los latigazos de su amo. Entre lágrimas, suplicaba por el animal pidiendo clemencia hasta que, según se dice, cayó en una especie de catatonia que abrió un periodo de locura que duró los siguientes once años, hasta su muerte en la transición del siglo. Sus últimas palabras fueron “mamá, he sido un tonto”.

Corre el año de 1889. El protagonista de esta historia es Friedrich Nietzsche (1844-1900), el genial filósofo alemán usualmente no reconocido por su compasión y sensibilidad hacia el dolor ajeno, sino por su ferocidad crítica ante la ausencia de la autoevaluación (quizá de ahí su frase final) y su implacable capacidad de cuestionamiento hacia los valores supremos construidos culturalmente en occidente. La complejidad de hombres como el autor de El nacimiento de la tragedia (1872) y Crepúsculo de los ídolos (1888), entre otros clásicos, rebasa las etiquetas simples y las imágenes unidimensionales que pretenden simplificar una personalidad llena de matices.

Con pantalla en negro como si estuviéramos viviendo el desvanecimiento del filósofo precursor de ideas posmodernas, El caballo de Turín (Hungría-Francia-Alemania-Suiza-EU, 2011) inicia con una narración de este suceso emblemático y definitorio para después, en lugar de seguir los últimos años del afamado pensador, recrear la vida del otro personaje de la historia, un hombre taciturno y hosco que vive aislado del mundanal ruido (János Derszi), solo acompañado de su hija y, por supuesto, del caballo del título que a partir de ese día empezó a presentar resistencia para comer, acaso deseando su propia muerte en lugar de estar soportando malos tratos del hombre, aunque recibiendo la preocupación de la mujer.

Dirigida con una tensión acompasada por el imprescindible realizador húngaro Béla Tarr (Nido familiar, 1979;) en conjunto con su esposa-colega de años Ágnes Hranitzky, quien contribuye de manera particular en el trabajo de edición que se puede apreciar en las notables La condena (1988), El tango de satán (1994), Armonías de Werckmeister (2000) y El hombre de Londres (2007), disponibles en la colección Criterion, la cinta centra su atención en las rutinas que llevan a cabo padre e hija, entre un silencio apenas entrecortado por frases breves y espaciadas, como si todo lo demás ya estuviera dicho, comunicado y acordado… o impuesto.

Rutinas para detener a la muerte

Las escenas se alargan tanto como las actividades metódicas que realizan los dos personajes: al despertar, la hija le ayuda al padre a vestirse, dado que tiene una mano paralizada, sin mediar palabra; vienen las faenas como sacar agua del pozo, cortar leña, ponerle alimento al caballo y después la cocción de las papas, pelarlas, ponerle un poco de sal (el papá), comerlas y limpiar los platos (la hija); un trago de aguardiente según el caso y acostarse a dormir con la misma acción que al principio del día, nada más que ahora la ayuda es para desvestirse. El ritual de la ingesta del tubérculo queda hasta el final como la manifestación de la resistencia a evitar lo inevitable.

En cierta forma, la presentación y edición de las secuencias parece invitarnos a vivir esa rutina como los personajes, sin prisa ni angustia, tampoco con particular emoción, casi con sumisión predestinada. Solamente vemos que esta seriación se rompe por la visita de un vecino que va a buscar bebida, mientras destila un discurso complotista pronto interrumpido por el dueño de la casa y por el paso de unos gitanos que se detienen por agua y que de alguna manera se convierten en una posibilidad de escape para la hija, si es que ella lo quisiera: también son rápidamente expulsados de la propiedad en medio de la nada.

Está también el intento de salir de la casa por alguna razón que no se dice, pero que se puede inferir entre líneas, dado ese tono apocalíptico que permea a lo largo del relato, con esa tensa quietud rota por el viento implacable y por esas entrelíneas sutiles que se advierten al interior de las rutinas y de la relación que mantienen padre e hija, de una frialdad y distancia a tono con el ambiente: en efecto, se percibe cierta atmósfera terrorífica que nunca sale a la superficie y que parece estar enterrada por una normalidad abrumadora, en la que el tiempo se dedica a las actividades básicas de sobrevivencia.

La fotografía en contrastante blanco y negro, recordando la estética de las películas suecas de principio del siglo XX y de algunas de Bergman, acentúa el agobio silencioso de los tres personajes, incluyendo al alegórico caballo, primero capturado con un contrapicado, acaso optando por una muerte que parece acechar tanto en los amplísimos e inhóspitos paisajes, como en los rincones de la cabaña maltrecha, apenas con una ventana que pareciera representar la esperanza de otear en algún horizonte más vivible: algunos encuadres son prácticamente lienzos en los que los protagonistas parecen estar paralizados como si esperaran a ser pintados por la cámara, aunque quizá viven una especie de inmovilización y auto encierro. 

Las texturas opresoras son reforzadas con la intensa música de órgano propuesta por Mihály Vig y por la extraña voz en off a cuentagotas de un narrador (Mihály Ráday), quien suelta brevísimos apuntes que contribuyen al desasosiego. Estamos ante una obra maestra difícil de ver y que bien puede atraparnos sin remedio o provocarnos rechazo: vale la pena hacer el esfuerzo porque se puede tratar de una experiencia estética muy enriquecedora, aportada por un gran artista del cine que desafortunadamente ha anunciado su retiro de las cámaras.

Desde su punto de vista, no existen las influencias fílmicas: “…los verdaderos realizadores de cine… cada uno de ellos posee un punto de vista diferente, una reacción distinta. Cada cineasta piensa diferente y no podemos influirnos mutuamente entre nosotros. Esto tiene que ver solamente con nosotros mismos, no con los demás” (entrevista de Sergio Raúl López, El Financiero, 14/11/11). Aunque cabe decir que con sus posturas artísticas, este hombre ha sido capaz de influir y nutrir el arte cinematográfico.

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