Sonido & Visión

Whiplash: la batería con sangre entra

De pronto el jazz se volvió elitista. De ser claramente popular y contar con múltiples seguidores durante buena parte del siglo XX, ahora parece ser parte del gusto de públicos más focalizados. El rock se convirtió en el género de masas y el Hip-Hop en la vertiente más presente de la música negra. Si bien algunos han señalado que el jazz murió con Miles Davies, hoy por hoy siguen apareciendo grandes músicos y se continúan produciendo discos memorables, aunque menos accesibles, ya sea por precio, difusión o distribución.

Cierto es que en Estados Unidos y Europa, el jazz sigue teniendo un nicho claramente identificable que se expresa en festivales, publicaciones, disqueras y escuelas: además están las fusiones que el propio género ha experimentado con otros sonidos, signo de los tiempos que corren. Las fronteras estilísticas se diluyen y las formas musicales se combinan sin pudor alguno, para gracia y beneficio de los escuchas. Y claro que el jazz mantiene esa fama, siempre discutible, de contar con los mejores intérpretes de la música popular, equiparables a los que se desenvuelven en la música clásica.

Los músicos de jazz transitan entre la técnica y la inspiración, la precisión y la improvisación, el virtuosismo individual y la capacidad de conjuntarse. El género se identifica en particular con los instrumentos de aliento, sobre todo saxofón y trompeta, y los percusivos como el bajo y la batería, además del piano, que puede funcionar a manera de comodín. La base rítmica es uno de los rasgos distintivos de esta música y uno de los que más atención jalan del escucha: una vez atrapados en la telaraña del ritmo es imposible escaparse.

Si bien la batería en los inicios se ubicaba como un mero instrumento comparsa, al paso del tiempo empezaron a surgir grandes intérpretes que la colocaron en un sitio de mayor protagonismo, desde el llamado abuelo Warren ‘Baby’ Dodds y los pioneros Ben Pollack, Zutty Singleton y Jo Jones, quien supuestamente le lanzó el platillo a Parker después de una interpretación, hasta el famoso Gene Krupa, durante los años 20 y 30. Vendrían después nombres míticos como Ed Blackwell, Max Roach, Roy Haynes, Art Blakey, Tony Williams, Elvin Jones, Paul Motian y Jack DeJohnette, por mencionar algunos ejemplos, hasta llegar a contemporáneos como Jeff ‘Tain’ Watts, Brian Blade, Rudy Royston y nuestro compatriota Antonio Sánchez, ya con discos propios además de tocar con Pat Metheny y Chick Corea, entre otros, y parte fundamental de la atmósfera creada en Birdman (G. Iñárritu, 2014).

AL MAESTRO SIN CARIÑO

Escrita y dirigida por Damien Chazelle, Whiplash: Música y obsesión (EU, 2014) sigue a un joven baterista de creciente ambición que ingresa al conservatorio más prestigiado de jazz de Nueva York; mientras practica en solitario, se encuentra con un maestro de didáctica implacable que busca al próximo Charlie Parker, aunque él sabía, supongo, que no lo iba a encontrar por dos razones: el mítico saxofonista de vida tormentosa es irrepetible (se puede ver Bird de Clint Eastwood) y si anduviera por ahí, no entraría a estudiar a ese lugar: parece ser que este tipo de talentos innatos no se acercan al sistema educativo.

Con todo y ciertas licencias (la recuperación mágica del accidente), la historia se desarrolla a partir de la relación que se establece entre maestro y alumno, alrededor de humillaciones, violencia física y simbólica, exigencias al límite, batallas ególatras, desafíos constantes y una extraña admiración mutua que va quedando oculta frente a tanta confrontación. El tempo se vuelve el ámbito de control docente y todos los alumnos tienen que estar a su ritmo, en sentido literal y metafórico. El perfeccionismo puede confundirse con capricho, la autoridad con sometimiento y el impulso con opresión: eso sí, en su práctica resulta bastante coherente.

La intimidación como método, evitar que se sientan seguros o confortables y la presión para sacar lo mejor de los aspirantes a músicos son apuestas arriesgadas cuyos resultados son inciertos. “Buen trabajo” es el peor comentario que se le puede hacer a alguien, de acuerdo a la racionalidad de este profesor, también caracterizada por fomentar una competencia amarranavajas y ser tanto pasional como ingenioso para el insulto.

Por su parte, con la imagen de Buddy Rich en su futuro, el joven alumno empieza a ser invadido por una soberbia que lo lleva a terminar una incipiente relación con una empleada del cine a donde iba con su padre, con quien mantiene una relación más o menos cercana pero cuyo modelo no quiere repetir: si él abandonó la literatura, yo no voy a dejar la batería. Incluso empieza a despreciar a los demás por considerarlos perdedores y se asume como destinatario de grandes logros. Pareciera que tiene más interés en la fama que en el jazz mismo.

Con su actuación, J. K. Simmons consigue trascender el papel del instructor abusivo, con todo y su impecable vestimenta negra y su puntualidad obsesiva, para brindarle a su personaje un amplio rango de matices, incluso lidiando con sus propias frustraciones, culpas y derrotas personales. A la altura, cual duelo actoral, Miles Teller consigue crear un sujeto que navega entre la búsqueda, la pérdida de piso y la mirada aspiracional para dejar de ser el niño abandonado por la mamá y sobreprotegido por el papá. Batallas de este tipo vimos en Reto al destino (Hackford, 1982), Cara de guerra (Kubrick, 1987) y El cisne negro (Aronofsky, 2010).

La edición de Tom Cross adquiere una rítmica sincopada a batacazo limpio: los cortes se articulan con golpes de tambor y pareciera que tanto la mezcla de sonido como el armado de las secuencias siguen una misma batuta de pronto acelerada y por momentos más reposada, dejando que la conversación en turno se desarrolle con calma tensa. Para complementar la propuesta visual, ahí están los desplazamientos de cámara que parecen formar parte de la partitura de piezas clásicas como Caravan, compuesta por Juan Tizol y popularizada por el gigante Duke Ellington, o la que le da el título al film escrita por Hank Levy.

Si el destino dorado de estos aspirantes es formar parte de la Jazz at Lincoln Center Orchestra ahora dirigida por Wynton Marsalis (que tocará en México el sábado 7 y domingo 8 de marzo) o bien firmar para disqueras prestigiosas como Blue Note o ECM, para el rudísimo profesor cargado de pasión y habilidad para el insulto ingenioso, es lograr, maquiavélicamente, que sus alumnos den todo de sí hasta que literalmente ya no puedan más, porque la batería con sangre entra.

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