Sonido & Visión

Welcome to the hotel budapest

El hotel como personaje y objeto de narración, espacio para convivencias efímeras pero trascendentes, se ha presentado en filmes tan notables como Gran Hotel (Goulding, 1932), mezcla de drama y romance con ambiente berlinés como fondo: Greta Garbo, John Barrymore y una muy joven Joan Crawford, transitaban entre pasillos, afectos y dinámica hotelera, también presente en los enredos de los hermanos Marx para montar una obra teatral en la clásica El hotel de los líos (Seiter, 1938).

Enclavada en el realismo poético francés, Hotel du Nord (Carné, 1935) funciona como escenario irónico a personajes cargados de historias dignas de contarse; o bien en cuanto a escenografía de grandes relatos épicos y románticos como el Hotel des Bains de Muerte en Venecia (Visconti, 1971). Ahí está el oscuro proyecto conjunto entre Bono y WimWenders titulado MillionDollar Hotel (2000), así como el humor retorcido de Hotel New Hampshire (Richardson, 1984), basada en la famosa novela de John Irving. Para rejuvenecer sin necesidad de pócimas mágicas, El exótico hotel Marigold (Madden, 2011) puede ser una buena opción.

LA BELLEZA DE LA DECADENCIA

Dirigida por Wes Anderson (Los excéntricos Tenenbaum, 2001; Vida acuática, 2004; Viaje a Darjeeling, 2007), referente ineludible del cine estadounidense contemporáneo ya poseedor de un estilo propio, de inmediato reconocible y muy pronto trascendente, El gran hotel Budapest (EU, 2014) es un filme que se mueve entre una lógica posmoderna cargada de una colorida nostalgia y un romanticismo a flor de piel, expresado en la incorporación poética y la pintura del periodo (ahí está la presencia del pintor Caspar David Friedrich), y en la idea de rescatar al individuo por encima de sus circunstancias.

La historia transcurre en la provincia inventada de Zubrówka, que además de ser una marca de vodka polaco, hace las veces de región del este de Europa. Seguimos las vicisitudes del conserje buen amante de octogenarias y recitador poético medio histéricoMonsieur Gustave (Ralph Fiennes, dando los matices necesarios a su personaje) y su fiel botones Zero (Tony Revolori, de bigote irrisorio), leídas en los 70´s por una joven lectora frente al busto del escritor (Tom Wilkinson), quien después cuenta cómo supo de la historia para trasladarnos a la conversación entre él cuando era joven (JudeLaw) y el MonsiuerMoustafa (F. Murray Abraham, elocuente), en los 60´s, cuando le cuenta todo el relato sucedido entreguerras.

No faltan en la historia elementos narrativos clásicos casi hitchconianos: la misteriosa muerte de una viejilla millonaria con mal esmalte de uñas (Tilda Swinton), llena de familiares buitres, entre quienes están las hijas y su siniestro vástago(AdrienBrody, encendido) y su matón cuasivampírico por aquello de Transilvania (WillemDafoe); una estancia y escape carcelario con gigante salvador y líder descamisado (Harvey Kietel); un policía llegando un segundo después y emergiendo del subsuelo (Edward Norton); testigos en peligro como el abogado encargado de la herencia (Jeff Goldblum) y el típico mayordomo sospechoso (MathieuAmalric), secundado por la sirvienta chismosona (LéaSeydoux).

Un guion que remite a la circularidad de Un reino bajo la luna (2012) y quese basa en los escritos de Stefan Zwieg, más como un homenaje a su obra completa que a un texto en específico, y una dirección de fotografía que provoca de inmediato estados de ánimo entre añorantes y cómicos, aderezados por la música lúdica de Alexander Desplat, siempre en modus vivendis. Las referencias indirectas a la época van desde la política (el ZZ en lugar de la SS), a la pintura (Klimt), pasando por la arquitectura y, desde luego, la poesía inmiscuida en los sucesos cotidianos y en el destino de los personajes.

Es así como el filme transcurre con múltiples referencias no solo cinéfilas, con el director alemán Ernst Lubitsch a la cabeza, sino también de otras artes y del devenir histórico y cultural donde se inserta. Anderson crea mundos en contextos específicos pero con un cierto halo de irrealidad, entre surrealistas y paralelos pero con fuertes vínculos con ese mundo al que finalmente se pertenece: ahí está toda la exasperante, para el personaje central, secuencia de los monjes misteriosos, así como la aparición de mensajes indicativos solo para el espectador.

EL PODER DE LA RECREACIÓN

Como plantea Alfredo Leal (La Tempestad, No. 97, julio-agosto, 2014), Anderson hace películas que como formas de adaptación no solo explican el mundo, sino también las posibilidades que se concentran en dicha explicación. En efecto, para el director de Ladrón que roba ladrón (1996), la realidad se convierte en fuente susceptible de retomarse, moldearse, manipularse y reconstruirse para crear una nueva atmósfera que se debe, paradójicamente, a esa realidad base: de ahí que se integre la presencia de un narrador identificable y después pareciera desaparecer ante el cúmulo de eventos que se suceden con independencia.

Un buen ejemplo de este juego de perspectivas que gusta tanto al director originario de Houston, es el gran valor que tiene el cuadro inexistente El niño y la manzana atribuido a un pintor ficticio pero con todo el estilo de la época, sustituido por un cuadro de dos mujeres tocándose sexualmente que remite de inmediato a la estética del artista EgonSchiele.Un mundo en el que se enfrenta la codicia frente al aparente pudor romántico.

Además, están los encuadres claustrofóbicos pero cómodos del elevador, el camarote, el comedor de los empleados y la habitación, guardando una simetría de carcajada, con cachetes encimados y narices sangrantes. De paso, se agradece el guiño del lunar con forma del mapa de México que luce la pastelera y hábil cómplice/novia del botones (SaoirseRonan).Los acostumbrados travellings casi caricaturescos muy bien explotados en El fantástico seño zorro (2009), se integran con las tomas frontales que nos ponen en diálogo directo con los personajes y sus circunstancias.

En este universo andersoniano, confeccionado a partir de la combinación de formatos en los que aparecen pantallas cuadradas (secuencias más oscuras o en exteriores) y rectangulares, según el momento y escenario, cabe un permanente énfasis en las texturas y los colores: los naranjas y amarillos que predominan en los interiores del hotel implican un contraste completo con los azules y verdes de la cárcel y los blancos fantasmagóricos de los exteriores, tanto en los montes nevados como en el acostumbrado correr del tren. Claro que aparecen los rojos intensos cuando la pasión contenida quiere aparecer, ante el reiterado ordenamiento de no coquetear con la mujer ajena.

Pero el tono de comedia profunda emparentada con el cine de AkiKaurismäki, termina por ser fundamental, sobre todo por las hilarantes secuencias reiteradas del movimiento de cortinillas y de; de la sociedad secreta de las llaves en la que participan, casi a manera de cameo, Bill Murray, Bob Balaban, Fisher Stevens, WarisAhluwalia y WallyWolodarsky, y por la desternillante persecución en las instalaciones abandonadas de los juegos de invierno, en las que tanto persecutores como perseguidos no tienen ninguna razón para hacer lo que están haciendo. No faltan los cameos de los habituales Owen Wilson y JasonSchwartzman, como para recordarnos el sello de la casa.

Un hotel en el que puedes checar la entrada cuando quieras pero del que nunca te podrás ir. Al menos en tus recuerdos como sucede en la canción de TheEagles y en El resplandor (Kubrick, 1980). La mejor película que he visto este año.

 

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