Sonido & Visión

Volverse malo con el poder de la química

¿Hasta dónde la lucha por tu familia es un motivo válido para romper la ley y hasta qué punto se convierte en una mera coartada para fracturar muchos de los principios morales que han sustentado tu vida? Los viejos dilemas del medio como justificador del fin y del mal menor pueden quedarse apartados del proceso reflexivo, sobre todo cuando los acontecimientos empiezan a suceder a una velocidad que rebasa la posibilidad de la pausa, tejiéndose una telaraña de la cual ya resulta muy difícil escapar: o aprendes a vivir en ella o, si quieres huir, lo más probable es que mueras al instante o te conviertas en un desdichado crónico.

Y el aprendizaje para vivir en esta nueva realidad implica, necesariamente, trastocar tus principios y empezar a considerar el remordimiento como asunto exclusivo de los débiles: las reglas del juego son puestas por el más fuerte y cambian constantemente, a sabiendas de que no hay enemigo pequeño ni aliado del todo inútil. Como si de un complejo balanceo de ecuaciones se tratara, las herramientas con las que cada variable cuenta pueden ser utilizadas de múltiples maneras, pero solo de una forma darán el resultado esperado, casi siempre inesperado. El destino, tarde o temprano, se va oscureciendo inexorablemente.

Ideada por Vince Gilligan, quien había colaborado en Los expedientes secretos X como guionista y en TheLong Gunmen como co-creador, Breaking Bad (2008-2013) es una serie producida por Sony y transmitida por el canal AMC, importante competidor de HBO en este rubro. Constó de cinco temporadas, la última dividida en dos partes, y 62 capítulos en los que se desarrolla la incursión de un hombre de familia en la medianía de edad, con una crisis repentina de salud y financiera, dentro del mundo del narcotráfico. Se trata de una obra que ya podemos ubicar en el olimpo de las series televisivas recientes, junto a The Wire, LosSoprano, Juego de tronos, Boardwalk Empire, Homeland, MadMen y Seis pies bajo tierra, por mencionar las puntas de lanza.

La premisa es conocida: un tipo común envuelto en circunstancias extraordinarias, aunque después de todo, quizá Walter White no era tan ordinario: un hombre casado cuyo hijo adolescente tiene un leve problema de discapacidad (RJ Mitte), profesor preparatoriano de química y empleado de un lavacoches por la tarde, a quien se le detecta cáncer en el pulmón. Con una hija por nacer y deudas impagables en parte derivadas de la crisis global, decide aprovechar sus saberes de alquimista para ingresar al mundo de las metanfetaminas con un producto de alta calidad. En el pasado, dejó de ser socio de una empresa que él fundó y que ahora factura millones: así son las decisiones de la vida.

Sobrevivir a la propia ambición

La creación de situaciones límite creativamente resueltas –en ocasiones fantasiosas pero admisibles para el espectador- encuentran eco en el involucramiento con los personajes: alrededor de la emotiva relación entre el profesor y su ex alumno, que funciona como epicentro emocional de la historia, se suman una serie de sujetos muy bien delineados, entre el humor negro y la sátira, como la dubitativa Skyler (Anna Gunn) que no sabe qué hacer con el marido; el cuñado-agente pisando los talones aún sin saberlo (Dean Norris) y su inestable esposa (Betsy Brandt); el abogado en apariencia de cuarta pero hábil como pocos para sumergirse en la podredumbre (Bob Odenkirk) y el abuelo cariñoso disfrazado de matón infalible (Jonathan Banks). Un proceso de casting tan preciso como la producción de la codiciada sustancia azulosa.

El cruce de géneros clásicos con el western como columna vertebral, bien alimentado por el criminal-gansteril, el noir y el drama familiar, funciona para expandir el arco de emociones que la serie provoca, incluyendo algunas joyas de humor macabro que se van estructurando con una lógica narrativa que gusta de anticipar sucesos al inicio de cada capítulo o bien de recurrir al flashback para situar las motivaciones presentes de los involucrados en todos los conflictos, usualmente resueltos con sangre de por medio o con alguna estrategia imprevista, cortesía del inteligente guion y la puntual dirección de los diversos realizadores.

El retrato de los delincuentes, por su parte, transita de lo siniestro a la locuacidad y de la brutalidad al cálculo cuidadoso: miembros distinguidos de la comunidad, contribuyentes ejemplares y ciudadanos trabajadores que resultan ser una fichitas. O bien, bárbaros del sur que usan tortugas como portacabezas, gimotean como desquiciados y enseñan a sus niños a hacerse hombrecitos a la mala. Eso sí, en todos lados se cuecen habas con tal de mantener producción, distribución y mercado sin que la competencia tenga oportunidad de romper el monopolio: una de las versiones del capitalismo salvaje.

Las secuencias transicionales, usualmente acompañadas de música retro, sirven de puente narrativo para la creación de circunstancias y diálogos que construyen personalidades bien definidas, manteniendo la tensión a punto: los sucesos se despliegan en Albuquerque, entre los suburbios de clase media, la influencia de esa zona fronteriza que parece un tercer país, los negocios fachada sin sello distintivo y el desértico campo, representando el espacio amplio y abierto en el que cualquiera se puede esconder sin temor a ser visto porque se ve todo, puntualmente capturado por una cámara de ubicación estratégica, como si se tratara de un ojo vigilante jugando con las perspectivas diversas.

La estética visual aprovecha un uso enfático de colores y texturas, según se trate de los contextos y momentos en los que se desarrollan los eventos clave, además de presentar elusivos encuadres que resaltan las intricadas situaciones en las que los personajes se ven inmiscuidos; en particular, el retrato de los laboratorios caseros asentados ya sea en una casa rodante, hogares por fumigar o en complejos de altos vuelos insertados en el subsuelo de la vida cotidiana, funcionan como contrastantes escenarios en un lugar donde en apariencia solo hay cenas familiares en la orilla de la alberca.

Una moral fracturada

Los valores se han trastocado para siempre, así como las motivaciones y, desde luego, tanto el código de actuación como la frontera entre el bien y el mal. La imagen cambiante lo simboliza: sombrero negro y barba de candado con riguroso lente oscuro; calvo o con pelo desaliñado pero siempre de camisa, lentes de maestro de prepa y pantalón de vestir, eso sí, con el anillo de casado. Bryan Cranston, en el papel de su vida, encarna con precisión esta paulatina transformación de un hombre derrotado a un monstruo convincente que se resiste a ensuciarse las manos más allá de la cocina. Su compinche, interpretado con la necesaria fragilidad y agresión por Aaron Paul, representa la contraparte que está ahí para ponerse mutuamente a prueba, en las malas y en las peores.

El enemigo también está adentro y no nada más al sur de la frontera; tampoco es que en Estados Unidos únicamente haya un problema de adicción, como si la producción y distribución fueran actividades propias y exclusivas de cárteles salvajes que inundan desde fuera la patria buena de hierba mala. Si acá nos matamos por las drogas para que allá las consuman al ritmo de amor y paz, entonces el problema parece reducirse a malosos y enfermitos: pero ya sabemos que todo el tema de las drogas es mucho más complejo que solo discutir acerca de la prohibición o de la adicción. Volverse malo representa una gran y peligrosa tentación.