Sonido & Visión

Viajes en limusina blanca

Un par de películas producidas en el 2012 abiertas a la interpretación, cargadas de simbolismos y referencias para el análisis de las sociedades contemporáneas cuyos protagonistas, en circunstancias distintas aunque compartiendo la necesidad de representar papeles diversos durante un día de sus existencias, encuentran en el elegante vehículo alargado una especie de refugio móvil que les permite desplazarse no solo por contextos varios, sino experimentando mutaciones inmediatas y continuas.

Propuestas argumentales y narrativas visuales que se desplazan entre la sociedad del espectáculo (Debord), la modernidad líquida (Bauman) en plena era del vacío (Lipovetsky), el capitalismo de ficción (Verdú), ya en transición hacia el poscapitalismo (Dierckxsens), y por las fisuras de la sociedad de la transparencia y del cansancio (Byung-Chul Han), al fin exponiendo la corrosión del carácter (Sennett) de los sujetos escindidos en función de sus roles, a través de simulacros y simulación (Baudrillard).

COSMÓPOLIS

El gran escritor estadounidense Don DeLillo publicó en el 2003 Cosmópolis (Seix Barral), una intrigante narración sobre el trayecto por Manhattan de un joven multimillonario a bordo de su limusina, obsesionado con su estado de salud pero viviendo como en una dimensión especulativa más allá de la mundanidad, simplemente para cortarse el pelo. Corre el año 2000 y el periplo se convierte en toda una metáfora de las sociedades globalizadas, atrapadas en los laberintos bursátiles, las manifestaciones sociales y un urbanismo demencial en el que caben individuos tan estrafalarios como adecuados al sistema.

La adaptación fílmica de este volátil material literario parecía una empresa casi imposible. Pero el veterano director canadiense David Cronenberg asumió el reto, como lo hizo en El almuerzo desnudo (1991), Crash: extraños placeres (1996) y Spider (2002): con guion suyo realizó Cosmópolis (Canadá-Francia-Portugal-Italia, 2012), en la que retoma los diferentes encuentros de extraño sentido que va sosteniendo Eric Packer (Robert Pattinson, imperturbable) con su jefe de tecnología (Jay Baruchel), su asesora financiera (Emily Hampshire), con la amante (Juliette Binoche), la esposa (Sarah Gadon) y un viejo conocido que trabajó para él (Paul Giamatti, desquiciado).

A partir de una lograda puesta en escena que enfatiza el contraste entre los espacios interior y exterior, tomando como referencia el automóvil, el desarrollo del film se enriquece con una fotografía que igual transita entre la claustrofobia y el énfasis en la enajenación, además de contar con una edición que integra las diferentes estaciones que implica este viaje motivado por una nadería pero que se convierte, inesperadamente, en un tránsito vital salpicado de tensiones eróticas y destructivas, buscando una asepsia imposible de alcanzar en tiempos de ocupas, presidentes acotados, artistas de panfleto (Mathieu Amalric) y fríos servidores del señor dinero.

HOLY MOTORS

La historia inicia con un hombre que despierta en una cama (el propio director Leos Carax) y se dirige a una de las paredes de la habitación; encuentra una puerta oculta y entra a una especie de sala de cine donde se proyecta la obra maestra muda de King Vidor Y el mundo marcha (The Crowd, 1928), sobre un entusiasta joven que se enfrenta a la crudeza de la realidad en el Nueva York de principios del siglo XX: el individuo frente a las estructuras sociales. Mientras tanto, un niño y un perro recorren los pasillos del recinto.

Vemos después a un hombre (Denis Lavant) que entra a una limusina blanca para recibir la agenda brindada por la conductora (Édith Scob), que incluye nueve citas en las debe asumir sendas personalidades aderezadas con el maquillaje y la vestimenta que se encuentra a bordo. Así, el hombre se va transformando en una limosnera, en un intérprete de captura en movimiento dentro de un cuarto oscuro, un vagabundo monstruoso que rapta a una modelo de poca resistencia (Eva Mendes), un padre que recoge a su hija, un anciano por morir, un aparente asesino a sueldo y un tipo que se encuentra con dos chimpancés, cual regreso al origen.

Escrita y dirigida en fascinante tono enigmático por Leos Carax (Chico conoce chica, 1984; Mala sangre, 1986; Los amantes del puente nuevo, 1991; Pola X, 1999), Holy Motors (Francia-Alemania, 2012) es una alegoría del mundo de la representación que parece invadir una realidad susceptible de ser alterada una y otra vez, a través de la intervención de un personaje salido de la ficción que puede asumir múltiples rostros, incluyendo el de sí mismo (¿será?), como cuando conversa acerca de su propio trabajo, extrañando esas cámaras que aunque más pequeñas se han vuelto omnipresentes, o bien cuando se encuentra con una colega “actriz” (Kylie Minogue), a punto de interpretar a una sobrecargo.

De interpretación abierta y con la cualidad que tienen ciertas películas para dejarse ver varias veces, el filme de Carax se mantiene en una tesitura de continua imprevisibilidad, proponiendo secuencias de onírica construcción y colocando elementos susceptibles de referencias múltiples que van del absurdo (las limusinas conversando, los changos), a la cotidianidad más cercana, pasando por rupturas genéricas (el breve trágico-musical, por ejemplo, o la secuencia de thriller y hasta el nuevo cuasimodo robándose a la bella) que forman parte de un conjunto por momentos inescrutable pero siempre absorbente.

 

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