Sonido & Visión

Tríos visitantes

Un par de grupos andan por estos lares para ofrecer sendos conciertos. Ejemplos de que el rock sigue su cauce a través de vertientes diversas sumamente disfrutables, entre las que se puede advertir un anclaje a las tradiciones pero también apuestas por la innovación.

Blonde Redhead: Chispa en expansión

Con el invaluable padrinazgo de dos pilares del rock alternativo, Sonic Youth y Fugazi, y desarrollándose en los terrenos del pop de vanguardia con ciertos elementos del movimiento de finales de los 70 conocido como No Wave, éste en principio cuarteto cosmopolita se integró en Nueva York, durante 1993, por la vocalista de timbre perturbador y guitarrista japonesa Kazu Makino, su coterráneo Maki Takahashi en el bajo (ambos eran estudiantes de arte), y los gemelos italianos Simone y Amedeo Pace, responsables de la batería y guitarra, respectivamente.

Tomando prestado el título de una canción de la banda DNA para nombrar al grupo, Blonde Redhead atrajo el interés de Steve Shelley, baterista de Sonic Youth, quien les produjo su primer largo llamado simplemente Blonde Redhead (1995), en el que ya se advertía la clara intención de incorporar la estética del ruido con estructuras melódicas por las que transcurrían inquietantes letras, entonadas por una voz entre firme y angustiante que sobrevivía a las volátiles ráfagas de la guitarra y el ritmo engañosamente incisivo.

Tras la prematura salida de Takahashi y asumiéndose en definitiva como trío, presentaron La Mia Vita Violenta (1995) a manera de reacomodo basados en esa idea de la inmediatez con filtros mínimos, de la mano de Guy Picciotto de Fugazi, quien los acompañaría hasta el 2000 y desde la grabación de Fake Can Be JustAs Good (1997), en el que insistieron en el camino de la tensión casi implícita, sumergida entre disonancias y atmósferas de inquietud garantizada. El contacto con la banda Unwound y en particular con su bajista, Vern Rumsey, resultó definitiva para el desarrollo de este particular eje Kioto-Milán-Nueva York convertido en grupo de vanguardia.

Con un sonido entre cristalino y energético en el que predominaron las guitarras y la taladrante vocal, presentaron In an Expression of the Innexpressible (1998), seguido por el ecléctico Melody of CertainDamaged Lemons (2000), en el que igual cupieron apuntes postpunks y acordes orientados a buscar ciertos aires sublimes: para muchos, con este álbum se lograron independizar del absorbente sonido de Sonic Youth. Y este encuentro pleno con su estilo se confirmó con Miseryis a Butterfly (2004), su obra más elaborada y compleja tanto en poética como en arquitectura musical hasta ese momento.

Pero con el espléndido 23 (2007) lograron seguir adelante, expresando un momento de mayor ensoñación de la banda, con algunos cortes de un pop más dulce con una vocal más controlada, y otros en los que la tensión es menos manifiesta, no obstante la presencia reconocible de los ritmos exploratorios. El baterista Simone declaró: “Somos muy introvertidos como grupo y muy estrictos con nuestras ideas: solo nos preocupa lo que pensamos nosotros… desde luego, en la creación de nuestra música hay una necesidad de comunicarse” (entrevista de Pablo Gil, Rockdelux 251, mayo 2007).

Después de este gran y numérico trabajo, regresaron con Penny Sparkle (2010), obra en la que lejos de caer en un mero continuismo, buscaron otros senderos con una electrónica transparente que soporta las melancólicas vocales de la nipona, con una tensión perpetua entre la experimentación y la búsqueda de armonía, cortesía de los gemelos azzurri: mientras tanto, en las letras se explora esa terreno indefinido llamado amor, cual prisión perpetua en donde todo puede estar mal pero que aun así, se mantienen las esperanzas de que la chispa vuelva a encenderse.

Tame Impala: Soledades implosivas

Formado en Perth, Australia, a finales del siglo pasado por el vocal guitarrero y compositor Kevin Parker y por el bajista Dominic Simper, en la lógica del revivalismo tan en boga durante los primeros años del nuevo milenio, Tame Impala tomó dimensión definitiva con la inclusión, en el 2007, del baterista y vocal Jay Watson, también miembro de Pond. Al parecer, todos estos años sirvieron de intenso calentamiento para poder iniciar su trayectoria discográfica, que inició con un EP homónimo en el 2008 y que continuó con el desarmante Innerspeaker (2010), uno de los mejores debuts de aquel año.

El álbum arranca con ondas expansivas que nos trasladan de inmediato al espíritu de una época en la que la psicodelia formaba parte de la cotidianidad, con esos teclados análogos de insistencia atrayente, ritmos sinuosos y una guitarra que se permite merodear por donde se le da su gana: en efecto, parece que estamos en esa zona transicional de finales de los 60 y principios de los 70 con su consecuente espesura, como se deja escuchar, por ejemplo, en It’s Not Meant To Be y en The Bold Arrow of Time. Un disco para encontrar la lucidez en donde menos se espera.

El viaje mantuvo propulsión con Lonerism (2012), superando sin problemas la prueba del segundo disco y aventurándose por lugares de apariencia imaginaria, con reverberaciones aquí y allá, vocales bordeando los astros detrás de una estela de teclados incisivos y guitarras que buscan afanosamente el origen de sus sonidos. Por encima de nosotros, se asoman sueños apocalípticos pronto disipados por una música que nos resulta extrañamente familiar, acaso cuando vivimos alguna experiencia hendrixiana, conocimos a un sargento con nombre de especia o a un capitán con corazón vacuno.