Sonido & Visión

De Selma a Montgomery o la marcha del voto

El 7 de marzo pasado se conmemoró el quincuagésimo aniversario del llamado Domingo sangriento en Selma, Alabama. La policía del condado, ordenada por el sheriff y apoyada por el gobernador del estado, atacó a manifestantes afroamericanos pacíficos que solicitaban derecho irrestricto para poder votar, en su plena condición de ciudadanos estadounidenses. Las trabas absurdas para poderse registrar en el padrón, impedían que muchas personas tuvieran el poder del voto para decidir, en alguna medida, su destino.

Al igual que luchas civiles históricas como la de la sal en la India, la de la primavera de Praga o la de los estudiantes en México, ésta movió conciencias y planteó interrogantes a un régimen que promovía la guerra en Vietnam y era incapaz de cuidar a sus propios habitantes. Un par de días después, se desarrolló otra manifestación ahora nutrida con personas de todos colores y credos, unidas por una causa común de elemental justicia: esta vez liderada por Martin Luther King Jr., quien decide retirarse en el momento crucial, después de recibir un mensaje más allá de la comprensión inmediata.

Finalmente, una multitudinaria manifestación con artistas conocidos por su activismo, desembocó en la decisión del presidente Lyndon Johnson de firmar la Ley de derechos electorales en 1965. Con la canción We Shall Overcome escapándose de sus gargantas, la multitud lanzó un mensaje imposible de ser escuchado. La batalla se ganó, 50 años después el presidente es Barak Obama, pero la guerra parece resistirse a desaparecer del todo: los recientes atentados contra hispanos y afroamericanos, además de los ridículos discursos racistas por parte de algunos políticos ignorantes y empresarios de cuarta, mantienen encendida la chispa del odio.

De cómo se fraguó esta cruzada en busca del voto nos cuenta Selma, el poder de un sueño (EU, 2014), filme dirigido por la también documentalista Ava DuVernay (Esto en la vida, 2009; Yo seguiré, 2010; En medio de la nada, 2012), en el que recrea, a partir de la combinación de grandes sucesos históricos con momentos íntimos, el crucial año de 1965 para el movimiento por los derechos civiles, comandado por el reverendo y brillante orador Martin Luther King (David Oyelowo, convincente).

El arco histórico presentado en el film abarca desde el recibimiento del Premio Nobel de la Paz en Oslo, hasta la firma de la Ley que permitió a la población afroestadounidense ejercer su derecho al voto sin pretextos, sobre todo en poblaciones sureñas regidas por personajes atrasados y siniestros, desde sheriffs impresentables hasta gobernadores peligrosos, como George Wallace (Tim Roth con elocuente acento sureño) racista convencido y postulante fracasado para ser presidente de EU, quizá solo para regresar al país a una etapa pre-Lincoln.

Luther King y su grupo se tienen que mover entre la banqueta y las negociaciones con asociaciones locales, y la política al más alto nivel, que incluye continuas solicitudes al preciso evasivo Johnson (Tom Wilkinson, siempre al borde del hartazgo) y diálogos de fina argumentación con algunos de sus enviados. El debate acerca de la pobreza, la necesidad de educación y el derecho al voto como propósitos imposibles de abarcar al mismo tiempo, coloca la reflexión en torno a los alcances de la política, por una parte, y del activismo, por la otra.

Venciendo a los maestros de la guerra

Si bien por momentos la fluidez de la narración se advierte entrecortada por ciertos saltos bruscos entre las conversaciones personales y los eventos de alcance global, la cinta consigue plantear con claridad las estrategias y dificultades enfrentadas por parte del movimiento, adentro y afuera, para alcanzar sus propósitos: un clima de muerte, violencia y segregación orquestado por grupúsculos racistas sin rostro tipo el Ku Klux Klan y por las propias autoridades.

Y en otro sentido, ahí está la presencia contrastante de Malcolm X (llevada al cine en 1992 por Spike Lee y encarnado por Denzel Washington, así como por el documentalista Arnold Perl en 1972, narrada por James Earl Jones); de los grupos activistas locales de Alabama con todo y las diferencias de perspectivas acerca de cómo afrontar los desafíos, y de su esposa, siempre al pie del cañón (Carmen Ejoge) pero manifestando sus desacuerdos.

La cámara define la perspectiva del film, sobre todo con esos desplazamientos que nos colocan en el centro de los conflictos y muy cerca de la fuerza verbal y espiritual del protagónico. Las actuaciones de soporte como la de Giovanni Ribisi, metiéndose en la piel del asesor presidencial, y la de la también productora Ophra Winfrey, interpretando a la heroína Annie Lee Cooper, quien murió a los 100 años en el 2010, redondean un casting sólido y comprometido con la historia.

La cinta se apoya, también, en una contundente edición de sonido y un score a la altura de la gesta histórica, integrado por cortes pertinentes, la intervención del jazzista Jason Moran y la canción titular de Common y John Legend, acompañando a escenas de la época por las que transitan los héroes de esta lucha que terminó trascendiendo, para bien, su origen electoral.

La presencia de ciertos personajes, entre viejos aun con ganas de luchar y jóvenes dispuestos a dar la vida, así como del grupo más cercano a Luther King, amplía la mirada sobre los significados del momento histórico y acerca de lo que realmente estaba en juego: son batallas focalizadas que terminan por alcanzar una resonancia mucho más allá de los límites territoriales en los que se libran. Se advierte la importancia y la fuerza, en este caso positiva, que pueden tener los medios de comunicación como cercos al sistemático abuso del estado.

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