Sonido & Visión

Robin Williams: el comediante del corazón destrozado (Primera parte)

Llegó a la televisión desde otro planeta, de manera imprevista, y se fue también inesperadamente, cargando una tristeza convertida en profunda depresión, enfermedad perversa y poderosa que no se cura con asistir a talleres sensibleros o rollos de iluminados que suponen tener la única fórmula para alcanzar la felicidad, cheque de por medio por supuesto. La angustia final se agudizó, al parecer, por diversas causas: la noticia de la aparición del parkinson; la difícil situación económica; la terminación de The Crazy Ones (2013-2014), la serie televisiva en la que participaba y el regreso al consumo de drogas. Al final, solo él sabrá qué lo llevó a tomar tan determinante e irreversible decisión; nos queda esperar que esté descansando en paz.

Salta de inmediato la paradoja. No fueron suficientes las memorables líneas de diálogo que pronunció para ayudar a los demás a encontrar el sentido de la vida aún en situaciones difíciles. Porque una cosa es interpretar un papel y otra es asumirlo en la vida personal: cierto, puede haber personajes que invaden al actor en cuanto sujeto, pero suelen ser los más oscuros o difíciles de encarnar. Quizá en los momentos difíciles recordó a su personaje de Más allá de la muerte (The Final Cut, 2004), un discreto editor de recuerdos.

Es así que en Insmonia (Nolan, 2002) y Retratos de una obsesión (One Hour Photo, Romanek, 2002), Robin McLaurin Williams (Chicago, 1951, Tiburón, California, 2014) alcanzó dos de sus mejores actuaciones, rompiendo el molde de papeles reconfortantes en los que estaba encasillándose, en las que representó a sendos hombres siniestros, solitarios y de una locura contenida a punto de esparcirse: fueron interpretaciones llenas de matices que denotaban compenetración con seres marginales invadidos de una perversidad que parecía rebasarlos.

El carpe diem, los sabios apuntes en la terapia, la desfachatez detrás del micrófono en tiempos de guerra, provocar la risa como remedio (casi) infalible, disfrazarse de mujer para ser el mejor padre del mundo y viajar en el tiempo buscando respuestas, se quedan como expresiones fílmicas que pueden trascender la pantalla y alcanzar nuestras vidas, aunque, desafortunadamente, no llegaron a subsanar la de su portavoz.

Después de pasar por la escuela de teatro Juilliard, se forjó en los durísimos clubes de comedia donde no hay más recursos que tu propio talento: ahí destacó su amplio registro gestual y de vocalizaciones, además de la rapidez para transitar de un estado de hilaridad absoluto a una seriedad agarrada con pinzas, únicamente esperando el momento para soltar la carcajada. Notable resultaba su capacidad para desdoblarse en personajes diversos sin necesidad de mayores ornamentos que las propias mutaciones en su postura corporal y sus tonos de voz, sustentadas en la velocidad mental para la improvisación.

Justamente esa habilidad para desarrollar diversas texturas y provocar ánimos múltiples a partir de la palabra hablada, se expresó efusivamente para darle diversidad de matices al genio liberado y cambiante de formas en Aladino (Clements y Musger, 1992) y Aladino y el rey de los ladrones (Stones, 1996), así como al locuaz Fender en Robots (Wedge y Saldanha, 2005), a Ramón y a Lovelace en las dos partes de Happy Feet: el pingüino (Miller y otros, 2006/2011)y a un perro en la todavía por terminar Absolutely Anything (Jones, 2015), al lado de Simon Pegg y los Monty Python encarnando a seres de otro planeta, o sea, como sí mismos; justo con ellos colaboró en Las aventuras del Barón Munchausen (1988), dirigida por Terry Gilliam, realizador de la entrañable Pescador de ilusiones (The Fisher King, 1991), en la que Williams encarna a un dolido sin techo junto a Jeff Bridges.


UN PROFESOR DE OTRO PLANETA

Debutó en el cine con Can I Do It ‘Till I Need Glasses?, una comedia que pasó desapercibida (Levy, 1977) para después participar en varios programas televisivos, entre los que se recuerda su brillante papel del extraterrestre Mork, descubierto en 1974 y que mereció un spin-off a finales de los setenta y principios de los ochenta. Robert Altman lo convocó para escenificar al marino fan de las espinacas en Popeye (1980) y George Roy Hill hizo lo propio para El mundo según Garp (1982), basada en la afamada novela de John Irving: fueron sus dos primeros protagónicos que sirvieron para cimentar una notable carrera actoral.

Participó después en varias series de TV y en los filmes The Survivors (Ritchie, 1983), junto a Walter Matthau; Moscú en Nueva York (Moscow on the Hudson, Mazursky, 1984), cual vehículo para lucir su cambio de acento; Lo mejor de la vida (The Best of Times, Spottiswoode, 1986), tratando de reeditar un partido de fútbol americano; la fallida Club Paraíso (Ramis, 1986) y Seize the Day (Cook, 1986), basada en la novela de Saul Bellow donde Williams interpreta con sentimiento a un vendedor que lo ha perdido todo, excepto la dignidad.

Logró despuntar en definitiva gracias a su rol como irreverente DJ tratando de cambiar el ánimo de las tropas en Buenos días Vietnam (1987)de Barry Levinson, bajo cuyas órdenes actuó en Juguetes (1992) y El hombre del año (2006), donde se convirtió en un inesperado candidato presidencial, papel que sí encarnó como Eisenhower en El mayordomo (The Butler, Daniels, 2013) y como Roosevelt en la saga de Una noche en el museo (Levy, 2006/2009/2014), cuya tercera entrega está en postproducción. Volvió a ser conductor radial en el thriller criminal Silencio en la noche (The Night Listener, Stettner, 2006) y participó en el documental televisivo Dear America: Letters Home from Vietnam (Couturié 1987), estructurado a partir de cartas reales escritas por los protagonistas de la absurda guerra de los sesenta. Con La sociedad de los poetas muertos (1989) de Peter Weir, se consolidó ante el gran público. Yo estudiaba la licenciatura en Pedagogía y recuerdo la emoción de ver cómo era posible romper con esquemas rígidos en el aula y convertir la práctica docente en un espacio y motor para la inspiración de los alumnos. La poesía se convertía, así, en el tuétano de la vida, aunque la fuerza de la realidad insista en imponerse.

Continuará.


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