Sonido & Visión

Reencuentros filiales

Las relaciones entre padres e hijos suelen tener una fuerte carga de complejidad, dados los fuertes vínculos que la naturaleza establece más allá de formas de ser, afinidades de carácter o simpatías ocasionales. Filmes que abordan esta relación desde la ausencia y el reencuentro con las implicaciones psicológicas del caso y explorando, de paso, las configuraciones familiares en continua transformación. Todas disponibles en nuestra ciudad en formatos varios.

“PHILOMENA”: EL PERDÓN COMO FORMA DE VIDA

Una mujer busca a su hijo cincuenta años después. Tras ser internada en un convento, como los bien retratados en el filme “En el nombre de Dios” (Magdalene Sisters, Mullan, 2002), cuando se embarazó siendo adolescente y dado su hijo en adopción, decide emprender una travesía emocional que acaso incluya la expiación de una culpa asumida, simplemente por haber procreado fuera del matrimonio. Para tal efecto, la ahora anciana contará con el impulso de su hija y del inesperado apoyo de un arrogante exfuncionario gubernamental caído en desgracia y que en alguna época fue corresponsal periodístico.

Coescrita, producida e interpretada por Steve Coogan y dirigida con gran equilibrio emocional por el veterano Stephen Frears (de Gumshoe, 1971 a Lady Vegas, 2012), “Philomena” (RU-EU-Francia, 2013) retoma el caso real de una sencilla madre irlandesa que emprende un periplo que la lleva hasta Washington para rastrear a su vástago. Como ya lo hiciera con “La reina” (2006), el realizador inglés sabe qué hacer con un material lleno de potencial que, en otras manos menos experimentadas, se hubiera convertido en una cursi película de algún canal televisivo especialista en proyectarlas e incluso producirlas.

Con prudente empleo del flashback y de imágenes grabadas en medios caseros, se reconstruye este proceso en el que finalmente los dos protagonistas terminan por entender no quiénes son, sino qué posibilidades tienen de transformarse: por supuesto que está presente un discurso explícito al respecto de la importancia de la tolerancia. De ahí se desprende una estructura conocida como buddy film, en la que las diferencias entre ambos terminan por ser los vínculos que los unen, sin caer en obviedades ni afectos artificiosos y hasta abriendo una discreta ventana para esbozar una sonrisa.

Las pequeñas historias humanas suelen ser más interesantes que las andanzas de los políticos (detrás está la gente, diría Serrat), como seguramente le quedó claro al periodista Martin Sixmith, siempre y cuando sean contadas como lo hizoFrears, dejando que sean los mismos personajes y sucesos quienes conmuevan, sin manipulaciones y chantajismos. Claro que para ello necesitas una actriz del tamaño de Judi Dench, capaz de transmitir todo el dolor, el perdón y la reconciliación posible solamente con una mirada de profunda comprensión y una actitud que oscila entre la sencillez de una mujer creyente y la sabiduría de una progenitora que sabe lo que significa el amor materno.

DE TAL PADRE, TAL HIJO: NATURA NO MATA CULTURA

Dos matrimonios contrastantes en nivel económico y comportamientos (considerando que son de Japón, donde las variaciones son mucho menores que en nuestro país), cuyos hijos rondan los siete años, son llamados por el hospital donde nacieron los pequeños para informarles que por un error fueron cambiados al momento de nacer; es decir: quien durante muchos años se pensaba que era sangre de tu sangre, resulta que es hijo biológico de otra pareja, aunque la educación que has propuesto sea propia de tus creencias, valores y supuestos. El dilema se dibuja de inmediato: natura o cultura.

Escrita y dirigida con la sensibilidad justa por el originario de Tokyo Hirokazu Kore-eda (Después de la vida, 1998; Nadie sabe, 2004; Kiseki, 2011) “De tal padre, tal hijo” (Japón, 2013) es una sencilla mirada a cómo se construye la personalidad con base en los contextos familiares donde los niños se desarrollan. Las expectativas depositadas en los hijos, por momento distantes de su propia felicidad, parecen dotar del contraste buscado por el realizador. La buena dirección de actores infantiles refuerza la verosimilitud del relato.

Mientras que los dos tipos de padres presentados bordan el estereotipo –un exitoso hombre de negocios medio histérico y un oportunista más alivianado– las madres parecen ser más conciliadoras, jugando un papel secundario en las decisiones que se van tomando dadas las circunstancias. El filme consigue mantenerse en la delgada línea que divide el melodrama genuino del típico esquema forzado de la sensiblería, gracias también a un sentido del humor no exento de momentos que invitan a la acción de los lagrimales, jugando con el esquema de los opuestos.

DULCE HIJO: FRANKENSTEIN POSTMODERNO

Un director teatral realiza una serie de audiciones en su departamento, mientras un joven intenta regresar a casa de su madre después de pasar muchos años en una institución. Ambos coinciden en el mismo edificio y el recién llegado, al hacer una prueba termina matando a una chica con la que realizaba una improvisada audición, dada su incapacidad para socializar. A partir de este desafortunado suceso, el adolescente se convierte en una especie de fugitivo al interior de esta construcción que funciona como alegoría de una vida sin posibilidad de futuro, por más que se busquen las salidas con la hermana o con el apoyo de la madre.

Escrita, dirigida e interpretada en tono seco y enérgico por Kornél Mundruczó (Delta, 2008), Dulce hijo (Hungría-Alemania-Austria, 2010) es una mirada actualizada y deprimente del Frankenstein de Mary Shelley, que retoma las dificultades de los jóvenes para insertarse en un tejido social tan cerrado como inhóspito, como bien se refleja en los encuadres de los interiores asfixiantes y de los espacios abiertos que solamente terminan por ofrecer vacío y soledad, incluso cuando por fin el protagonista parece encontrar cierta comprensión por parte de su padre.

 

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