Sonido & Visión

Pocos son los elegidos

“Un pesimista es un optimista con experiencia.” 

François Truffaut

 

Una joven entusiasta orientada a la acción (Britt Robertson, ya fuera de La cúpula) que busca la mejora de su entorno específicamente saboteando una central de la NASA y a pesar de maestros apáticos y reglamentos burocráticos, termina por conocer, gracias a ciertos designios provenientes de algún lugar en el futuro, a un desencantado científico (George Clooney) que en su niñez derrochaba genialidad y entusiasmo para el desarrollo tecnológico: ahora vive recluido en su casa, cuidándose de robots con sonrisa impecable y lamentándose por lo inconsciente que son las masas ante el evidente deterioro del planeta.

Ambos tendrán que luchar, apoyados por una niña con nombre de diosa griega que nunca crece físicamente (Raffey Cassidy), para evitar que el mundo termine colapsando, tal como se advierte en los cálculos más serios hechos en la tierra del mañana que da título al film, mundo de peligrosa perfección a cuyo cargo se encuentra un científico vuelto monarca: claro que estas predicciones son modificables según el crecimiento del nivel de optimismo y el consecuente descenso del grado de resignación.

Coescrita y dirigida por el prestigioso y usualmente brillante Brad Bird, responsable de algunos capítulos de Los Simpsons y de un trío de notables cintas animadas (El gigante de hierro, 1999; Los increíbles, 2004; Ratatouille, 2007), así como de una muy lograda película de franquicia (Misión imposible: protocolo fantasma, 2011), Tomorrowland (EU, 2014) es una historia de fantasía y ciencia ficción que parece empeñarse más en iluminarnos y aleccionarnos que en desarrollar una obra cinematográfica, no obstante los indudables valores fílmicas que se despliegan en su puesta en escena.

El guion de Damon Lindelof, quien se inició en la televisión y ha resultado ser mejor escritor directamente para el cine, como se muestra en Star Trek (2013), que adaptador de otras obras para el medio como las fallidas Cowboys & Aliens (2011) y Guerra mundial Z (2012), en la que se desperdició un estimulante material literario para terminar haciendo un filme convencional, acusa problemas que parecen ser una constante en varias de las películas en las que colabora. Aquí hay demasiada indefinición del foco central y acaso una carga ideológica que termina por entorpecer el desarrollo tanto de los personajes como del desarrollo argumental.

La premisa básica, además de basarse en un didactismo esperanzador muy al estilo Disney con todo y la habitual ausencia de la madre del personaje central entre otras constantes de esta casa productora, parece atravesada por algunas ideas de la filósofa rusa-estadounidense Ayn Rand, conocida por sus obras El manantial, llevada al cine y con fuerte énfasis en el individualismo, y La rebelión del Atlas, en la que plantea justamente la importancia de las personas que aportan descubrimientos y avances, en contraste con los demás mortales.

Esta filosofía, conocida como objetivista, niega toda postura religiosa dado su sustento racionalista y abraza el capitalismo a ultranza, limitando lo más posible la influencia del gobierno (aunque ya vimos lo que pasó por la falta de regulaciones hacia Wall Street en la crisis reciente). Una postura que desde luego se presta al análisis y la discusión y que barniza la idea central de la apuesta argumental de la cinta, coincidentemente con los planteamientos de la mayoría de los candidatos a puestos de representación popular, que nos hacen creer que las soluciones a los problemas están en su radio de decisión: puro voluntarismo simulador.

Como se puede derivar del film, la solución no está depositada en los cambios como producto de intensos y prolongados procesos sociales, sino en la determinación de individuos que se distinguen de las masas y persiguen sus objetivos sustentados por un egoísmo racional, en el que cada persona tiene derecho a vivir sin sacrificarse por los demás ni pedir que otros lo hagan por ella: sin embargo, en la historia sí pareciera deslizarse la idea, retomada por varias religiones, de la importancia de dar la vida por los demás sin esperar nada a cambio.

De pronto parece pesar más el énfasis en elementos como la arquitectura futurista y la moda de vanguardia que lucen los habitantes de tiempos por venir, que la propia historia y sus saltos tanto temporales como espaciales. Una propuesta visual de alcance emotivo cortesía de Claudio Miranda (Una aventura extraordinaria, 2012), combinando momentos llenos de color con penumbras apocalípticas, se integra a un score de cuidada asepsia, como la mayor parte de las escenografías que funcionan como escenario casi de parque de diversiones con mensaje.

El hecho de tomarse más en serio que lo que la propuesta amerita, le brinda también una solemnidad que alcanza niveles innecesarios en el epílogo. La torre Eiffel como pasaje, una mochila motorizada cual vehículo hacia el descubrimiento y los pines como símbolo de selección, esperando que unos cuantos de todos colores y sabores, nos salven a los demás de nuestras propias limitaciones y de nuestra incapacidad para darnos cuenta de la autodestrucción en la que estamos metidos hasta el cuello.


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