Sonido & Visión

"Perdida": escenas de un matrimonio

Al conocerse, un hombre y una mujer suelen mostrar su mejor cara en caso de que exista interés en el otro. Si la relación se consolida, entonces saltan a la vista las costuras que nos hacen humanos y reales, aunque puedan no ser tan agradables como aquellas primeras impresiones: surgen los puntos de quiebre que llevan a la ruptura, la indiferencia para sobrellevar el asunto o la aceptación y las ganas de seguir creciendo en conjunto. El problema surge cuando se deja de coincidir en expectativas y propósitos, cualquiera que éstos sean. En cualquier caso, se busca alcanzar ese estado difuso y siempre lejano que llamamos felicidad, peligrosamente obstaculizado por la simulación. Sabemos que en toda pareja que se precie existen luchas de poder, negociaciones interminables, momentos luminosos, melodramas intramuros y contrastes afectivos: se trata de la relación humana en la que se puede pasar del amor absoluto al odio profundo con sorprendente velocidad, dada la intensidad de los vínculos establecidos.

Ingmar Bergman nos presentó una nítida radiografía de una pareja en la miniserie Escenas de un matrimonio (1973) y tanto Woody Allen como Ang Lee reflexionaron al respecto en Maridos y esposas (1992) y La tormenta de hielo (1997), respectivamente; verse reflejados en otros puede ser confrontante como en ¿Quién le teme a Virgina Woolf? (Nichols, 1966), basada en la clásica obra escrita por Edward Albee o bien la relación puede terminar en batalla campal de humor negro como en La guerra de los Roses (DeVito, 1989).

Pero también el matrimonio puede ser una salida como sucede en el filme En contra la pared (Akin, 2004) y un motivo por el que vale la pena luchar a pesar de que todo parezca finiquitado, como en la agridulce Triste San Valentín (Cianfrance, 2010). Sarah Poley ha puesto la mirada en la infidelidad implícitamente reconocida en Take This Waltz (2011) y en Lejosde ella (2006), con base en un cuento de Alice Munro, atravesado por el tema del Alzheimer como en la obra maestra Amor (2012) de Michael Haneke.

El matrimonio como campo de batalla

Con una estructura narrativa que evita la linealidad y se detona a partir de una desaparición, como lo hizo en ambos sentidos aunque con distinto propósito François Ozon en 5 x 2 (2004) y en Bajo la arena (2000), respectivamente, David Fincher dirige Perdida (Gone Girl, EU, 2014), con su habitual capacidad para la creación de atmósferas que reflejan procesos de enrarecimiento (Seven, 1995; El club de la pelea, 1999; Zodiaco, 2007) y giros en los que lo que parece no es y viceversa (House of Cards, 2013) para entroncar con el thriller como lógica de género (Millennium: Los hombres que noamaban a las mujeres, 2011), siguiendo al maestro Hitchcock, toda proporción guardada.

La novela escrita por Gillian Flyn se desarrolla con la suficiente fluidez argumental y al mismo tiempo con la necesaria profundización en los contextos, circunstancias, sentidos y significados de los personajes, en la línea de la gran Patricia Highsmith (otra vez: toda proporción guardada), de la que parece haber aprendido ciertas claves literarias del género negro. El contraste de la vida neoyorquina con el medio oeste norteamericano, la omnipresencia de los centros comerciales, la crisis del empleo y sus consecuencias económicas, la voracidad de la prensa cual poder enjuiciador y los secretos que se escurren por las paredes de las casas una vez que la puerta se cierra.

La historia se organiza a partir de las percepciones de marido y mujer en diferentes etapas temporales para después confluir: él nos cuenta a partir de que su esposa desapareció justo cuando cumplen cinco años de casados, ya viviendo en Missouri, y ella nos va platicando desde que se conocieron y la gradual descomposición del vínculo afectivo, detonado en apariencia por la dependencia económica de él hacia el dinero de su esposa, una paulatina desvalorización mutua y un cambio de lugar de residencia no del todo asumido.

El guion escrito por la misma autora va siguiendo a su par literario, sintetizando pasajes y ajustando ciertos episodios que en el libro no valían tanto la pena, como la descripción del romance extramarital, aunque dejando de lado ciertos apuntes que impiden compenetrarse por completo con los esposos. En términos generales la adaptación funciona en pantalla, gracias a una adecuada selección y énfasis de los pasajes, además de la modificación que se propone para el desenlace.

Amy es una sofisticada mujer que escribe tests para revistas (Rosamund Pike, llena de matices), cuya vida fue idealizada por sus padres en una serie de novelas, un poco como le sucedía al personaje de Rachel Griffiths en Six Feet Under (2001-2005), sujeta a experimentación psicológica por parte de sus progenitores, mientras que Nick es un tipo común y corriente sin mayores méritos, más o menos agradable y que además de mentiroso, dice poco de lo que piensa (Ben Affleck, confirmando que es mejor director que actor).

Se consigue retomar con verosimilitud a los personajes secundarios clave, gracias a un notable trabajo de casting: la solidaria melliza con la que regentea el bar (Carrie Con); los padres de ella entre estirados y aprovechados (David Clennon y Lisa Bannes); la insulsa vecina, carne de cañón (Casey Wilson); la encargada del caso (Kim Dickens), en la vena de Frances McDormand como la policía de Fargo (Hermanos Coen, 1996); el oportunista abogado de risa al estilo del doctor de Los Simpson (Tyler Perry) y el misterioso ex novio (Neil Patrick Harris).

El desarrollo de la trama resulta cautivante, al grado de estar dispuesto a dejar pasar ciertas inconsistencias, particularmente referidas a las transformaciones de los personajes: quizá por momentos se abusa de la elipsis y es difícil pensar que una persona puede cambiar tan quitada de la pena, mostrando rasgos y formas de pensar que no se entiende bien de dónde salieron. ¿Será que el odio y rencor acumulado trastoque a tal grado la personalidad de alguien? Desde luego, ahí está la astucia para darle una nueva vuelta de tuerca al siniestro suceso cuando parecía haberse resuelto.

Los vaporosos teclados de la dupla habitual Reznor / Ross le brindan a las secuencias un extraño tono inicuo, bien contrastadas por la fotografía del viejo cómplice Jeff Cronenweth, en particular las tomas en interiores y capturando el indicativo trabajo de maquillaje y vestuarios para fortalecer los momentos anímicos de los protagonistas. Si uno quisiera abrir la cabeza de la pareja para desenrollar su cerebro y saber todo lo que piensa, hay que asumir las consecuencias. Cuidado con lo que deseas porque se te puede cumplir; o peor aún: cuidado cuando ni siquiera sabes qué deseas.

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