Sonido & Visión

2015: Octogésima séptima entrega del oscar

Son más prestigiosos, en términos estrictamente cinematográficos, los premios ganados en los Festivales —particularmente Cannes, Berlín y Venecia— que los que se obtienen en las entregas de las academias nacionales. La diferencia entre el Oscar y el resto de las premiaciones nacionales como los BAFTA, Goya, César, Premios Sur, David de Donatello, Sophia y hasta nuestros arieles, ya muy veniditos a menos, es la fuerte presencia mediática del cine estadunidense, además de que siguen siendo, en términos de industria y hablando en general, los más fuertes.

Así es que los óscares son un espectáculo, ni más ni menos, que se puede disfrutar en su justa dimensión, entendiendo la racionalidad con la que operan y desde qué lógicas deciden los miembros de la Academia estadounidense: ni considerarlos como la última palabra de la calidad fílmica, ni suponer que solamente se trata de una suma de frivolidades con fuerte carga mercadológica. Para no ir más lejos, basta ver las películas que fueron nominadas este año: nada de superproducciones o blockbusters, todas valen la pena y casi cualquiera merecía quedarse con el premio mayor.

Se puede estar o no de acuerdo con los resultados pero al menos no se dieron las injusticias flagrantes que se han presentado en entregas anteriores (ver el artículo de Nicolás Alvarado publicado el martes 24 en Milenio). Como en años pasados, la tendencia fue la distribución más que el arrasamiento. La última película que llenó el costal de estatuillas fue la tercera entrega de El señor de los anillos: El retorno del rey (Jackson, 2003), con once premios, y la ganadora más reciente de los cuatro reconocimientos considerados mayores (actor, actriz, director y película) fue El silencio de los inocentes (Demme, 1991), hace casi 25 años.

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A partir de ahí, hemos visto cómo los premios se reparten salomónicamente, quizá con la excepción de Quisieraser millonario (Boyle/Tandan, 2008), que se llevó ocho galardones. De hecho, en lo que va de la década, las películas ganadoras han alcanzado entre tres y cinco premios, no más. Este año no fue la excepción. Birdman, la mejor película de G. Iñárritu aunque no la que más me gustó de las nominadas, obtuvo cuatro óscares importantes (notable lo de lo Lubezki y bien dicho el asunto de los migrantes), mismo número que El gran hotel Budapest (mi favorita), aunque el peso de unos y otros es distinto, salvo que ambas se llevaron el reconocimiento a mejor guion.

La que mejor rendimiento tuvo en cuanto a la relación entre nominaciones y triunfos fue la estupenda Whiplash (5 a 3), mientras que El Código enigma fue la más baja (8 a 1), situación que no le resta ningún valor como la gran obra fílmica que es, al igual que a las también sólidas Foxcatcher, Mr. Turner, Boyhood o El francotirador, quedándose con una o ninguna estatuilla. Aquí queda claro que no porque una gane y otras pierdan se determina la calidad inferior o superior de unas y otras: estamos frente a un juego que puede ser divertido si no nos lo tomamos en serio.

A pesar del buen desempeño del anfitrión, la ceremonia tuvo sus altibajos y ciertos pasajes empezaban a provocar el descenso de los párpados. Se intentó hacer un número que uniera a las abuelitas (La novicia rebelde) con las nietas (Lady Gaga) sin resultados demasiado atractivos, más allá de corroborar que la cantante sí tiene voz, y determinados números musicales y discursos quedaron listos para el olvido inmediato.

Sin embargo, algunos momentos de buen humor y las diatribas políticas y sociales —igualdad racial, no discriminación sexual, salarios justos para las mujeres, buen trato a los migrantes, dedicatoria a personas que padecen alguna enfermedad, mantener la comunicación con los padres— le insuflaron vida a una entrega que empieza a acusar falta de sorpresa: ya sabemos que cuando alguna celebración de este tipo se vuelve predecible, entonces pierde interés; difícil disfrutar de un partido cuando sabemos el resultado de antemano.

Por ejemplo, los premios por actuación eran crónica de un reconocimiento anunciado, al igual que el galardón a la canción Glory del filme Selma (absurdamente ninguneada en varias categorías, aunque no creo que por conspirativas cuestiones raciales); a la película animada ganada por Grandes héroes (le iba a El cuento de la princesa Kaguya y no entendí por qué no apareció Lego: la película) y a efectos especiales para Interestelar, que quizá merecía estar en la lista de mejor película. También extrañé una mayor presencia de Vicio propio.

Quizá lo más importante en términos cinematográficos de esta ceremonia es la oportunidad que se le abre a ciertas películas para alcanzar una mayor distribución, particularmente en el caso de los cortometrajes, los documentales y las cintas de otras latitudes: así, películas como la polaca Ida, los documentales CitizenFour y Crisis Hot Line: Veterans Press 1, y los cortos The Phone Call y Feast, además del resto de los nominados, tendrán mayores posibilidades de llegar a más ojos alrededor del mundo.

Además, un poco desapercibidos pero muy importantes son los premios honorarios, que en este año fueron para el brillante guionista y teórico Jean-Claude Carrière, colaborador de Luis Buñuel; la reconocida actriz y cantante Maureen O’Hara, y el gigante de la animación mundial, el sensible director Hayao Miyazaki que recién anunció su retiro: ojalá lo reconsidere.

Esperemos que para los galardonados esta noche, el reconocimiento se convierta en un acicate para seguir mejorando y no, como hemos visto en muchos casos, una especie de maldición del objetivo alcanzado: con el Oscar en su chimenea pero con su carrera dando penosos tumbos o, simplemente, desaparecida.

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