Sonido & Visión

Mundial 2014: tan lejos y tan cerca

Después del desasosiego de una semifinal que a todos nos dejó perplejos, más allá de filias y fobias, nos encontramos con un partido que nos regresa, de alguna manera, a nuestra zona de seguridad, con un desarrollo marcado por un absoluto equilibrio y 22 sujetos más los que se fueron adjuntando, desparramando su potencialidad en el terreno de juego. Un encuentro en el que cualquier equipo podía resultar un justo vencedor y un digno derrotado, sin nada que reprochar a casa y con mucho que celebrar en términos futbolísticos.

Mucha historia mundialista entre estos dos habituales de las fases finales: en Alemania 74, con Cruyff como gran líder, los europeos barrieron a los americanos, pero cuatro años más tarde, con el empuje de Kempes, los argentinos le ganaron en la final a los holandeses, con todo y el fantasma de la dictadura recorriendo el estadio. En Francia 98, una vez más los de naranja vencieron a los albicelestes en la ronda de cuartos y en el 2006, ambos equipos se anularon con un empate sin goles en la fase de grupos. El espíritu de Alfedo Di Stéfano se apareció en el homenaje y en la entereza mostrada a lo largo de los 120 minutos, los mejores de Argentina en lo que va de la copa como conjunto y los más discretos en cuanto a individualidades: las dos formas de ganar en el futbol pasan por el funcionamiento colectivo sin mancha, como lo ha hecho Alemania, o gracias a ciertos iluminados que de pronto aparecen con la playera y resuelven el bucle que implica un enfrentamiento apretado.

Una semifinal definida por la alternancia

Todo un partido altamente disputado con un primer medio de ligero dominio pampero y una segunda parte con cierta referencia tulipán, aunque el rasgo central del desarrollo del encuentro fue la alternancia, como si se tratara del mejor camino político para disfrutar de un futbol no apto para quienes solo valoran los peligros en puerta, sino más bien para aquellos que gustan de apreciar los procesos, más que los resultados. Un ingrediente sustancial para disfrutar un juego con independencia de tener un favorito, tiene que ver con la paridad de fuerzas.

La lucha no solo fue por la posesión de la pelota, sino por los espacios: fue un enfrentamiento más geográfico y territorial que ofensivo; una muestra de que este deporte, en la mayoría de sus ámbitos, sigue siendo de conjunto, salvo algunos casos esporádicos en los que algún genio se aparece para inclinar la balanza de manera irreversible. El campo se convirtió en un logro por conquistar, aunado a tener el balón en los pies y hacerlo rodar por esos terruños que se buscaban asumir como propios.

Escasas llegadas a puerta contraria más por la efectividad en defensa que por la displicencia a la hora de ir a buscar el partido. Dos hombres tenían ante sí los reflectores que parecían no asumir del todo: Robben y Messi; dos hombres jalaron hacia sí las luces como dejando claro que este juego no solo se trata de talento hacia delante, sino de construcción desde abajo y a partir de organizar toda el juego desde las bases: Mascherano y Vlaar.

El primero dominó el círculo central, se conmocionó y regresó para aventarse una barrida crucial ante el hombre de aceleración imposible, al minuto noventa; el segundo desafió a la lógica evitando que el mejor del planeta se fuera con la pelota hacia el área no una, sino dos veces, al menos. La belleza del futbol también está en los lances salvíficos y no solamente en los definitorios, porque vale tanto evitar un gol prácticamente cocinado que sacudir las redes para mover el marcador.

El tránsito del juego le dio el momento a los técnicos para jugar a una partida de ajedrez que parecía estar destinada a las tablas desde el silbatazo inicial: si Dios no juega a los dados, la gente de la banca menos, así tengas un futuro promisorio o no vislumbres qué vas a hacer el próximo lunes. Con los cambios agotados para las dos selecciones, el desenlace no admitía ases bajo la manga ni sorpresas al filo del tiempo: con los que estaban había que jugarse la tanda de penales, tan futbolera y tan azarosa, tan propicia para generar héroes y chivos expiatorios: porque los unos, en estos casos, no existen sin los otros.

En efecto, el futbol siempre da oportunidades inesperadas para el heroísmo o para el escarnio: para eso están los penales. Entonces Sergio Romero, un portero que dejaba dudas desde su titularidad, se convierte en hombre clave para trasladar a su selección a la final de la copa del mundo. El arquero titular holandés, ahora responsable de la portería también en estos fusilamientos, no consiguió hacer lo que su suplente sí apenas hace unos días. Pero también el futbol abre la alternativa para resarcirse consigo mismo y con el vociferante entorno, sobre todo para tipos como Sneijder y el propio Vlaar, que quizá recuerde más la única que falló, contra todas las que evitó.

Holanda sigue siendo una selección poderosa que no alcanza a dar el salto definitivo, el paso más largo que implica entrar a la liga de los países capaces de ganar un campeonato: se lo merecían en 1974 pero para desafiar a la historia, ahí estuvieron, otra vez, los alemanes. Si continúan así con una dosis de paciencia, el título no tardará en llegar. En el imaginario colectivo, el concepto de la naranja mecánica tiene tres referentes, al menos: la novela distópica de Anthony Burgess, la inquietante película de Stanley Kubrick y un equipo de futbol que siempre está ahí, viviendo los torneos en los que participa hasta las últimas instancias, esperando una redención distinta a la de Alex, el protagonista de la historia.

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