Sonido & Visión

Mundial 2014: buscando américa

Como lo cantaba Rubén Blades y sus Seis del solar. El día mundialista de hoy fue todo América, en específico el cono sur., no hay partidos más ríspidos y sanguíneos que los que suelen escenificar selecciones de la misma región, sobre todo cuando se trata de equipos latinoamericanos, con esas rivalidades añejas y pasionales en las que se entremezclan las fronteras y culturas.

Un buen ejemplo de cómo llega la sangre al río lo protagonizaron las selecciones de Honduras y el Salvador. Publicado originalmente en 1988 y traducido al español poco después, La guerra del fútbol (Anagrama, 1992) es una colección de reportajes escritos por Ryszard Kapuściński (Pinsk, 1932 – Varsovia, 2007), el atrevido corresponsal de guerra más conocido del mundo, periodista de alcance mítico y narrador excepcional que parece llevarte justo al lugar de los hechos para que, como lector, puedas ser por completo empático con las experiencias relatadas.

Aquí comparte de manera cercana su estancia sufrida en Tegucigalpa ,a donde viajó poco antes de que se desatara la guerra de los 100 días, llamada como el título del volumen, después de los partidos eliminatorios a visita recíproca para el mundial de 1970, en los que ambas aficiones maltrataron a los jugadores rivales y que, con el acicate del suicidio de una joven salvadoreña, derivaron en un ataque por parte de El Salvador, con más poderío bélico, en tierras hondureñas.

La intervención de países latinoamericanos detuvo el conflicto armado, aunque no el problema de fondo, y el partido decisivo para el pase se jugó en México, con victoria salvadoreña: en este caso, el fútbol fue un escenario más del encono entre ambas naciones. Pero como apunta el autor de Los cínicos no sirven para este oficio, más allá de las disputas futboleras, existían tensas relaciones de los campesino migrantes en la frontera, aunada a la insensibilidad de ambos gobiernos; por si no bastara, ahí estaban los intereses inmiscuidos del gobierno de Estados Unidos y de la compañía United Fruit.

HISTORIAS DEL FÚTBOL

Con el fútbol como columna vertebral y el retrato social como el esqueleto narrativo, Andrés Wood presenta un trío de relatos estructurados como si de un partido se tratara, con todo y el tiempo extra. Historias de fútbol (Chile, 1997)  inicia con el primer tiempo o No le crea, revisando el tema del soborno; continúa con el segundo tiempo o Último gol gana, en donde un niño juega toda la tarde pero pierde el dinero de su madre, y finaliza con el alargue o Pasión de multitudes, con un joven varado en una isla mientras se disputa un partido decisivo de la selección, situación que parecen querer aprovechar un par de hermanas.

Otra historia con tintes de dramatismo se escribió en el campo Mineirão de Belo Horizonte. Desde el canto de los himnos con secuencias a capela, se advertía que el enfrentamiento iba en serio y que el excesivo respeto histórico de los andinos hacia los cariocas, podía empezar a equilibrarse para poderse tutear: en efecto, estos bajitos futbolistas de gran altura y corazón palpitante le jugaron al anfitrión y pentacampeón sin pensar en pasados y blasones.

Con un sólido aparato defensivo y aprovechando la desesperante pausa y manejo de balón de Vidal y el dinamismo de Alexis Sánchez, que se quería deshacer hasta del short, los chilenos eliminaron distancias ancestrales. Alta tensión nerviosa que afectaba más a los brasileños, cargando con la presión de la localía y la condición de favorito, que a veces se convierten en jugadores en contra.

Trazos largos, poco tejido cuidadoso, mucha más fuerza que gambeta y más equivocaciones que aciertos, como cabría esperar en un duelo de tintes campales. Los jugadores talentosos cedieron protagonismo a los que resuelven las jugadas con el esfuerzo físico, más que con el mental. Un gol por bando no tanto desde una lógica constructiva, sino más bien de aprovechamiento. En varios episodios el partido se sumió  en una atmósfera asfixiante y el miedo al error se convirtió en el motivo para buscar adelantar líneas.

Julio César y Bravo realizan sendas paradas a la altura de su experiencia el primero y de su proyección el segundo. Tiempos extras extenuantes en los que solo Hulk se mantuvo en el tono verdoso necesario y resultó ser el más combativo al frente, usando su enojo transformador. Queda desmentido el complot del arbitraje para apoyar a Brasil, quien necesita mejorar mucho su juego colectivo: tendrá que recuperar la memoria.

A SOL Y SOMBRA

Dice Eduardo Galeano (Montevideo, 1940), uno de los principales escritores de izquierda en Latinoamérica: “Como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol. Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero solo de noche, mientras dormía: durante el día era el peor pata de palo que se ha visto en los campitos de mi país…Han pasado los años, y a la larga he terminado por asumir mi identidad: yo no soy más que un mendigo de buen fútbol” (Fútbol a sol y sombra, Siglo XXI, 1995).

Y continúa: “Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: Una linda jugadita, por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece.” El también autor de Su majestad el fútbol (1968), habrá deseado que ganara Uruguay pero quizá celebró los milagros que nos regaló la selección colombiana, la de mayor inspiración artística con la que cuenta el certamen.

Un partido en el que Colombia intentaba con algunos apuntes estéticos y Uruguay esperaba sin mayor trascendencia, hasta que cerca de la media hora James Rodríguez se acordó del desbordante talento que tiene en sus pies: control de pecho fuera del área, un cuarto de vuelta y sin dejar que el balón se ensuciara, volea exacta que apenas alcanza a rozar Muslera, engrandeciendo la belleza de la jugada, para pegar en la parte baja del travesaño y picar dentro de la tierra prometida. El gol del mundial hasta ahora.

Pronto en el segundo tiempo, un bordado fino de exportación adornado por un servicio magistral de Cuadrado con la cabeza, para que el propio Rodríguez estampara la firma definitiva que sellara el segundo tanto, provocando, por si no era suficiente, un mayor desconcierto entre los uruguayos, incluyendo a su sapiente técnico que con dos cambios simultáneos intentó darle un viraje al rumbo desolador de su selección, que al final no pudo con rivales americanos, en contraste con su desempeño frente a los campeones europeos. Con la modestia por delante como siempre, Pékerman ha conseguido integrar un cuadro en el que cabe el virtuosismo y la eficacia por partes iguales: de cuatro, cuatro.

 

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