Sonido & Visión

Mad Max: camino a la redención

En la cúspide de los taquillazos previos al verano, un filme proyectado en Cannes fuera de concurso se ha convertido en la grata sorpresa del mainstream en lo que va del año. Uno acaba recibiendo una recompensa mayor, en términos de experiencia fílmica, de lo que se podría suponer antes de ingresar a la sala. Eso sí, las cartas se ponen sobre la mesa desde un inicio y no hay pretensiones ni expectativas falsas.

Coescrita y dirigida con inusual brío e intensidad a prueba de apocalípticas realidades por el australiano George Miller (Las brujas de Eastwick, 1987; Un milagro para Lorenzo, 1992), resucitando su propia saga iniciada a finales de los setenta (1979, 1981, 1985), Mad Max: Furia en el camino (Australia- EU, 2015) es una prototípica película de acción que fusiona con desparpajo el western y la road movie con la mirada de género y el apunte social, a través de una puesta en escena frenética cuyos contextos polvosos y rocosos sirven como metáfora de la dificultad para encontrar un camino hacia la redención o, al menos, que brinde un poco de sentido a una existencia extraviada.

Max (Tom Hardy, expresivamente silencioso) vaga sin rumbo por los inhóspitos parajes de un mundo moribundo, sobreviviendo con la ingesta de algún insecto descuidado, soportando a los fantasmas de su pasado y evitando a potenciales enemigos, hasta que es capturado por el clan de Inmortan Joe (Hugh Keays-Byrne, quien encarnó a Toecutter en la primera entrega), un enloquecido dictador con máscara y caparazón que promete el cielo a sus embrutecidos guerreros, unos fanáticos pseudoreligiosos dispuestos a inmolarse que se alimentan de prisioneros vueltos sacos de sangre.

De vez en vez abre las puertas del paraíso para darle agua a los menesterosos para hacerse el divino, literalmente, apoyado por su hermano casi inmóvil y una corte siniestra. Una mujer clave de su clan se rebela y rompe las órdenes para emprender graciosa huida con una valiosísima carga, con la consecuente furia del líder y de sus fuertes pero no muy lúcidos retoños, quienes se aventurarán, junto con otros grupúsculos de primitivas maneras, a una carrera de locos para dar alcance al camión traicionero, entre puertas rocosas a punto de caerse siempre bien vigiladas, tormentas de arena enceguecedoras y azulosas oscuridades implacables.

El director de la secuela Babe, el puerquito va a la ciudad (1998), de la emotiva Happy Feet (2006) y de su poco afortunada secuela Happy Feet 2 (2011), ha vuelto a sus orígenes en esta intensa y violenta cinta que, aunque parece avanzar en círculos, nos mantiene con la adrenalina fluyendo, sobre todo por el logrado trabajo que se desarrolla en las secuencias de acción, con una orientación más artesanal y prescindiendo en lo posible de trucos digitales: tanto las secuencias en exteriores, que abarcan la mayor parte del filme, como las que se despliegan en interiores, rezuman sangre, sudor y lágrimas. Notable el trabajo de los stunts con todo y sus acrobacias.

Rápidas y furiosas

Es destacable la perspectiva femenina de la historia, en cuanto a los roles que desempeñan y las características de los personajes: desde la heroína Furiosa, una mujer tullida que busca la redención y de paso guiar a sus congéneres a la verdosa tierra prometida, hasta el harem en plena rebelión intentando cambiar el destino de sus vidas; de ahí, por supuesto, el grupo de experimentadas motociclistas que cuidan las semillas del futuro, como las guardianas de la única posibilidad de trascendencia.

El casting es particularmente heterogéneo: la doliente fiereza de Charlize Theron, la sabiduría ancestral de Melissa Jafer y la aguerrida actitud de Zoë Kravitz, mientras que las otras jóvenes están interpretadas principalmente por modelos dispuestas a ensuciarse más allá de las pasarelas (Riley Keough, Rosie Huntington-Whiteley, Abbey Lee, Courtney Eaton). Son mujeres que se rebelan ante su impuesto papel reproductivo para engrosar las filas del ejército blanquecino, en un mundo reducido a su estado sólido, donde los líquidos se convierten en tesoros: la leche materna, el agua y la gasolina valen como moneda de cambio.

El atronador score de Junkie XL, incluyendo los desquiciados requintos del siniestro guitarrista al frente del automóvil y los resonantes tambores de la guerra, le inyecta mayor vitalidad, por si lo necesitara, a una cinta que es energía pura y dura, sin descuidar el necesario desarrollo dramático de los personajes, como se verifica en la ambigüedad de Nux, representado con los necesarios matices por Nicolas Hoult.

El trabajo de ambientación, vestuario y maquillaje, así como el estrafalario y agresivo diseño de los arreglos a los diferentes automóviles, consiguen crear el ambiente justo para haceros sentir en terrenos de salvaje desolación, dentro de los cuales, no obstante, se pueden capturar algunas estampas de aliento surrealista, como los hombres-cuervo avanzando en zancos por el lodazal y algún plano general que muestra cierta pureza emergiendo entre la completa decadencia social.

Búsqueda vagabunda

En esta vertiente fílmica de presentar mundos devastados ecológica, económica y moralmente, llega una cinta en formato de video que sigue a un hombre tratando de recuperar el auto que le fue robado, entre escenarios abandonados, polvorientos e infértiles. Para tal propósito, termina viajando junto con el hermano de uno de los que lo asaltaron para que lo conduzca hasta su destino no pedido.

Dirigida por David Michôd (Animal Kingdom, 2010), coescrita junto con Joel Edgerton, e interpretada por Guy Pearce y Robert Pattinson, El cazador (The Rover, Autralia-EU, 2014) muestra la manera en la que una pequeña posesión cobra un sentido distinto según la circunstancia, en particular dentro de un entorno en el que solo priva la ley del más fuerte. El tono pesimista invade toda la propuesta escénica y argumental.

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