Sonido & Visión

Lou Reed: en el satélite de un día perfecto

Mis hijos y yo estábamos escuchando el nuevo disco de Peter Gabriel, integrado por versiones de sus canciones interpretadas por otros artistas: el último corte del álbum es una reconstrucción inquietante de Solsbury Hill, cortesía de Lou Reed y que quizá, no lo sé de cierto, sea la última grabación del poeta convertido en rockero primigenio. Mientras les iba platicando sobre los intérpretes que participaron en la grabación del ex líder de Genesis, me preguntaron cuál era mi grupo favorito; ante la complicada pregunta de respuesta cambiante según la etapa de la vida en la que uno ande, empecé a soltar nombres, entre los cuales apareció, desde luego, The Velvet Underground.

Bajo la tutela de Andy Warhol con todo y su icónico plátano listo para pelarse despacio, firmaron junto con la gélida y enigmática Nico, The Velvet Underground (1967), acaso el debut más trascendente de la historia: no solo fue el año del Sargento Pimienta, sino también de cómo el rock descubrió una vertiente de crudeza artística, gracias a la combinación de talentos de John Cale y el propio Reed, con el apoyo de Maureen Tucker y Sterling Morrison (q.e.pd.): el poder de las flores encontraba su contraparte en la frialdad de los callejones urbanos, donde los marginados sobrevivían a sus propias adicciones y soledades perturbadoras.

Con estos niveles de intensidad, no se puede durar demasiado: vinieron puras obras maestras –White Light/White Heat (1968), The Velvet Underground (1969), Loaded (1970)– y el cuarteto se transfiguró en una impronta que permanece hasta nuestros días: la cara descarnada del rock que después tomaría muchos nombres –punk, hardcore, noise, indie, no wave– se había fusionado con las vanguardias poéticas y musicales que crecían incontenibles en el Nueva York de los 70. La trascendencia de la banda, incluso equiparable a la de The Beatles, sigue advirtiéndose en la forma en que cientos de grupos han bebido de sus pócimas desgarradoras, como bien lo advirtió Brian Eno en su momento.

Alcanzaron el reconocimiento años después de su desintegración, como corresponde a los grandes grupos de culto y se constituyeron como la antítesis de la complacencia, plasmando en sus letras una realidad inédita para el rock, en las que identificaron la cara rabiosamente realista de las experiencias relacionadas con la esperanza, confianza y amor: en cambio, su narrativa estaba habitada por la pérdida, la desesperación y la transgresión. Es el mundo del terciopelo subterráneo, descomponiéndose muy por debajo de la epidermis en donde cohabitan los marginados, las drogas y la muerte en sus múltiples formas.

El lado salvaje del sucio bulevar

Más allá del extenso anecdotario que rodea a Lou Reed está su fuerte presencia como ícono cultural, específicamente en los campos de la poesía y la música: nació el 2 de marzo de 1942 en Freeport, Long Island, en el seno de una familia clasemediera. A los 14 años grabó su primer disco (So Blue, 1957), reeditado en una recopilación pirata. Formó su primera banda en el bachillerato y empezó a dejarse influenciar por gente del tamaño del músico Ornette Coleman y del poeta Delmore Schwartz.

Después de su paso por The Velvet Underground, inició una fértil carrera en solitario con Lou Reed (1972), seguido por los extraordinarios Transfomer (1972) en el que se transfiguró en músico glam con la producción de David Bowie, y el profundamente depresivo Berlin (1973), obra maestra sobre un perverso triángulo amoroso. Predominaban los parloteos con los dientes apretados, más que los cantos a pulmón abierto; su escritura sangraba sin redención; no componía, sufría; lo suyo era más el exorcismo que la mera interpretación.Su siguiente trabajo, Rock’n’ Roll Animal (1974), se convirtió en un clásico de los setentas por el manejo de la guitarra cual arma desestabilizadora, vuelto en efecto, una bestia musitante.

Vendría un periodo de altibajos con álbumes en vivo, recopilaciones y de estudio, entre los que grabó el exitoso Sally Can’t Dance (1974); el experimentalmente fallido Metal Machine Music (1975); el restaurador Coney Island Baby (1976) y el irregular Rock and Roll Heart (1976). Cerró la década con Street Hassle (1978), drama de degradación y redención, y con The Bells (1979), disco anticipatorio de los rumbos por venir. Estos años, no obstante, lo consolidaron como una de las personalidades más importantes de la escena rockera, alcanzando uno de sus sueños: ser uno de los más grandes escritores en la tierra de Dios, como él mismo lo declararía en una entrevista de 1979.

Los 80 arrancaron con el transicional Growing Up in Public (1980), álbum que antecedió a The Blue Mask (1981), de una consistencia sorprendente y un optimismo inusual en el maestro de la corrosión: se trató de una de sus mejores obras. El impulso creativo renovado alcanzó para Legendary Hearts (1983) y New Sensations (1984). Después del fallido Mistrial (1986), apareció New York (1989), imprescindible retrato que se sumaba a los aportados por otros oriundos notables –cineastas, poetas, pintores, escritores– sobre las palpitaciones de este efervescente centro urbano.

A finales de esta década, Reed se reunió con John Cale, su ex compañero de Velvet y con quien siempre mantuvo una conflictiva relación, para grabar un disco homenaje a Andy Warhol llamado Songs from Drella (1990), a manera de tributo solo en apariencia tardía con quien fuera su mentor artístico: jugada reconciliatoria de tres bandas. Otra antología en álbum triple apareció en 1992 al tiempo que una profunda reflexión sobre el amor y la muerte se plasmaba en Magic and Loss (1992), disco clave con el que se presentó en nuestro país; al año siguiente, la última reunión de Velvet Underground, a manera testamentaria.

El éxtasis de la transgresión

Con letras impresas en nuestro idioma y ánimo renovado, se editó Set the Twilight Reeling (1996), predecesor de Ecstasy (2000), en donde el hablado entre dientes y la ácida guitarra se entremezclan con machaconas percusiones, bajo incansable de Fernando Saunders y atrevimientos del saxofón tenor de Paul Shapiro, así como del violín eléctrico de la artista conceptual Laurie Anderson, su ahora viuda que lo salvó de sí mismo. En colaboración con Robert Wilson, grabó POE-try (2001), siniestro homenaje a Edgar Allan Poe, maestro relator de la noche y sus andanzas, que continuó con The Raven. Animal Serenade (2004), álbum doble en vivo que incluyó también un recuerdo del concierto del disco de 1974.

Volviendo al tono experimental, ahora desde una perspectiva reflexiva, presentó Hudson River Wind Meditations (2007), al que le siguió en forma contrastante el teatral Lulu (2011), grabado con una inesperada banda conocida por todos y que responde al nombre de Metallica. Hace unos días, nos despertamos con la triste noticia del fallecimiento de este hombre capaz de transformar la natural agresión en arte, integrando tensas calmas en sus melodías, de pronto explotadas en contradicciones, transgresiones, ironías y ensanchamientos de horizontes, justo para tener un día perfecto.