Sonido & Visión

Kraftwerk: Yo, Robot

Existen grupos notables que al paso de los años son más reconocidos gracias a su sensible influencia en géneros y bandas que incluso por sus propias producciones: son como los sembradores, cuya labor no se nota tanto como la de los cosechadores. De ahí que acercarse directamente a su propuesta, usualmente convertida en culto, nos puede deparar grandes sorpresas y revelaciones, además de permitirnos comprender en qué radica su enorme prestigio entre los entendidos, sobre todo después de pasado algún tiempo que permite valorar con mayor certeza qué tan clásica es una obra o grupo.

Un buen ejemplo es Kraftwerk, nexo estético entre la electrónica de origen clásico-experimental y el mundo del rock, entre las propuestas minimalistas y el synthpop, con todo y sus herméticos sabores funkies.Si bien en los años setenta alcanzaron una importante notoriedad, hoy en día parece ser un grupo exclusivo para los iniciados y arqueólogos que buscan las raíces de la electrónica en el mundo de la música: como apunta Half Nelson, “la importancia de una banda puede medirse en diversos ámbitos que quedarían reducidos a tres: repercusión popular, prestigio crítico y respeto por parte de otros artistas” (en Blánquez y Morera, Loops, una historia de la música electrónica, Reservoir Books, 2002).

Dejaron su impronta en buena parte de la música ochentera basada en teclados y en la música electrónica que tomó por asalto la década noventera: de alguna manera, en acordes, guiños o imagen, el cambiante cuarteto de Düsseldorf se ha hecho presente a través de otros artistas que siguen su paradójica ruta, como si fuera trazada por un robot con sensibilidad y corazón de poeta, palpitando detrás de esa aparente presencia imperturbablemente gélida.

Junto con Can y Tangerine Dream formaron el movimiento conocido como Krautrock, dentro del contexto alemán de los sincretismos musicales que se desarrollaron en los años sesenta: la música clásica y la popular encontraban vasos comunicantes de recíproca realimentación. Estudiantes en el conservatorio, Florian Schneider y Ralf Hütter trabajaron juntos en la banda Organisation y, tras participar en un disco, salieron para conformar el grupo con el que serán recordados, junto a varios músicos de breves estancias. Debutaron con Kraftwerk 1 (1971), en el que se empezó a plantear la ruta a seguir, con identificables esbozos de su propuesta ulterior.

El espíritu robótico cobró más forma en Kraftwerk 2 (1972) y con Ralph and Florian (1973) se consolidó lo suficiente como para allanar el camino: en efecto, el seminal Autobahn (1974) abrió la puerta para la producción de sus obras maestras setenteras. El encendido de un coche parece dar marcha simbólica primero al prolongado corte titular, con un sintetizador Minimoog generando melodía reconocible y coros reiterativos, y después a la cimentación de un estilo que en su aparente frialdad y exactitud dejaba la mesa puesta para que la electrónica se instalara en la forma de entender la composición en el mundo de la música popular.

Soñando con ovejas eléctricas

Radio-Activity (1975) resultó ser un álbum conceptual sobre la idea de la comunicación a través de ese medio que todavía subsiste a pesar del imparable desarrollo en esta área: las ondas radiales se esparcen vía los teclados de alcance abstracto. Su obra más reconocida, Trans Europa Express (1977) se convirtió en “un álbum claramente anticipatorio, en el sentido de que preludió el triunfal advenimiento del tecno-pop y de unos nuevos románticos fascinados por la idea de una Europa utópica, inexistente. De hecho, todo el disco es un canto a Europa, a sus mitos y fantasmas” (Luis Lles en Los 200 mejores discos del siglo XX, Rockdelux, 2002).

Como apunta la Rolling Stone en The 500 Greatest Albums of All Time (2005), la distinción entre los hombres y las máquinas quedó eliminada gracias a los grooves provenientes de la música disco y a la influencia de Brian Eno y Afrika Bambaataa, quien a su vez retomó el tema titular para su célebre sencillo Planet Rock (1982). La escucha del disco se siente como un viaje en tren por una Europa que busca olvidarse de las guerras y mirar hacia un futuro, acaso todavía difuso, en el que suene una música integrativa.

La integración entre el ser humano y la máquina alcanzó su plenitud con The Man Machine (1978), porque bajo la consigna de we are the robots se desprendía un gusto melódico que después se advertiría en grupos como Depeche Mode, Pet Shop Boys y OMD. Los artefactos, entendidos como una construcción social, parecen retomarse como mediadores y facilitadores de las relaciones humanas al punto de confundirse, como si se tratara de otras entidades orgánicas: el hombre máquina sigue estando presente en el imaginario colectivo.

La llegada de la década de los ochenta estuvo anunciada por Computer World (1981), como si se tratara de un soundtrack anticipatorio del filme Ella (Jonze, 2013), sobre todo por la reflexión que se desprende de Computer Love, en cuanto a la omnipresencia de los desarrollos tecnológicos centrados en la informática; durante estos años, en medio del auge del uso de sintetizadores y cajas de ritmos del cual fueron en parte precursores, presentaron Electric Café (1986), un poco a manera de cerrojazo para sumirse en un silencio que parecía definitivo, a pesar de la aparición del recopilatorio The Mix (1991).

Poco antes de acabar el milenio grabaron el sencillo Expo 2000 que sirvió de lanzamiento para algunos conciertos, mientras que ya con el suéter amarillo por derecho propio, presentaron Tour de France. Soundtracks (2003), rememorando y reconstruyendo la clásica canción de 1983, además de incorporar material nuevo, ya aprovechando los avances tecnológicos, como cabría esperar. El disco en vivo Minimum-Maximum (2005) resulta una buena muestra de sus dotes para crear escenarios de estética electrónica en vivo y a todo color.

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