Sonido & Visión

Interestelar: las estrellas miran hacia abajo

“Do not go gentle into that good night,

 Old age should burn and rave at close of day;

 Rage, rage against the dying of the light”.

Dylan Thomas

 

Que el amor pueda trascender tiempos y espacios es una perspectiva poderosa, no cursi. Si ese amor se fortalece con los hijos y se conecta a la humanidad, entonces somos capaces de emprender hazañas que no hubiéramos pensando lograr: porque acercarse al final con la imagen del rostro de los vástagos invadiendo la mente, quizá motive a dar marcha atrás y volver a la vida, acaso en alguna dimensión paralela donde podamos seguir acompañando y ayudando a quienes se quedaron en un hábitat moribundo.

Dirigida y coescrita con familiar aproximación por Christopher Nolan, en colaboración con su hermano Jonathan, cual nueva fase para la historia de la humanidad y con el referente del gigante “2001: Odisea del espacio” (Kubrick, 1968), hasta en el contraste del esquinado TARS (voz de Bill Irwin) con Hal-9000, “Interestelar” (Interstellar, EU, 2014) es una alegoría de la relación entre padres e hijos como base para la continuidad de la especie: la posibilidad de perpetuarnos no parece estar en la búsqueda un nuevo planeta donde vivir –no hay otro más que el que tenemos– sino en ayudar a que las próximas generaciones sean la mirada a futuro de las actuales.

Un hombre viudo, ex piloto de la NASA ahora convertido en agrónomo (Matthew McConaughey, confirmando su estatus actoral), vive con su suegro (John Lithgow, ya instalado en la tercer roca del sol) y sus dos hijos, un joven obediente (Timothée Chalamet) y una niña de inteligente rebeldía con problemas en la escuela (Mackenzie Foy) que recibe misteriosos mensajes de una especie de fantasma en la máquina (recordando a Koestler), a manera de inesperados “Encuentros del tercer tipo” (Spielberg, 1977) y refiriendo a “Solaris” (Tarkovsky, 1972) en su dimensión metafísica.

Todavía mirando más el polvo de estrellas que el de sus zapatos, el explorador que nunca ha dejado de serlo, se topa con un proyecto secreto para viajar por el cosmos y buscar un nuevo planeta para la humanidad si es que hay regreso (Plan A) o dejar una especie de impronta para florecer allá, sacrificando a todo mundo conocido (Plan B). Lo acompañan tres tripulantes, incluyendo a la hija (Anne Hathaway, intentando sonar creíble en sus disquisiciones teóricas) del científico al mando, interpretado por el habitual Michael Caine, siempre sólido.

Hay actuaciones venerables como la de Ellen Burstyn tan breve como emotiva. Además, Cassey Affleck y Jessica Chastain asumen sus papeles con solvencia, al igual que Matt Damon con su debida cuota de ambigüedad y tanto Wes Bentley como David Gyasi cumplen con su rol de buenos acompañantes.La historia está atravesada argumental y evocativamente por cintas como Los elegidos de la gloria (Right Stuff, Kaufman, 1983), Contacto (Zemeckis, 1997), Horizonte final (Anderson, 1997); Misión a Marte (De Palma, 2000), Alerta solar (2007, Boyle), En la luna (2009) y Gravedad (Cuarón, 2013).

Si en El origen (Inception, 2010) el viaje era al mundo de los sueños donde despierta el inconsciente, ahora es hacia otras dimensiones donde se espera que la especie perviva, una vez que el hogar originario está desfalleciendo: las cosechas solo pueden ser monocultivos y muy pronto ya ni eso. El maíz en sus diversas formas de consumo mantiene a una polvosa humanidad, a punto de colapsar. Aquí resalta el contraste de la fotografía a partir de las tomas panorámicas tanto en la Tierra como en el espacio y en los encuadres de los pequeños detalles que hacen la diferencia: visualmente sobria, inlcuyendo el diseño de naves y artefactos, la cinta propone constante intersección de texturas con aliento científico.

El enfático score del veterano Hans Zimmer, colaborador frecuente del realizador de El gran truco (2006), encuentra momentos de explosividad sentimental, justo cuando la suerte parece estar echada: una electrónica retro por momentos y actual en otros, acompaña buena parte de las secuencias sin saturarlas y evitando forzar las emociones generadas a partir de las arriesgadas decisiones, bien conocidas en este tipo de films. La edición de sonido resulta notable gracias al contraste logrado cuando el silencio lo invade todo, incluyendo las esperanzas de quienes se lanzaron en busca de un sueño atemporal.

EMOTIVA LECCIÓN DE FÍSICA

Nolan se apoyó en el notable físico Kip Thorne, fungiendo también como productor ejecutivo, quien colaboró con el diseño científico del agujero de gusano y del hoyo negro (ver los artículos de Martín Bonfil en Milenio), basado en los trabajos de relatividad general. El interés del director de Following (1998), Memento (2000) e Insomnia (2002) era dotar al film de cierta verosimilitud para que se ubicara en el terreno de la ciencia ficción y no de la fantasía, en el entendido de que no es un documental sobre Física. Así, nos colocamos en un contexto de singularidad en el que nada puede escapar, ni siquiera la luz, al fin atrapada: justo cuando se atraviesa el horizonte de sucesos donde la aleatoriedad predomina en el comportamiento de los átomos.

Para la sobrevivencia humana, aparecen atajos como el agujero de gusano, en donde el tiempo y las dimensiones espaciales se curvan de tal manera que permiten viajar distancias astronómicas en un intervalo de tiempo muy corto: es entonces cuando la vida humana adquiere total relatividad y un instante se puede convertir en una eternidad. Si la cuarta dimensión es temporal, entonces la quinta sería otra de carácter espacial, inconcebible para la mente humana: quizá aquí entramos a terrenos de mecánica cuántica y relatividad espacial.

¿Por qué cuando el protagonista entra al agujero negro no se colapsa en un punto de densidad infinita? Ahí aparecen los seres que viven en una dimensión superior (¿Dios? ¿Los humanos del futuro? ¿Nosotros mismos?) para orientar al héroe en la resolucióndel enigma de la gravedad y soltarse las manos atadas a la espalda, como operaban las indagaciones terrestres. Paradojas que implican desarrollos en diferentes dimensiones de la propia especie. Aunque al final, en efecto, sea el amor y la necesidad de estar con los seres queridos el móvil fundamental para empezar de nuevo, las veces que sea necesario. La muerte no necesariamente es una noche amable y la luz puede alcanzar a recuperar su intensidad vital. La lucha dependerá de motivaciones asumidas, aunque por momentos nublen el juicio objetivo, si es que tal cosa existe. Porque la fuerza del propósito afectivo termina por ser un revulsivo para cumplir con la misión, aunque la decisión haya sido tomada desde una racionalidad distinta y la opción elegida implique mayores riesgos: el corazón conoce razones que la razón desconoce, decía Pascal impulsado por sus sentimientos.

P.D. Agradezco la asesoría de José Pablo Cuevas, prometedor físico teórico que a sus 14 años ya sabe y se apasiona con estos asuntos que escapan a mi comprensión.

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