Sonido & Visión

Homeland: el regreso al hogar extraviado

El terrorismo se ha convertido en tema central del nuevo milenio, en particular a partir del atentado del 9/11 y la respuesta del gobierno estadounidense: la tensión entre los grupos extremistas islámicos y las fuerzas occidentales no cesa, a pesar de que se capturen líderes radicales, se firmen acuerdos internacionales o el consejo de seguridad de la ONU no apruebe intervenciones militares. Parece que el diálogo no tiene cabida ante dos visiones contradictorias del mundo y el perverso deseo de mantener el control y el poder de unos contra otros. Además de factores geopolíticos se presentan variables económicas, raciales, religiosas y sociales: todo un embrollo que no encuentra una resolución definitiva.

La televisión está muy atenta a la situación política del mundo. Las diversas aristas del terrorismo son el centro argumental de Homeland (producción de Fox 21 transmitida por Showtime), serie televisiva basada en el programa israelí Secuestrados (Hatufim) de Gideon Raff y adaptada por Howard Gordon y Alex Gansa para Estados Unidos. Aprovechando locaciones en Carolina del Norte, los capítulos iniciaron en el 2011 y ahora está anunciada la cuarta temporada para este 2014.

Varios directores han participado en la realización de los segmentos, entre quienes destacan Michael Cuesta (Dexter, Six Feet Under) y recientemente Lesli Linka Glatter (Mad Men, The Newsroom, Masters of Sex), conservando la homogeneidad de la propuesta narrativa y el estilo visual, orientado a la búsqueda de perspectivas contrastantes y cierto tono documentalista en ciertas secuencias. La serie consigue adentrarse en los laberintos de las políticas de seguridad, eludir las apologías simplonas de héroes y las defenestraciones prontas de los otros, así como plantear las ideologías antagónicas que se lanzan al campo de batalla.

Después de pasar ocho años cautivo en Irak y cuando ya se le daba por muerto, el marine Nicholas Brody regresa y es recibido como héroe nacional, muy pronto utilizado por los políticos para llevar agua a su molino, principalmente por el vicepresidente en turno (Jamey Sheridan). La oficial de la CIA Carrie Mathison es la única que sospecha, gracias a la información obtenida en campo y su personalidad obsesiva, que el recién llegado ha sido convertido en terrorista islamista y que será el enlace para un ataque devastador, perpetrado por una célula que busca venganza tras un bombardeo de las fuerzas estadounidenses que mató a civiles, en particular al hijo del líder Abu Nazir, experto en lavar cerebros (Navid Negahban).

El guion consigue diluir el simplismo de los buenos contra los malos y se acerca a la complejidad que implica ésta inacabada batalla por el poder y la dominación, entre alianzas inesperadas y efímeras, traiciones impensables y solidaridades que al menos permiten vislumbrar cierta esperanza. Cierto es que algunas situaciones fuerzan la lógica, pero se mantiene la necesaria cuota de verosimilitud para seguir interesándose por el destino de los diferentes sujetos y sus circunstancias extremas, al borde de un bombazo o de un francotirador infalible.

Entre las convicciones y las incertidumbres

La serie se sustenta en la compleja e intrincada relación que establecen los dos personajes centrales, alrededor de los cuales están, por una parte, la familia de él, integrada por su esposa (Morena Baccarin), que ya había empezado otra relación con el amigo de su marido (Diego Klatttenhoff), y sus dos hijos un poco a la deriva (Jackson Pace y Morgan Saylor), y por la otra, el acomodaticio director del centro antiterrorismo (David Harewood) y Saul Berenson (Mandy Patinkin), especie de maestro de Carrie y responsable de las operaciones en Medio Oriente. De pronto aparece algún sujeto de indescifrable bando como los que interpretan F. Murray Abraham y Rupert Friend.

Claire Danes interpreta con brío y convicción a Carrie, una brillante agente de inestabilidad explosiva, que gusta del jazz y de nunca conformarse con las certezas: su hábitat puede ser el psiquiátrico, la casa de su padre (James Rebhorn, recién fallecido) al cuidado de su hermana (Amy Hargreaves), la planeación de espionaje debajo del agua con sus desenfadados compinches, algún campo minado en una nación lejana, la sala de juntas en un búnker extraviado o las plazas públicas, justo donde se deben dar los encuentros secretos.

Por su parte Damian Lewis le da el necesario toque de tormento a su personaje, atrapado por un cruce de convicciones que nunca terminan de encajar en sus ya de por sí confusos esquemas valorales. Si la clave de la serie es la ambigüedad de sus personajes, el diseño de los dos protagonistas se ajusta a este limbo existencial en el que la incertidumbre se convierte en una forma de vida. Pero incluso en estas situaciones de vida o muerte, los sentimientos afectivos se infiltran calladamente para instalarse en la toma de decisiones al filo de la sobrevivencia.

Además están toda una serie de personajes tanto estadounidenses como de Medio Oriente, entre políticos oportunistas (hay de otros, aunque no parezca), burócratas que solo cuidan su chamba (no son todos así), terroristas de varios credos o tipos que cubren todos los roles a la vez, moviéndose entre las sombras y que mantienen el tono de duda razonable, buscando justificaciones a sus actos, salvándose el pellejo o ideando intrincados planes para lograr sus objetivos.

Los giros argumentales, dentro del contexto creado por el desarrollo de los acontecimientos, terminan por ser acordes a la narrativa propuesta y la tensión creada se transmite en el ánimo del espectador: es un tipo de acción que se sustenta y adquiere significado por la construcción multidimensional de los personajes y, aunque algunas subtramas resultan más atrayentes que otras, se conserva la intensidad argumental, gracias a una edición de dinamismo televisivo y a una contrastación en las texturas visuales que nos colocan como espías tras una computadora o una cámara secreta. El hecho de que una nación sea paranoica no significa que no pueda ser atacada: ya sucedió con el impredecible 11 de septiembre del 2001, el violentísimo ataque que nos colocó en el siglo XXI de manera abrupta, como para no pensar que las grandes guerras han terminado: acaso solo han cambiado de forma, pero no de fondo, porque siguen siendo dolorosamente devastadoras para la dignidad humana. Como si no fuéramos todos iguales en esencia y solamente diferentes en forma.

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