Sonido & Visión

Hobbit 3: la fiebre del oro

Ha llegado el final de las adaptaciones al mundo del cine de los dos principales libros de Tolkien. Sendas trilogías para El señor de los anillos y para El Hobbit, que de hecho sucede antes y que trata sobre la aventura que vive Bilbo Bolsón en compañía de un grupo de enanos escandalosos y un mago gris de inconfundible sombrero, para evitar que el Mal reine sobre la Tierra Media, hábitat en el que confluyen seres de diversas especies por momentos con intenciones contrapuestas. Eran tiempos en los que los buenos son simpáticos o bonitos, mientras que los malos son feos o antipáticos… o las dos a la vez.

Pero más allá de maniqueísmos, estamos frente a la interminable batalla que se libra contra fuerzas oscuras que optan por la violencia, la ambición desmedida y el poder como forma de control y sometimiento hacia los que no están de su lado. Es el Mal con mayúscula, primero en abstracto, que va tomando peligrosamente forma cada vez que hay una batalla y que la muerte se aparece sin permiso (una idea retomada en la Guerra de las Galaxias y en Harry Potter), mientras que las diferentes comunidades optan por la lucha armada en lugar de la construcción pacífica de acuerdos.

Dirigida y coescrita con un dejo de nostalgia por Peter Jackson, junto con Guillermo del Toro entre otros, El Hobbit 3: La batalla de los cinco ejércitos (NZ-EU, 2014) se nutre de ideas de otros textos de Tolkien y culmina la serie iniciada por El Hobbit: Un viaje inesperado (2012) y continuada por El Hobbit: La desolación de Smaug (2013). El filme arranca justo con la devastación de la ciudad del Lago a cargo del furioso dragón (voz gravísima de Benedict Cumberbatch) y la aparición de un héroe que conduce a los sobrevivientes rumbo a la montaña Erebor que guarda un gran tesoro, motivo de disputa entre diversos grupos más o menos dominados por la ambición y el ansia de poder.

Sin alcanzar el nivel de las películas sobre Frodo y la comunidad del anillo, la trilogía acerca del Hobbit fue de más a menos y terminó resultando una digna extrapolación al mundo de las imágenes, con todo y la discutida innovación puesta en práctica de los 48 fotogramas por segundo: mientras que algunos opinan que ayuda a sentirte adentro de la acción, otros consideran que pierde realismo y naturalidad.

Ya sabemos que la sola precisión en la imagen no consigue generar las emociones que los propios personajes nos detonan.

En este caso, la empatía que uno siente con Bilbo, Gandalf, Tauriel y Galadriel, por ejemplo, desde que los conocimos a través de los libros y después con todas las películas, contribuye a considerarlos, más allá de la forma o del nivel de nitidez, cercanos y entrañables: todos tenemos nuestro propio anillo que por momentos nos domina y nos transforma en lo que no queremos ser, aunque ahí podemos tener a nuestro mago gris que nos ayude en esta lucha interna.

Independientemente del tipo de tecnología empleada, la propuesta fotográfica del habitual Andrew Lesnie vuelve a ser envolvente, desde la cercanía a los sucesos tanto dramáticos como de acción, hasta las características tomas panorámicas con locaciones ya convertidas en atractivo turístico, bien acompañadas por el score de Howard Shore, ampliando miradas y contextualizando la fragilidad de los personajes en un mundo que parece destinado a cubrirse de sombras, en particular por la incapacidad de construir alianzas más allá de las propias fronteras.

A los viejos conocidos encabezados por Ian Mckellen, ya en total posesión de Gandalf el Gris; Cate Blanchet, breve pero crucial; Hugo Weaving en plena batalla; Orlando Bloom soltando flechas y el gran Christopher Lee, se sumaron intérpretes que cayeron como anillo al dedo, valga la peligrosa expresión: Martin Freeman consigue transitar de la comedia a los momentos emotivos con soltura; Richard Armitage le pone intensidad a los desvaríos de Thorin; Evangeline Lilly asume con fuerza femenina su papel de elfa y Luke Evans encarna con credibilidad al héroe popular.

El resto del reparto le brinda ese necesario realismo a la oportuna combinación y equilibrio de emociones, entre las batallas, el desarrollo de vínculos personales, la toma de decisiones y hasta un romance imposible. Quizá se abusó de las secuencias de acción aunque, eso sí, todas están impecablemente coreografiadas y editadas. Como de costumbre, el diseño de producción resulta impecable (criaturas, vestuarios, maquillaje, utilería) y la edición permite estructurar la historia de manera ágil, en la que cinco ejércitos van en pos de la montaña que alguna vez perteneció a los enanos, saturada de oro y perdición.

Un sólido cerrojazo a la incursión propuesta por Peter Jackson al mundo del cine de los clásicos tolkinianos, obras de poderosa imaginación en las que, en efecto, se crea un mundo propio con seres, claves, lógicas, lenguajes, ritos y conflictos claramente diferenciados aunque sumamente cercanos: la alegoría del anillo está más presente que nunca.

Todo empezó así, cuando el escritor quería contarle una historia a sus hijos: “En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad” (J. R. R. Tolkien, El Hobbit, 1937).

 

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