Sonido & Visión

Héroes en las alturas

Ya sea contemplando la ciudad desde la punta de los rascacielos o vigilando a los pasajeros en el interior de un avión en pleno vuelo, tenemos a dos hombres de edades diferentes que se debaten entre el cumplimiento de su deber y sus conflictos afectivos, particularmente lidiando con la pérdida de algún ser querido. Películas de acción orientadas al entretenimiento y a la adrenalina que, no obstante, se dan el tiempo para humanizar a sus protagonistas que difícilmente pueden poner los pies en la tierra.

Hombre araña electrificado

La nueva saga del superhéroe más famoso de Marvel, tras la trilogía dirigida por Sam Raimi (2002; 2004; 2007), inició con una formulación del personaje sin despegarse demasiado de sus premisas básicas, quizá dándole más importancia a ciertos factores pero a fin de cuentas recuperando su perfil característico: acaso el cambio más notable se advierte en la personalidad del humano-arácnido, quien pasó de ser un tímido preparatoriano de pronto probando su lado oscuro, a un joven de buen ánimo dispuesto a bromear mientras se bate a muerte con algún villano.

Para esta transformación también hacía falta otro actor: ahí entra al relevo Andrew Garfield, quien puede desenvolverse en el tono de comedia y al mismo tiempo darle un cierto toque dramático cuando lo amerita, como bien lo hizo en La red social (Fincher, 2010) y Nunca me abandones (Romanek, 2010). De igual manera, se imponía el cambio en la actriz que interpretara el siempre difícil interés romántico: Emma Stone, igual probada en la comedia y en el drama, cumple con el papel de ser la joven con aspiraciones y cierta capacidad de riesgo para no conformarse con caer en las redes del galán saltimbanqui.

Dirigida por Marc Webb, responsable de El sorprendente hombre araña (2012), y con guion escrito por una multitud que se nota por todos los cabos sueltos no del todo cerrados, El sorprendente hombre araña 2: laamenaza de Electro (EU, 2014) plantea las dificultades que enfrenta el protagonista para lidiar con todas sus relaciones y, además, contener a los villanos de cajón, empezando por el desaprovechado rinoceronte Aleksei Sytsevich (Paul Giamatti, furibundo en sus risotadas), continuando con el empleado necesitado de atención ahora electrificado hasta ponerse azul de soberbia (Jammie Fox, lleno de timidez resentida) y terminando con Harry Osborn, en trance de volverse duende verde (Dane Dehaan, repitiendo su papel de Poder sin límites [2012], que tan bien le sale).

Spiderman es un joven que tiene que asimilar su orfandad, aquí explicada con otras aristas, y combinar sus tareas de rescate con sus relaciones familiares, representadas por la tía (Sally Field); amistosas, expresadas en el reencuentro con Harry, y románticas, que lo colocan en estados de efusividad y depresión  en un parpadeo. No obstante, se trata de un personaje que no se sume en las profundidades existenciales vistas en otros como Batman o algunos de los X-Men, sino que mantiene ese tono de cierta fantasía comiquera en donde la vida se va armando cuadro por cuadro.

Como demostró en 500 días con ella (2009), el director sabe construir relaciones amorosas creíbles combinando el drama y la comedia, tal como lo desarrolla en esta entrega del fotógrafo misterioso: el vínculo romántico ocupa un espacio importante de la trama, incluyendo la imposibilidad por la promesa hecha al padre de Gwen Stacy y tanto por su alternativa de irse a estudiar a Londres como por el tipo de actividad que desarrolla su enmascarado novio. Se vuelve a colocar a la empresa, en este caso Oscorp, como villana indirecta y campo de luchas de poder, mientras que los problemas de personalidad una vez más se ven acrecentados cuando se adquieren capacidades más allá de lo esperado.

Con fluida edición para el desarrollo de la secuencias, una ambientación propia del mundo conocido de Spiderman y con un suficiente balance entre puños y palabras que incluyen algunas líneas de diálogo ingeniosas, la cinta funciona justo para lo que fue realizada: brindar entretenimiento y abrir espacios para que la esperada trilogía cierre en una tesitura de cierto desparpajo, pero sin dejar de dibujar las dificultades que implica ser el objeto de tantas expectativas, como si de una telaraña inabarcable se tratara.

Sin tiempo para el Jet Lag

Dirigida por el barcelonés Jaume Collet-Serra ya instalado en Hollywood (La casa de cera, 2005; La huérfana, 2009) y volviendo a hacer equipo con Liam Neeson como en Desconocido (2011), Non-stop: sin escalas (GB-Francia-EU, 2014) logra generar la tensión suficiente como para que nos pongamos el cinturón de seguridad, a pesar de las arbitrariedades del guion y de ciertas secuencias que terminan siendo ilógicas una vez conocido el desenlace, como la insistencia por inculpar al protagónico, por ejemplo.

El asunto es que en un vuelo de Nueva York a Londres, un policía aéreo medio entregado a la bebida por una pérdida no resuelta, recibe un mensaje amenazante: o se depositan 150 millones de dólares en una cuenta secreta (que luego resulta estar a su nombre) o un pasajero morirá cada 20 minutos. Claro que el protagonista empieza a buscar al sospechoso ayudado por algunos pasajeros, convenciendo con dificultades a los de control aéreo y a la tripulación, mientras que la sentencia empieza a cumplirse en situaciones extrañas.

Ciertas pistas resultan ingeniosas y la presentación de los candidatos para erigirse como culpables, incluyendo el prejuicio racial y social, resulta suficiente para crearnos incertidumbre y mantenernos al filo de la butaca, aunque al salir de la sala todo quede como una turbulencia pasajera que se resolvió de una forma que no nos generó preocupación o sorpresa. Es decir, el trazo de los personajes no alcanzó a que nos interesara, más allá de la curiosidad, quién era la o el extorsionador, ni si tenía motivos más allá del billete.

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