Sonido & Visión

Festival de terror: franquicias y tendencias

Breve y siniestro recorrido por algunas tendencias y películas de terror que de pronto inundaron cartelera y videoclubes. Un género difícil que se ha vinculado con otros para ampliar sus horizontes y fundirse en diversos subgéneros. Norma Lazo (2004) distingue al horror del terror: mientras el primero es producto de las elucubraciones de la persona, el segundo es provocado por un evento externo (El horror en el cine y la literatura. México, Croma-Paidós). Revisemos algunos ejemplos en estos días de sincretismo cultural con respecto a la muerte.

Clásicos

En general no le ha ido bien al género cuando desarrolla secuelas, precuelas, remakes y algún spin-off. Desde los monstruos ancestrales empezó la tendencia través de las películas de Warner, donde desfilaron Frankenstein, Drácula, La momia y el Hombre lobo, por mencionar a los que siguen apareciendo en pantalla. Después vendrían La invasión de los usurpadores de cuerpos (Siegel, 1956), Psicosis (Hitchcock, 1960) y La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968), tres obras seminales para el desarrollo del terror en la pantalla.

Con El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), se abrió una vertiente temática relacionada con Satanás que encontraría terreno fértil en los años setenta, cuando se generaron filmes que se convirtieron en piedra de toque como El exorcista (Friedkin, 1973), y La profecía (Donner, 1976); junto con Halloween (Carpenter, 1978), detonaron una serie de continuaciones que nunca se acercaron en trascendencia e impacto a estas primeras entregas, obras clave en la historia del cine de terror.

Del infinito y más acá

Otra saga se generó a partir del clásico La masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Hooper, 1974), así como de Tiburón (Spielberg, 1975), con tres olvidables secuelas; para cerrar la década, Ridley Scott dirigió la portentosa Alien (1979), que dio pie a una de las sagas más consistentes en la historia del género, aquí entrelazado con la ciencia ficción en donde la amenaza estaba más allá de nuestro planeta, como en La cosa (1982), también de John Carpenter. Por estos años, los italianos Argento, Bava y Fulci lideraron un movimiento fílmico enclavado en el terror de premeditada hechura tosca.

Los años ochenta empezaron con El resplandor (Kubrick, 1980), una de las cumbres ahora reestrenada en cartelera y aparecieron, además de Hellraiser (Barker, 1987), Viernes 13 (Cunningham, 1980), Poltergeist (Hooper, 1982), Pesadilla en la calle del infierno (Craven, 1984) y El despertar del diablo (Evil Dead, 1981) de Sam Raimi, que igual generaron secuelas y revisiones hasta decir basta y, en el caso de la última, una fuerte tendencia fílmica que se ha revisitado de manera imaginativa en La cabaña del terror (The Cabin in the Woods, EU, 2012), dirigida por Drew Goddard y escrita por Joss Whedon (Toy Story, 1995).

Se plantea, al estilo El show de Truman (Weir, 1998), que las criaturas y situaciones de terror que hemos visto miles de veces en la pantalla, son generadas en unas oscuras oficinas pobladas por burócratas aburridos. El consabido plan de un grupo de jóvenes querendones -con roles y personalidades claramente definidas- que se lanza a una cabaña en medio del bosque para hacer de las suyas, ha sido terreno propicio para hacernos saltar de la butaca: ahora sabemos que todo estaba manipulado, aunque habría que cuidarse de algún pandemónium inesperado.

Inasibles y dolientes

En los 90 conocimos al Dr. Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes (Demme, 1991), ahora redimensionado en una estupenda serie televisiva. Apareció Scream (Craven, 1996), que reformuló con astucia este tipo de filmes, aunque terminó extraviándose en secuelas innecesarias, como Sé lo que hiciste el verano pasado (Gillespie, 1997). Empezó la invasión asiática con Ringu - El círculo (Nakata, 1998), filme en el que se basó El aro (Verbinsky, 2002), digno remake estadunidense y del que se realizaron varias secuelas sin alcanzar el nivel inicial.

En el nuevo milenio continuó la invasión oriental con películas como El ojo (Hermanos Pang, 2002), Ju-On (2000) y el remake estadunidense La maldición (2002), ambas de Takashi Shimizu y que generaron sus respectivas secuelas. El movimiento conocido como Asian Extreme con escenas difíciles de ver y con Takashi Miike a la cabeza (Audition, 1999;  Ichy el asesino, 2001; Gozu, 2003), tuvo una derivación en el llamado torture porn con filmes como Alta tensión (Aja, 2003), Hostal (Roth, 2005) y la durísima Mártires (Laugier, 2008). Destino final (Wong, 2000) fue otra película que detonó una larga lista de partes complementariamente reiterativas.

Saw: Juego macabro (Wang, 2004) se constituyó como una creativa propuesta argumental, al igual que Actividad paranormal (2007), aunque ambas abusaron de su prestigio inicial para retorcer demasiado la tuerca. De España apareció, entre varias propuestas, Rec (Balagueró y Plaza, 2007), retomando la moda de cámara en mano y tiempo real, que se vio en El proyecto de la bruja de Blair (Myrick y Sánchez, 1999), personaje que inexplicablemente dio para varias cintas, como Chucky: el muñeco diabólico (Holland, 1998), que ya tuvo novia, dejó su semilla y ahora hasta una maldición representa: como los personajes de las películas, tampoco nosotros nos podemos librar de él. Le deberían presentar a Annabelle para que se tranquilice.

Las recientes

A partir de los dosmildieces, el cine de terror sigue produciendo cintas a borbotones, incluyendo remakes mexicanos de cintas que en su momento resultaron relativamente interesantes. Los zombies deambulan por todas partes, los vampiros se han vuelto sexys, las brujas tienen su corazoncito y los lobos gustan del gimnasio. Dos de las mejores películas de estos últimos años, ya comentadas en este espacio, han sido La noche del demonio (Insidious, 2010) y El conjuro (2013), dirigidas por James Wancon fino enfoque artesanal de gran efectividad.

Ambas cuentan con sendas películas derivadas que no están a la altura, aunque se dejan ver: La noche del demonio: Capítulo 2 (2013), dirigida por el propio Wan, en donde se profundiza en la historia familiar de los Lambert, incorporando algunas explicaciones del pasado e involucrando a otros personajes. No obstante, se pierde buena parte de la novedad y sorpresa que representó su antecesora.

Retomando a uno de los objetos malditos observados en la cinta de los archivos Warren, John R. Leonetti dirige Annabelle (EU, 2014), recordando a Dolly: la muñeca asesina (Lease, 1991). Seguimos a un matrimonio joven en los 60 en trance de convertirse en padres, con todo y la referencia a Polanski y en la línea de películas que se enfocan en juguete como vehículo de fuerzas oscuras, tipo El títere (Dead Silence, 2007) del propio Wan.

La llegada de una muñeca bastante feíta (nunca sabemos por qué la protagonista la quería tanto), trae una serie de desgracias facilitadas por las tonterías de fanáticos asesinos y de los propios personajes, como dejar a la pequeña sola sin necesidad, irse de viaje cuando el horno no está para bollos, dejar que la siniestra figura se aparezca sin mandarla al diablo o no actuar rápido en consecuencia, dejando que el agua les llegue al cuello.

Si al forzado guion al que se le ven las costuras más rápido que a la muñeca en cuestión, le aumentamos una estrategia un cuanto tanto burda para generar miedo, más bien buscando el sobresalto fácil con golpes de sonido, tenemos un filme de horror del montón que no le hace los honores a su origen fílmico. Se pasa el rato, nada más y nada menos.

Una vez más se confirma que difícilmente las sagas, secuelas, spin-offs, remakes o lo que sea para explotar una franquicia, funciona en términos de los propósitos puramente cinematográficos. Claro que el negocio puede ser otro asunto, aunque no necesariamente. Ya están anunciadas más cintas de estas dos nuevas franquicias. Qué lástima, aunque ojalá me equivoque.

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