Sonido & Visión

Escándalo americano: fuera peinados

Hace algunos años, las estafas se intentaban hacer más con triquiñuelas que a punta de balazos, más con engaños cuidadosamente orquestados que con amenazantes y burdas peticiones de derecho de piso y la conocida disyuntiva de plomo o plata: no es que estuvieran bien las primeras, desde luego, pero la pérdida de la inocencia de las sociedades contemporáneas también se refleja hasta en las formas delincuenciales. Permanece, eso sí, la ambición desmedida como motivadora perversa y el abuso para aprovecharse de quienes se encuentran en una posición vulnerable, ya sea económica, afectiva o social.

Dirigida y coescrita en tono de comedia criminal por el neoyorquino David O. Russell (Secretos íntimos, 1994; Tentados porel desastre, 1996; Tres reyes, 1999; Yo amo a Huckabees, 2004), nuevo consentido de la academia estadunidense como se puede advertir en las nominaciones obtenidas por sus tres más recientes filmes (El peleador, 2010; Juegos del destino, 2012 y la que nos ocupa), Escándalo americano (American Hustle, EU, 2013) retoma parcialmente el curioso operativo ABSCAM, a través del cual se detuvo a políticos que aceptaban sobornos de intermediarios de un falso jeque árabe.

En nuestro país, además, creamos otras modalidades (moches) con la variedad de que solo intervienen políticos pero usando nuestro dinero, faltaba más. Por lo menos nos dejan agradecerles todo lo que hacen por nosotros, como lo recalcan en su genial promocional que se transmite a todas horas.

Irving Rosenfeld (Christian Bale, irreconocibley brillante otra vez) es un estafador desde la infancia, cuando rompía cristales para ayudar al negocio de su padre; ahora cuenta con tintorerías fachada para vender arte falso y engañar a incautos con inversiones inexistentes, actividad que se potencia cuando conoce y se enamora de Sydney Prosser (Amy Adams, imparable), una mujer que trabajó en Cosmopolitan y a la que se la da muy bien la seducción como forma de vida. El gusto compartido por Jeep´s Blues del gran Duke Ellington, terminó de convencer a ambos para aventurarse en una nueva relación.

Pronto se hacen amantes a pesar del descubrimiento de que él está casado con una mujer vulgarmente simple en apariencia (Jennifer Lawrence), pero que también sabe de manipulación aprovechando sus encantos y la responsabilidad asumida para con su hijo. Los nuevos socios empiezan a hacerse ricos con el cuento de unos contactos en Londres, hasta que los descubre Sydney Prosser (Bradley Cooper, enloquecidamente primario), un agente del FBI quien decide usarlos, no obstante las reticencias de su jefe (Louis C. K.), para atrapar a peces más gordos como Carmine Polito (Jeremy Renner), el bienintencionado alcalde de Nueva Jersey (inspirado en Angelo Errichetti), que busca la manera de beneficiar a su estado, incluyendo la rehabilitación de Atlantic City (recordar la serie Boardwalk Empire).

Porque parece mentira…

El argumento va desplegándose a partir de una serie de enredos que vinculan a estos personajes, más algunos otros, a través de reuniones, fiestas, depósitos y lo que se programe, hasta llegar a ciertos callejones sin salida que provocan la develación de los engaños, generados por todos y simulados al punto de ya no saber dónde o cuándo empezó el conflicto central y la forma de resolverlo; como diría el maestro Daniel Sada a través del título de una de sus grandes novelas: “Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”. Cierto es que por momentos la historia parece avanzar en círculos y regodearse demasiado en sí misma, acaso extrañando una edición más puntual. Estamos frente a una película de personajes en constante proceso de reconstrucción, navegando entre el patetismo y la brillantez, entre el absurdo y el drama, entre la simulación y la explosión genuinade sentimientos: para cada uno hay un momento de presentación y de consolidación, en buena medida gracias a la narración en off. Un siniestro mafioso que entra y sale de las sombras (Robert de Niro, en pleno Casino); un policía mexicano disfrazado (Michael Peña); un jefe que olfatea la buena imagen (Alessandro Nivola); un guardaespaldas que aprovecha la coyuntura (Jack Huston) y una esposa siempre al pie del cañón (Elisabeth Röhm): hombres y mujeres que van y vienen por este laberinto de avaricia. También es una película de cabelleras masculinas que reflejan un contraste entre la apariencia y el fondo: el bisoñé de complicado acomodo, los rizos cuidadosamente confeccionados, el copetón que se mantiene intacto y el relamido al que no se le mueve ni un pelo. Los escotados arreglos femeninos, por su parte, refuerzan la presentación de una época ambientada y recreada en vestuarios lo suficientemente estrafalarios para que no quede duda, además de las decoraciones y la utilería fugazmente iluminadas y contrastadas por una combinación de colores en función del momento narrativo de la historia. No podía faltar el baile discotequero para sentir el amor en primera persona (Donna Summer) y las secuencias que se acompañan de canciones arquetípicas de aquellos años, en especial cuando se sugiere decirle adiós al camino de ladrillo amarillo (Elton John) o seguir el largo camino  negro (ELO); vivir y dejar morir (Wings) o convertirse en un caballo sin nombre (America); Tom Jones, Bee Gees y Jack Jones, entre otros, hacen el resto. Russell opta por mantenerse en el tono satírico y desarrollar toda su historia a través de una lógica narrativa inclinada a la farsa. Todo fuera como un esmalte de uñas olvidado en el coche.

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